CAPÍTULO 36
El pozo escogió una tarde cualquiera, sin avisar, como había hecho la primera vez.
Yo estaba en el huerto, recogiendo unas hierbas que ya casi no necesitaba como excusa para bajar, cuando lo noté.
No lo vi primero: lo olí. El aire, que en aquel valle olía siempre a turba, a humo y a tierra mojada, cambió de golpe, y por un momento me llegó otro olor, uno que no había vuelto a sentir en todos aquellos meses y que reconocí en el cuerpo antes que en la cabeza.
Olía a mi mundo. A asfalto caliente, a coche, a cloro de piscina, a esas mil cosas fabricadas que el siglo dieciocho no tenía y que yo había dejado de echar de menos sin darme cuenta.
Y la luz, sobre el brocal, tembló, igual que había temblado la noche que caí, pasando del gris de la tarde escocesa a un resplandor distinto, más blanco, más eléctrico.
El pozo se estaba abriendo.
Solté las hierbas y me acerqué despacio, con el corazón disparado, y me asomé al brocal.
Abajo, donde tantas veces había encontrado solo barro y piedra muda, había ahora una claridad que no venía de ninguna antorcha, y de esa claridad subían sonidos imposibles, lejanos pero inconfundibles: el rumor de un motor, una voz que hablaba en una lengua que no era el gaélico, una música metálica saliendo de algún aparato.
Mi siglo. Estaba ahí abajo, al otro lado de cuatro metros de piedra que ya no eran cuatro metros de piedra, sino doscientos ochenta años de distancia, abiertos por fin.
Podía volver.
—¡Alasdair! —grité, y mi voz salió rara, partida—. ¡Alasdair, ven!
Llegó corriendo desde el patio, con la mano en el cinto por costumbre, y se paró en seco al borde del huerto cuando vio la luz que salía del pozo y oyó los sonidos que subían de él.
Aquel hombre que había creído en mí por un móvil muerto y por su palabra, vio entonces, con sus propios ojos, la prueba entera.
La puerta abierta. El otro mundo respirando al fondo de un agujero de su propio huerto.
Se acercó despacio, sin atreverse a tocar el brocal, mirando hacia abajo con la cara de quien ve algo que sabía cierto y aun así no estaba preparado para ver.
—Es tu mundo —dijo, en voz baja—. Está ahí.
—Está ahí.
—Puedes volver. —No era una pregunta. Lo dijo mirando la luz, no a mí, y le tembló la voz al decirlo—. Está abierto. Si bajas ahora, vuelves. A tu hermana. A tu vida. Al agua que sale caliente de la pared. —Tragó—. A todo lo que dejaste.
Y entonces aquel hombre, que llevaba toda la vida agarrándose con uñas y dientes a lo poco que tenía, hizo lo más generoso y lo más difícil que le he visto hacer. Se apartó del brocal. Dejó el camino libre entre la puerta y yo. Y me dijo, con la voz hecha pedazos pero firme:
—Vete, si lo necesitas. No voy a ser yo quien te cierre esa puerta. Te lo dije, y lo mantengo. No quiero ser el motivo de que renuncies a tu hermana y a tu mundo. Ni siquiera ahora. Ni siquiera embarazada. Si vuelves, lo entenderé. Vete, Esther. Estás a tiempo.
Lo miré, allí de pie, apartándose de lo único que iba a darle una familia después de haberlas perdido todas, dándome la salida con las manos abiertas y el corazón en carne viva, y supe que no había tomado nunca una decisión más fácil en mi vida.
—No seas idiota —le dije, y se me llenaron los ojos—. ¿De verdad crees que voy a meterme por ese agujero?
—Es tu mundo.
—Mi mundo eres tú, grandullón. Y este crío que viene en camino.
Y este valle lleno de humo y de gente cabezota que he ayudado a sacar de una guerra.
—Me acerqué a él, dejando el pozo abierto a mi espalda sin volverme a mirarlo—.
Llevo meses bajando a este agujero a pedirle que se abriera.
Y se ha abierto el único día en que ya no lo necesito.
La vida tiene un sentido del humor que da miedo.
—Le cogí la cara—. Decidí quedarme antes de que se abriera.
Que se abra ahora no cambia nada. Solo me lo pone más fácil, porque ya no me lo puedo preguntar nunca más.
No me fui. Pero antes de que la puerta se cerrara, hice la única cosa que me quedaba pendiente con el mundo que dejaba atrás.
Le pedí a Alasdair pluma y un papel, de los del escribano, y me senté en el brocal del pozo, con la luz de mi siglo subiéndome a la cara, y escribí la carta más difícil de mi vida.
Para Marta. Para mis padres. Para la gente que me había buscado en un lago escocés y que llevaba meses sin saber si estaba viva o muerta.
No les conté lo del tiempo con detalle, porque no me iban a creer y porque no quería que pasaran la vida intentando entenderlo.
Les conté lo esencial. Que estaba viva. Que estaba bien, más que bien.
Que me había pasado algo imposible de explicar y que había acabado en un lugar del que no podía volver, pero que no me llorasen como a una muerta, porque no lo estaba: estaba más viva que en años.
Que había encontrado un sitio donde hacía falta justo lo que yo sabía hacer, escuchar, y que con eso había ayudado a parar una guerra, lo cual era más de lo que había conseguido nunca en mi consulta de Alonso Martínez.
Que me había enamorado de un hombre imposible y testarudo y enorme, y que iba a ser madre.
Que Marta iba a ser tía, aunque no pudiera presumir de sobrino en el trabajo.
Y al final, porque no podía despedirme del todo sin dejar una rendija, escribí lo último:
Este pozo se ha abierto una vez, sin avisar, después de meses cerrado.
A lo mejor se vuelve a abrir algún día. Y a lo mejor alguien, en mi tiempo o en el de ahora, descubre cómo funciona.
Si pasa, os mando otra carta. O igual me planto en vuestra puerta una tarde cualquiera a tomar café y os doy un susto de muerte.
No me lo creo, la verdad. Creo que esta es la última vez.
Pero lo escribo igual, porque me deja el corazón más tranquilo pensar que la puerta podría volver a abrirse.
Cuidaos. Os quiero. No me lloréis. He sido feliz. Esther.
Doblé la carta, le di un beso tonto al papel, y la sostuve sobre el brocal.
Alasdair puso su mano sobre la mía, sobre la carta, y entre los dos la dejamos caer al pozo, hacia la luz, hacia el rumor de motores y voces de un siglo que ya no era el mío.
La vimos descender y perderse en la claridad, sin saber si llegaría a alguna parte, si caería en el huerto de un castillo reconvertido en hotel rural donde una recepcionista llamada Fiona la encontraría desconcertada, o si se la tragaría el tiempo sin más.
No importaba. Algunas cartas se escriben para el que las manda, no para el que las recibe.
Y mientras la carta se perdía, la luz del fondo del pozo empezó a apagarse.
El olor a asfalto y a cloro se desvaneció, el rumor de motores se fue muriendo, el resplandor blanco se replegó hasta dejar otra vez solo el gris de la tarde escocesa y el barro mudo del fondo.
La puerta se cerró tan callada como se había abierto, llevándose mi siglo al otro lado de la piedra.
Me quedé un momento mirando el agujero, que volvía a ser solo un agujero. Y por extraño que parezca, no sentí que perdiera nada. Sentí que por fin dejaba de estar partida en dos.
—Se ha cerrado —dijo Alasdair, todavía sin soltarme la mano.
—Se ha cerrado.
—¿Y si no se abre nunca más?
—Pues no se abre. —Me apoyé en él, en aquel hombre enorme que me había dado la salida y se había quedado conteniendo la respiración a ver si la tomaba—. Yo ya estoy donde quiero estar. Que el pozo haga lo que le dé la gana. A mí ya no me debe nada, y yo a él tampoco.
Subimos del huerto cogidos de la mano, dejando atrás el pozo cerrado, la carta perdida en el tiempo y el último pedazo de la mujer que se quejaba de la cobertura del móvil en un retiro de bienestar.
Delante teníamos un valle en paz, un clan, un hijo en camino y una vida entera, la única que quería ya, en el único siglo donde quería vivirla.