CAPÍTULO 34
La paz no se firmó con sangre ni con sellos, porque ninguno de los dos clanes tenía nada de eso a mano, pero se firmó, que es lo que importa.
Después de lo de Coinneach, las cosas no volvieron a ser como antes, y eso, tratándose de cuatro generaciones de odio, fue casi un milagro.
Lachlann y Alasdair se reunieron otras dos veces en el cruce, ya sin palo y sin que yo tuviera que plantarme en medio, porque a esas alturas habían aprendido solos a hablar, y acordaron las cosas concretas que sostienen una paz cuando se acaban las palabras bonitas.
Fronteras claras en el vado, que ninguno cruzara con armas.
El cruce de paz protegido por hombres de los dos clanes a la vez, para que comerciar dejara de ser un riesgo.
Y una cosa que se le ocurrió a Lachlann y que a mí me pareció más lista que todos mis palos juntos: que cada otoño, después de la cosecha, los dos clanes celebraran juntos una jornada en el cruce, con comida, música y juegos, para que los críos de las dos orillas crecieran conociéndose en lugar de odiándose.
Porque a un hombre le cuesta mucho más degollar a alguien con quien jugó de niño.
—Cuando seamos viejos —le dijo Lachlann a Alasdair en la última reunión—, esos críos no se acordarán de por qué nos matábamos. Y ese es el único final bueno posible para una guerra como la nuestra: que la siguiente generación no entienda de qué iba.
El clan MacLeod tardó en creerse la paz, como tardó Alasdair, porque la gente que ha vivido siempre en guerra desconfía de la calma igual que desconfiaría de un milagro.
Pero las pruebas se fueron acumulando, terca una tras otra.
Pasó un otoño entero sin un funeral por la frontera.
Las mujeres bajaban al cruce a comerciar y volvían cargadas y vivas.
Un crío MacLeod se cayó al río en el vado y fue un pastor Drummond el que se metió a sacarlo, y devolvió al niño a su madre sin pedir nada a cambio, y esa historia corrió por las dos orillas más deprisa que cualquier batalla.
Pequeñas cosas. Pero ya he dicho que las paces se hacen de pequeñas cosas, igual que las guerras.
A Niall lo nombró Lachlann su hombre de confianza para los asuntos del cruce, lo cual tenía su gracia, porque el muchacho que había cruzado a buscar el cuerpo de su hermano acabó siendo el puente vivo entre los dos clanes.
Venía a menudo al castillo con recados, y se hizo amigo de Tam y de Domhnall, y verlos a los tres juntos, dos MacLeod y un Drummond riéndose de cualquier tontería en el patio, era la prueba más clara de que algo se había roto de verdad, y que lo roto, por una vez, era lo bueno.
A mí el clan dejó de mirarme como a la bruja del pozo y empezó a mirarme como a otra cosa que tampoco sabía nombrar muy bien, una mezcla de respeto y de cariño incómodo, porque les costaba encajar que la paz de la que empezaban a vivir se la había traído una mujer caída de un agujero hablando su lengua sin haberla aprendido.
Beathag lo resumió a su manera una tarde, mientras me veía atender a una cola de gente que ya venía a contarme sus penas como antes venía a que les curara las heridas.
—Llegaste de espía, te quedaste de sabia, y ahora la gente te trata casi como a la señora de la casa. —Removió el caldero—. No está mal para una mujer que se cayó por un pozo buscando no sé qué en un aparato muerto.
—Buscando cobertura, Beathag.
—Lo que fuera. —Me miró de reojo—. El señor anda hablando de ti como no habla de nada. Ándate con ojo, niña, que esto ya tiene pinta de ir en serio del todo.
No le contesté, porque sí iba en serio del todo, y porque por esos días empezaba a notar algo que aún no me atrevía a poner en palabras, una sospecha pequeña que llevaba conmigo a todas partes sin atreverme a mirarla de frente, igual que no me había atrevido a mirar el pozo los primeros meses.
Esa noche subí a la muralla con Alasdair, a nuestro sitio, que ya no daba miedo mirar hacia el este porque del este ya no venía la guerra. El valle estaba tranquilo, y por una vez los dos lo estábamos también.
—Lo conseguimos —dije—. No más guerra.
—Tú con tu palo y tus ideas de loca, y yo dejándome convencer, que tiene tanto mérito lo uno como lo otro. —Se quedó mirando el valle—. Cuando caíste en mi pozo, pensé que me había caído una espía. Y resulta que me había caído la paz. —Me miró—. Y otras cosas que no sé decir tan bien.
—Lo dices bien. Para un hombre que dice poco, lo dices sorprendentemente bien.
Se rió, ese amago que ya le salía entero, y nos quedamos un rato así, mirando un valle en paz por primera vez en cuatro generaciones, sin más guerra por delante.
Y debería haber sido el final feliz. Casi lo era. Solo que yo llevaba dentro, sin decirlo todavía, dos cosas que aquel hombre no sabía. Una alegría que empezaba a sospechar que iba a cambiarlo todo. Y el pozo, que seguía ahí abajo, mudo, en el huerto, esperando el momento de tener algo que decir.