Cómo sobrevivir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 1)
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1 Gwen
GWEN
Mi carrera estaba a dieciocho minutos de la catástrofe absoluta.
Y esa es la razón por la que odio volar.
En cuanto se pone un pie en el aeropuerto, una queda a merced de fuerzas totalmente fuera de su control, y esa es mi definición de un infierno.
Incluso si la preparación del viaje es perfecta y se planea el itinerario hasta el último detalle, como haga mal tiempo tres estados más allá, todo puede irse a pique.
Mientras esquivaba a los demás viajeros, noté que empezaba a sudar, y asumí que me tocaría pasar la primera parte del vuelo a Las Vegas secándome el sudor y arreglándome, para estar presentable en mi próxima reunión.
¿Por qué había programado dos reuniones seguidas con clientes, sin apenas dejar margen para el error?
Sí, había sido culpa mía, pero el primer vuelo solo había sido para hacer una breve parada en Denver y firmar un contrato; una reunión rápida sin ninguna complejidad. Si el avión no se hubiera retrasado, mi plan habría sido perfecto. De ahí mi odio a volar.
Seguí corriendo, esquivando, saltando y sorteando las multitudes de viajeros como una atleta.
Evité por un pelo derribar a una pareja de personas mayores, así que me volví para disculparme sin dejar de correr de espaldas.
Ellos se echaron a reír y me saludaron con la mano, lo que me hizo pensar que, sin duda, parecía una desquiciada.
Pero eso daba igual. Lo único que importaba era no perder aquel maldito vuelo.
A aquella reunión asistirían todos los mandamases, y eso significaba que debía ir bien preparada.
Hasta el momento en que tuve que correr por mi vida, había parecido una profesional consumada, con mi falda azul marino y blusa color crema.
En aquel viaje, representaba a la empresa yo sola, y eso había supuesto todo un logro para mí.
A pesar de mi considerable experiencia, Alan apenas confiaba en mis capacidades, y no estaba dispuesta a permitir que nada se interpusiera en mi camino.
Daba igual que el vuelo estuviera fuera de mi control: lo único que le importaba a mi jefe era que consiguiera nuevos clientes.
Miré el teléfono para comprobar la hora. Mierda, iba muy justa.
Según el mapa de la terminal, parecía que aún me quedaban unos tres kilómetros por recorrer. Lo miré con los ojos entornados mientras pasaba corriendo por delante, y apreté el paso, hasta que…
PUM.
Choqué con lo que me pareció una pared de ladrillos; salvo que, claro está, las paredes de ladrillos no solían oler a perfume caro ni eran cálidas.
Al cabo de un instante, comprendí que estaba apretada contra un pecho masculino, uno muy sólido, y di un salto para separarme de él.
Fue entonces cuando un chorro de líquido cayó sobre mi pecho y me hizo soltar un chillido de sorpresa.
—Pero ¿qué diablos…?
Di unos cuantos pasos atrás y aparté la tela mojada de mi piel.
—¿Gwen?
Miré a la persona que acababa de arrebatarme cualquier posibilidad de llegar a mi vuelo y me quedé helada. El alma se me cayó a los pies, como en caída libre.
—Eres… tú… —conseguí decir, presa del enfado y la sorpresa.
Jamás, ni en mis sueños más absurdos, habría pensado que volvería a ver a Harrison Ashford, pero ahí estaba: se alzaba amenazante ante mí, con su traje a medida y su corbata color azul brillante, mirándome como si acabara de pisar un chicle usado con su mocasín de Ferragamo.
—Soy yo. No esperaba volver a verte —dijo, en un tono sarcástico que no dejaba lugar a duda de que estaba tan molesto como yo—. Y, desde luego, no pensaba volver a ver tanto de ti.
Señaló mi pecho y, cuando bajé la vista, vi que el líquido que me había tirado encima había vuelto mi blusa transparente, hasta el punto de que mi sujetador rosa fucsia, invisible hasta aquel momento, había quedado a la vista de todo el aeropuerto.
Perfecto, era perfecto. Incluso si conseguía llegar a mi vuelo, tendría que asistir a la reunión como si acabara de salir de un concurso de camisetas mojadas. ¡Y aquel imbécil ni siquiera se había disculpado aún!
De hecho, parecía estar enfadadísimo conmigo. Y encima, era mi maldita suerte que, hasta estando tan cabreado, estuviera tan tremendamente bueno. Claro, que ya sabía que estaba bueno en cualquier circunstancia: era la consecuencia natural de ser tan guapo, que resultaba injusto.
Por lo general me atraían los hombres altos, morenos y guapos, pero Harrison tenía algo que se sobreponía a mis preferencias.
Era alto, sí, pero rubio, con un pelo claro que, en ese momento, estaba peinado a la perfección, aunque yo había tenido la ocasión de verlo cuando se acababa de despertar.
Y sus ojos… Eran de un color verde claro precioso que no parecía real.
Aún recordaba la forma en que me había perdido en aquellos ojos, mirándolos de cerca, mientras me preguntaba cómo había tenido tanta suerte. Claro que, si hubiera sabido lo que pasaría después, jamás me habría liado con un desastre de hombre como él.
—Qué raro que el Imbécil del Aire se niegue a disculparse —le recriminé enfadada, sin dejar de apartar la tela mojada de mi piel—. Eso es muy de tu estilo, ¿no?
—Anda, venga ya —suspiró él—. No me digas que tú también eres una maldita fan de Scarlet Rush.
—Oye, yo estoy a favor de cualquiera que revele tu auténtica personalidad —respondí, mirándolo con desdén.
La pelea que Harrison estaba teniendo en público con la estrella del pop más famosa del mundo le había acarreado montones de mala prensa en los últimos tiempos, y a mí eso me había parecido supersatisfactorio, a niveles cósmicos.
—¿Mi auténtica personalidad? —espetó Harrison, acercándose un poco más para resultar más amenazador—. Tú no tienes ni idea de cómo soy.
—Ya sé mucho más de lo que querría, créeme.
Me encantaría poder olvidarme de ti para siempre con solo chasquear los dedos —repliqué, sin dejarme amedrentar y devolviéndole la mirada desdeñosa—.
Pero sé de primera mano que se te dan muy bien los trucos de magia, como desaparecer sin dejar rastro. Te gusta parecer misterioso, ¿no?
—Se ve que, a ti, no. —Hizo un gesto con la cabeza hacia mi blusa transparente.
Me quedé boquiabierta por la sorpresa, y cambié de mano la bolsa de viaje para tapar mi pecho.
—¡Este espectáculo gratuito es culpa tuya!
—No era yo quien corría por la terminal como si le persiguiera una manada de lobos —observó él.
—Bueno, la mayoría de nosotros no tenemos una flota de aviones privados a nuestra disposición. Y, hablando de eso, ¿cómo es que te has dignado a estar aquí, con los simples mortales?
No comprendía qué razón tendría el director ejecutivo de una empresa de aviones privados de lujo para coger un vuelo comercial.
Él contuvo una risa.
—Pasaba por aquí. Y tú, ¿a dónde vas?
—Gracias a ti, a ningún sitio. —Lo miré con enfado—. Mi vuelo ha llegado con retraso, intentaba coger el avión de Las Vegas.
—No lo has perdido —respondió como si nada—. Sale con retraso.
—No es cierto. —Con un resoplido, señalé la pantalla situada en la pared un poco más lejos—. Está…
—Retrasado —terminó él por mí—. Tienes tiempo de sobra.
Entorné los ojos para mirar la pantalla de salidas.
—Un momento, ¿cómo lo sabías?
—Me dedico a saber cosas.
Su certeza imperturbable casi resultaba tranquilizadora y, por un momento, me hizo recordar cuando aún creía que era un hombre decente.
Sí, se le daba bien averiguar cosas, como mi necesidad de escuchar sonidos calmantes durante la noche, y poner azúcar de verdad en el café de la mañana, en lugar de endulzantes artificiales.
El Harrison Ashford al que creía conocer había sido intuitivo y considerado. Era una pena que se hubiera convertido en el capullo lanza-bebidas al que me estaba enfrentando en ese momento. El hombre con el que había estado unos meses atrás no era más que un espejismo.
—Bueno, aunque tenga treinta minutos más, sigo pareciendo un náufrago, gracias a ti —observé.
—Esto, yo diría que pareces más una stripper —replicó, mientras sus ojos se deslizaban por mi cuerpo—. Mira que elegir ese rosa fucsia…
—Pues no vas a ver nada más que eso. —Apreté la bolsa aún más fuerte contra mí—. Maldita sea, a ver qué puedo hacer. No puedo presentarme en la reunión con una camiseta del duty free que diga «Amo California».
Y con eso, empecé a alejarme, indignada por su atrevimiento.
—Que tengas una buena vida, Harrison, y mantente alejado de la mía.
—Usa el código 4313 —dijo él, a mis espaldas.
Me volví a mirarlo con irritación.
—¿Perdona?
—Hay una sala privada de primera clase en la terminal B, que tienes que atravesar de camino a tu puerta de embarque.
Está en un pasillo junto al puesto de Cinnabon.
Las puertas son opacas y no está señalizada.
El código que hay que marcar para entrar es el 4313.
Allí tendrás acceso a todas las comodidades disponibles y, lo que es más importante, a un servicio de conserjería que te limpiará y secará la ropa.
No podía creer que hubiera hecho algo para ayudarme.
—Ah, pues… ¿gracias?
—Es lo menos que puedo hacer. —Se ajustó la corbata—. La gente como tú necesita todo el apoyo posible.
—La gente como yo… —Me interrumpí y volví a acercarme a él, furiosa—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Caótica —explicó, haciendo un gesto que abarcó todo mi cuerpo—. Desorganizada, alterada.
—¿Estás de coña? —grité, de un modo que hizo que varias personas se detuvieran a mirarnos—. ¡Esto no ha sido culpa mía!
Él rio un poco, lo que me enfadó todavía más.
—¿Quién de los dos corría por la terminal como un velociraptor rabioso, eh?
—Se acabó. Retiro las gracias que te he dado —repliqué—, y las sustituyo por un «que te jodan, Harrison».
Él inclinó la cabeza y me guiñó un ojo.
—Sin ningún problema. Buen viaje.
Quise decir algo como que esperaba que su avión privado se estrellara en el océano, pero ya había montado una escena bastante grande.
No me gustaba nada cómo conseguía sacar lo peor de mí.
Normalmente, yo solía ser capaz de controlar mis emociones.
Mi trabajo como relaciones públicas requería mantener la calma y la cabeza fría y yo era muy buena en mi trabajo.
No pensaba dejar que aquel fantasma de mi pasado me alterase más de lo que ya lo había hecho.
—Lo que tú digas —respondí—. Suerte con lo de enfrentarte a los Rushies. Ningún otro grupo de fans guarda tanto rencor como ellos, así que prepárate para ser el enemigo número uno durante mucho tiempo.
Supuse que no pillaría la referencia a una de las canciones más populares de la cantante, Enemigo número uno. Aquella mujer sabía cómo escribir una canción de venganza devastadora.
—No me preocupa Scarlet Rush, ni sus esbirros —respondió—. Ya tengo gente ocupándose de eso.
—¿Esbirros? —Reí en su cara—. Será mejor que vayas con cuidado. Como se enteren de que los llamas así, solo los vas a cabrear más. Y, por lo que he oído, ya tienes bastantes problemas con ellos. Primero le fastidias el vuelo, y después insultas a todos sus seguidores. Muy caótico.
Entonces fue él quien me miró cabreado.
—Como te he dicho, ya se están ocupando de eso.
Me mordí la lengua para no preguntarle si era lo bastante listo como para contratar a una empresa de relaciones públicas, porque no había duda de que necesitaba una.
Yo tenía montones de ideas sobre cómo debería estar gestionando la crisis de los Rushies, pero ni de broma pensaba compartir mi opinión con él.
—Me he equivocado por completo contigo —murmuré para mis adentros.
Él se acercó un poco a mí.
—Y eso, ¿por qué?
Nos miramos irritados en silencio durante unos segundos.
—El tío al que conocí en Aspen no era más que una fachada. Y lo más gracioso es que tuve mis sospechas. Debería haber sabido que eras demasiado bueno para ser verdad.
A juzgar por el minúsculo cambio de expresión en su cara, comprendí que eso le había dolido.
—Aquello fue una fantasía —continué—. Un rollo de vacaciones, y nada más. El auténtico Harrison Ashford es un imbécil grosero y egoísta que se merece todo el odio que está recibiendo.
—Vaya. —Me sonrió, mostrando un montón de dientes y nada de calidez—. Parece que no eres la única que se ha equivocado al juzgar a alguien en Aspen.
—Anda, ya estamos de acuerdo en algo. Por primera y última vez. Adiós, Imbécil del Aire, yo me largo. Diría que, tal vez, podrías aprender cómo se hace, pero no te hace falta, ¿verdad? Desaparecer es algo que se te da muy, pero que muy bien.
Di media vuelta y me marché. Harrison Ashford ya me lo había hecho pasar mal una vez, y no pensaba dejar que me descolocara de nuevo.
Yo no me consideraba una fan de Scarlet Rush, pero, mientras dejaba atrás a Harrison, se me vino a la cabeza una de las frases de Enemigo número uno:
Es mi enemigo desde hace mucho tiempo. Mi corazón se ensombrece cada vez que lo recuerdo.
Sí, aquella mujer tenía una canción para cada fase de una relación, desde el primer destello de atracción hasta el caos cuando todo se venía abajo.
Después de lo de Aspen, había escuchado sin parar su fantástico disco de ruptura, Sueños y desesperación y, por mucho que intentaba convencerme de que no había significado nada, los recuerdos de Harrison habían tardado mucho tiempo en desvanecerse.
Me sorprendí alegrándome de haberlo encontrado ese día porque, ahora, lo que quedaba de mis recuerdos felices y desdibujados de entonces había desaparecido por completo, sustituidos por la imagen del hombre que era en realidad.
El Imbécil del Aire: mi propio Enemigo número uno.