Como salvar a un highlander CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La sospecha que llevaba semanas sin mirar de frente me obligó a mirarla una mañana de la peor manera posible: vomitando el desayuno en el huerto, junto al pozo.

No era la primera mañana. Llevaba ya unas cuantas levantándome con el estómago del revés, mareada con olores que antes me daban igual, cansada a media tarde como si hubiera corrido una maratón, que precisamente maratones no había corrido ninguna en aquel siglo.

Y yo, que de psicóloga sé bastante y de cuerpo lo justo, llevaba esas mismas semanas explicándomelo todo con cualquier cosa menos con la evidente, que es lo que hacemos los humanos cuando una verdad nos cambia la vida demasiado para dejarla entrar de golpe.

Que si el agua del castillo. Que si los nervios de la paz. Que si el cambio de comida.

Pero aquella mañana, con la cara pegada al brocal del pozo y las cuentas hechas a la fuerza, ya no me quedó cuento que contarme.

Beathag, que tenía un radar para estas cosas afinado por cuarenta años de partear a medio clan, me lo dijo a la cara antes de que yo me atreviera a decírmelo a mí misma. Entré en la cocina pálida, me senté, y la mujer me miró una sola vez, de arriba abajo, y soltó el cucharón.

—Estás preñada.

—No digas tonterías, Beathag.

—Niña, he traído al mundo a la mitad de este valle.

Llevas tres semanas verde por las mañanas, no soportas el olor del pescado que antes te encantaba, y te has quedado dormida dos veces sentada en ese banco como una abuela.

—Se cruzó de brazos—. Lo tuyo no es el agua del castillo.

Lo tuyo tiene nombre, y dentro de unos meses tendrá cara.

Me quedé mirándola sin saber qué decir, que en mí es raro, y noté cómo la verdad que llevaba semanas empujando la puerta entraba por fin, entera, y me cambiaba el suelo bajo los pies.

Embarazada. En mil setecientos cuarenta y tres. De un jefe de clan escocés. Yo, que cuatro estaciones atrás me quejaba de la cobertura del móvil en un retiro de bienestar.

Lo primero que sentí, lo confieso, no fue alegría limpia.

Fue vértigo. Un crío en aquel siglo, sin hospital, sin epidural, sin las mil seguridades con las que en mi mundo se tiene un hijo, en una tierra donde las fiebres se llevaban a los niños como se lleva el viento las hojas.

Y detrás del vértigo, pisándole los talones, la otra cosa, la gorda, la que de verdad me sentó en el banco al lado de Beathag con las piernas flojas.

El pozo.

Porque mientras solo estuviera yo, el pozo había sido una duda.

Una herida, sí, pero también una posibilidad.

Si se abría algún día, podía volver. A Marta, a mi vida, a mi siglo.

Llevaba meses sin atreverme a decidir qué le pediría si se abría, torturándome con que querer a Alasdair y querer volver no cabían en el mismo cuerpo.

Pero un crío lo cambiaba todo, porque un crío no era una duda.

Un crío era un ancla. No podía meter a una criatura nacida del siglo dieciocho por un agujero hacia un mundo de carros que vuelan y agua que sale caliente de la pared, y no podía dejarlo atrás tampoco.

Ese hijo me ataba a aquella tierra de una manera que ninguna duda podía deshacer.

Y lo curioso, lo que me hizo entender de golpe lo que llevaba meses sin querer entender, fue que la noticia, en lugar de encerrarme, me soltó.

Porque mientras tuve la puerta del pozo abierta detrás de mí, viví con un pie fuera, sin decidir, dividida.

Y ahora que la puerta dejaba de tener sentido, me di cuenta de que no la estaba cerrando con pena.

La estaba cerrando con alivio. Que el corazón, que es más listo que la cabeza y mucho más cobarde para confesarlo, llevaba ya tiempo decidido, y solo le faltaba una excusa del tamaño de un hijo para dejar de fingir que dudaba.

Esa tarde bajé al pozo una última vez. Me senté en el brocal, como tantas veces, y le hablé, como tantas veces, porque hablar sola en una crisis sigue siendo un mecanismo de autorregulación válido aunque la crisis sea de las buenas.

—Mira —le dije al agujero—. Durante meses he venido a pedirte que me dejaras volver. Y hoy he venido a decirte que aunque te abras, ya no quiero. Que me quedo. Así que ya puedes hacer lo que te dé la gana, que a mí me has dejado de dar miedo.

El pozo, como siempre, no opinó. Pero subí del huerto más ligera de lo que había estado en todos los meses de aquel siglo, porque por fin no llevaba dos vidas tirando de mí. Llevaba una sola, y dentro, otra empezando.

A Alasdair se lo dije esa noche, en la muralla, en nuestro sitio.

—Tengo que contarte algo —empecé, y le vi tensarse, porque la última vez que le dije eso le anuncié que venía del futuro—. Pero esta vez es bueno. Creo. Espero que te lo parezca.

—Dime.

—Vas a ser padre.

Se quedó mirándome sin parpadear, tan quieto que pensé que no lo había entendido, o que lo había entendido y no le había gustado.

Pasaron unos segundos eternos. Y luego aquel hombre enorme, aquel jefe de clan que mató a su padre a los diecisiete y que llevaba veinte años sin contar más que muertos, aquel guerrero que no había llorado al enterrar a su gente, se llevó una mano a la boca y se le saltaron las lágrimas sin más, ahí, de pie en la muralla, sin pelearlas siquiera.

—Un hijo —dijo, con la voz hecha trizas—. Vamos a tener un hijo.

—O una hija. Eso no lo decido yo, que conste.

—Me da igual. —Me cogió la cara con las dos manos, riendo y llorando a la vez, hecho un desastre, el mejor desastre que le he visto a nadie—.

Me da exactamente igual. Esther. Yo no tengo familia.

La maté, la enterré, la desterré. Llevo toda la vida siendo el último de mi sangre, el final de algo.

Y tú me dices que va a haber alguien después.

Que no soy el final. —Me apoyó la frente en la mía—.

¿Sabes cuánto hace que no cuento a alguien que va a venir, en lugar de a los que se han ido?

—Mucho —dije, con un nudo en la garganta del tamaño del castillo—. Demasiado.

Pasamos esa noche haciendo lo que hacen las parejas que esperan un hijo en cualquier siglo: planes imposibles, nombres, discusiones tontas sobre si tendría mi cabezonería o su tamaño, miedos compartidos a media voz.

Alasdair quería ponerle a un niño el nombre de su padre, y yo le dije que igual no, que igual mejor empezábamos con un nombre que no arrastrara una tumba detrás, y él se quedó pensándolo y me dio la razón.

Hablamos de Marta, de mi hermana, que iba a ser tía de un crío del siglo dieciocho sin saberlo nunca, y eso me dolió de una manera distinta, porque era el primer duelo de verdad de la vida que dejaba atrás.

Pero ni una sola vez esa noche, ni mirando hacia el huerto, pensé en el pozo como en una salida.

Lo había decidido. Estaba en paz. Tenía a aquel hombre, tenía a aquella criatura empezando, tenía un valle que había ayudado a sacar de la guerra, y tenía, por fin, una sola vida en lugar de dos tirando cada una para su lado.

Lo que no sabía, mientras hacíamos planes en la muralla aquella noche, era que el pozo, que llevaba meses mudo esperando su momento, había escogido precisamente ese, justo cuando yo dejaba de necesitarlo, para tener por fin algo que decir.