CAPÍTULO 33
Nunca había visto tanta gente junta con tantas ganas de matarse y tantas razones para no hacerlo.
La gran reunión del cruce juntó a los dos clanes casi enteros.
No diez hombres por bando, sino cientos: guerreros, viudas, ancianos, críos, las dos orillas del vado vaciadas en aquella explanada que apenas los contenía.
Los MacLeod a un lado, los Drummond al otro, separados por una franja de hierba de unos veinte pasos que nadie cruzaba como si fuese un muro.
Si aquello salía mal, no habría supervivientes para contarlo.
Lo sabía Alasdair, lo sabía Lachlann, y lo sabía yo, que me planté en mitad de la franja con mi palo y las piernas temblándome por dentro, porque convocar a dos clanes enteros a hablar era, de todas mis locuras, la que más muertos podía dejar.
Lachlann tomó la palabra el primero, como acordamos, y empezó a hablarle a su gente de la tregua, de los muertos enterrados, del cruce reabierto, de los nueve días sin un funeral. No había llegado a la tercera frase cuando Coinneach se levantó.
—¡Mentiras! —gritó, y su voz cortó la explanada—.
¡Tregua, dice! ¡Mi señor nos habla de paz mientras la sangre de Tormod, su propio hijo, está fría en la tierra por culpa de esos perros!
—Señaló a los MacLeod, y un murmullo recorrió a los jóvenes Drummond—.
¡Os ha vendido! ¡Se sienta a tomar cerveza con los asesinos de vuestros hijos, devuelve vivos a los enemigos que deberíamos colgar, y os pide que comerciéis lana con los que os degollaron en este mismo cruce!
¿Eso es un jefe? ¡Un jefe defiende a los suyos, no se arrodilla ante el enemigo porque una bruja le ha sorbido el seso a él y al MacLeod!
—Desenvainó, y la levantó al cielo—. ¡Yo digo que el que tenga sangre en las venas me siga, y vengamos a nuestros muertos como hombres!
Y por un momento, el peor de toda la mañana, pensé que lo tenía.
Una parte de los jóvenes Drummond rugió con él, levantó las armas y dio un paso hacia la franja de hierba.
Vi a los MacLeod responder, a las manos ir a los cintos, a toda la explanada inclinarse hacia el tajo.
Coinneach había encendido la mecha exactamente como yo había temido.
Pero la mecha, esta vez, no prendió donde él quería. Porque antes de que nadie cruzara la hierba, se levantó Niall.
—Yo soy uno de los enemigos que el señor MacLeod devolvió vivo —dijo el muchacho, fuerte, temblando pero sin callarse—.
Crucé el vado a buscar el cuerpo de mi hermano Artair para que mi madre pudiera enterrarlo.
Me cogieron. Coinneach, tú habrías dejado que me colgaran.
El señor MacLeod me devolvió vivo, y con el cuerpo de Artair tratado con honor.
Mi madre come desde entonces. ¿Eso es un enemigo, Coinneach, o es un hombre cansado de enterrar hijos, igual que el nuestro?
Se levantó una viuda Drummond.
—Yo enterré a mi marido la semana pasada, por fin, en tierra sagrada, porque los MacLeod nos devolvieron su cuerpo. Dos años llevaba sin saber dónde estaba. Dos años. ¿Quién me lo devolvió, Coinneach? ¿Tu guerra, o su tregua?
Se levantó otra mujer, de las que comerciaban en el cruce, y luego otra, y la cosa empezó a girar, despacio, como giran las multitudes cuando alguien se atreve a decir en alto lo que la mitad piensa y no osaba.
Y entonces, desde el lado MacLeod, sin que nadie se lo pidiera, dio un paso adelante el crío de Cnoc Ban, el del abuelo herido, y señaló a Coinneach con un dedo que no temblaba.
—Tú quemaste mi casa —dijo el niño—. Yo te vi.
Tú y otros jóvenes, de noche, gritando. Mataste a un hombre y le abriste el brazo a mi abuelo.
Mientras tu jefe guardaba la tregua, tú la rompías a escondidas.
—El crío miró a los dos clanes—. Él habla de vengar muertos. Pero el muerto de Cnoc Ban lo hizo él.
Y eso fue el final de Coinneach, aunque él aún no lo supiera.
Porque una cosa es pedir guerra para vengar a los tuyos, y otra muy distinta es que toda tu gente descubra, de golpe, delante del otro clan, que tú eres el que ha estado matando a escondidas y mintiendo a tu propio jefe para forzar una guerra que ya nadie quiere.
Vi cómo los jóvenes que habían levantado las armas con él bajaban la vista, las bajaban una a una, dejándolo solo en mitad de su propia gente, igual que se quedó solo Eachann en aquel valle.
Coinneach lo notó. Notó que se quedaba sin coro, sin clan, sin guerra, y como le pasa a los hombres así, la humillación pudo más que el miedo. Se volvió hacia Lachlann con la espada en alto.
—¡Cobarde! —escupió—. ¡Si nadie tiene sangre para hacer lo que hay que hacer, lo hago yo! —Y se lanzó contra su propio tío, contra el jefe que le había dado techo y nombre, para abrirse a tajos el camino al clan que ya no lo seguía.
No llegó. Lo pararon los suyos. Fueron tres Drummond jóvenes, de los mismos que un momento antes habían levantado la espada con él, los que se le echaron encima y lo redujeron al suelo antes de que tocara a Lachlann, desarmándolo, sujetándolo contra la hierba mientras él pataleaba y gritaba traiciones.
Su propia gente. Eso fue lo que lo paró.
No los MacLeod, no su tío, no yo. Los suyos.
Y entonces vino el momento de verdad, el que de verdad rompía o no rompía la rueda, y no tenía nada que ver con Coinneach.
—¡Que pague por Cnoc Ban! —rugió un hombre desde el lado MacLeod—. ¡Mató a uno de los nuestros! ¡Su cabeza por la de nuestro muerto! ¡Es la ley!
Y la explanada volvió a tensarse, porque aquello sí era la rueda.
Un MacLeod muerto. Un Drummond culpable.
La ley de siempre, ojo por ojo, una cabeza por otra.
Si se cumplía, la rueda daba otra vuelta, porque la familia de Coinneach reclamaría después, y los Drummond, y vuelta a empezar.
Lachlann tenía a su sobrino en el suelo, sujeto por los suyos, y la ley de su lado para entregarlo a la muerte y quedar en paz con los MacLeod.
Y fue Alasdair el que dio el paso. No Lachlann. Alasdair, el señor del clan agraviado, el que tenía derecho a esa cabeza.
—No —dijo, y su voz paró a la explanada entera—. No quiero su cabeza.
—¡Señor, mató a uno de los nuestros! —protestó el hombre—. ¡En Cnoc Ban! ¡Es la ley!
—Lo sé. Y la ley dice que su sangre paga la nuestra.
—Alasdair caminó hasta la franja de hierba, hasta el centro, donde estaba yo, y le habló a los dos clanes a la vez—.
Llevo toda la vida cumpliendo esa ley. Maté a mi propio padre cumpliéndola.
Y os voy a decir lo que he aprendido en veinte años de cumplirla: no se acaba nunca.
Si hoy cobramos la cabeza de Coinneach por el muerto de Cnoc Ban, mañana su madre llorará un hijo, y dentro de dos años alguien de su sangre cruzará el vado a vengarlo, y dentro de cuatro generaciones seguiremos aquí, en este mismo cruce, contando muertos.
—Buscó al abuelo herido de Cnoc Ban, que estaba allí con el brazo en cabestrillo, y le habló directamente—.
Tú perdiste a un vecino y casi la vida. Tienes más derecho que nadie a pedir su cabeza.
Pero te pido que no la pidas. Te pido que seas tú, justo tú, el que pare la rueda.
Que el muerto de Cnoc Ban sea el último que enterremos sin devolver el golpe.
No porque no duela. Porque alguien tiene que dejar de cobrar, o no paramos nunca.
Se hizo en la explanada una quietud distinta a todas las de la mañana.
Cientos de personas de dos clanes esperando lo que dijera un viejo pastor con el brazo herido.
Y el viejo, que había perdido a un vecino y casi un brazo, miró a Coinneach reducido en la hierba, miró a su nieto, miró a los dos jefes, y dijo, con la voz rota:
—Mi nieto tiene seis años. Si pido esa cabeza, le estoy comprando la guerra para cuando sea hombre. —Negó despacio—. No la pido. Que se lo lleven los suyos y que no vuelva a pisar estas tierras. Pero su cabeza no la quiero. Quiero que mi nieto se haga viejo.
Y esa fue la primera vez en cuatro generaciones que un muerto de uno de los dos clanes se quedó sin venganza por decisión de los suyos.
No la pararon dos jefes a escondidas. La paró un pastor viejo delante de los dos clanes enteros, eligiendo a su nieto vivo por encima de su vecino muerto.
La rueda, que llevaba un siglo girando sola, se quedó quieta por primera vez porque alguien, por fin, decidió no darle el empujón.
A Coinneach se lo llevaron los suyos, atado, al destierro.
Lachlann lo condenó a no volver jamás a tierra Drummond, que para un hombre como él era peor que la muerte, porque lo dejaba vivo y solo y sin clan que lo escuchara.
Y cuando se lo llevaron, los dos clanes seguían en sus dos orillas, separados por veinte pasos de hierba, pero algo había cambiado en esos veinte pasos, porque ya no eran un muro. Eran solo hierba.
Volví a la franja del centro, agotada, con el palo todavía en la mano, y miré a Alasdair, que me miraba a mí, y a Lachlann, que nos miraba a los dos. No hicimos discursos. No había nada que firmar que valiera más que lo que acababa de pasar.
—La rueda se ha parado —le dije a Alasdair, en voz baja.
—De momento —contestó él, que era incapaz de creerse del todo lo bueno—. Pero se ha parado.
—Se ha parado porque la han parado ellos. No nosotros. Eso es lo que hace que dure.