Como salvar a un highlander CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Lachlann no tardó tres días. Tardó uno y medio.

Al segundo amanecer desde Cnoc Ban, el cuerno del vado sonó otra vez, y otra vez era un solo jinete con una rama verde en alto.

Pero esta vez al jinete lo conocíamos. Era Niall, el muchacho del pozo y de la angarilla, el que habíamos devuelto vivo.

Y que Lachlann mandara precisamente a Niall, al chico que le debía la vida al perdón de Alasdair, era un mensaje en sí mismo antes de que el chaval abriera la boca.

Bajamos a recibirlo, y Niall, que ya no traía cara de morir con dignidad sino de cargar un peso que le venía grande, soltó su recado de carrerilla.

—Mi señor Lachlann jura por la tumba de su hijo Tormod que él no ordenó lo de Cnoc Ban.

—El muchacho tragó—. Y jura algo peor, porque le cuesta decirlo.

Que fue Coinneach. Coinneach y un puñado de los nuestros más jóvenes, por su cuenta, a escondidas.

Mi señor lo ha sabido al volver ellos con el ganado robado, jactándose.

—Niall bajó la voz—. Coinneach es hijo de la hermana de mi señor.

Sangre suya. Y tiene detrás a más de la mitad de los jóvenes del clan, los que perdieron a alguien, que son muchos.

Mi señor pide hablar. Solo vosotros dos.

En el cruce, mañana. Sin los diez hombres esta vez.

Porque lo que tiene que deciros no puede oírlo nadie de los suyos.

Miré a Alasdair, y Alasdair me miró a mí, y los dos pensamos lo mismo sin decirlo.

Lachlann estaba exactamente donde había estado Alasdair el día que yo le conté lo del establo viejo: con un traidor de su propia sangre, querido por la mitad del clan, rompiendo la paz por la espalda, y sin poder acusarlo abiertamente sin partir a los suyos en dos.

La rueda no la giraba ya el odio entre los clanes.

La giraban dos muchachos rabiosos, uno muerto y otro vivo, empeñados en una guerra que sus propios jefes ya no querían.

Fuimos al cruce al día siguiente, solo Alasdair, yo y dos hombres de confianza, contra lo acordado, porque yo me negué a quedarme y Alasdair ya había aprendido a no discutírmelo.

Lachlann llegó igual de escueto, con Niall y un par de los suyos.

Y por una vez no nos sentamos como dos clanes enfrentados, sino como cuatro personas con un problema común alrededor de unas piedras.

—Te debo una disculpa que no sé cómo se da entre enemigos —empezó Lachlann, y al viejo le costaba cada palabra—.

Lo de Cnoc Ban lo hicieron los míos. Un muerto vuestro y dos casas quemadas, mientras yo creía estar guardando una tregua.

Si quisieras romper todo esto ahora y volver a la guerra, MacLeod, estarías en tu derecho, y yo no podría reprochártelo.

—Podría romperlo —dijo Alasdair—. Mi clan me lo pide a gritos.

Pero no lo voy a hacer, porque sé exactamente dónde estás, Lachlann.

He estado ahí. Yo tenía un primo, Eachann.

Encantador, valiente, querido por los jóvenes.

Y planeaba quemar un asentamiento vuestro, el del valle bajo, el de las familias, para forzarme a la guerra que yo no quería.

A escondidas, igual que tu Coinneach. —Hizo una pausa—.

Lo paré hace unas semanas. Murió lanzándose con una daga contra ella.

—Me señaló—. Así que no, no voy a romper la tregua por lo que ha hecho Coinneach.

Porque hace un mes el que rompía la tregua era de mi sangre, y yo habría querido que tú no me declararas la guerra por culpa de mi primo. Te debo la misma cortesía.

Lachlann se quedó mirando a Alasdair como se mira a alguien en quien acabas de reconocerte. Dos jefes, dos traidores de la propia sangre, el mismo veneno en los dos lados del vado.

—Entonces tenemos el mismo problema —dijo el viejo—.

Solo que el mío sigue vivo. Y Coinneach no va a parar con Cnoc Ban.

Lo conozco. Está crecido, tiene a los jóvenes detrás, y huele que su jefe ya no quiere guerra.

—Apretó las manos sobre el palo que yo le había vuelto a poner delante por costumbre—. Niall me ha contado lo que prepara.

Y ahí Niall, el muchacho puente, soltó lo que de verdad nos había traído a aquel cruce.

Coinneach planeaba algo mucho más grande que quemar un asentamiento de pastores.

Sabía que mientras Lachlann y Alasdair siguieran hablando, la guerra no iba a estallar nunca, porque los dos viejos la frenaban.

Así que su plan no era ya provocar a los MacLeod.

Era quitar de en medio a su propio jefe.

Coinneach pretendía sorprender a Lachlann en la siguiente sesión del cruce, acusarlo delante de los hombres de venderse al enemigo, de traicionar a los muertos Drummond por sentarse a hablar con sus asesinos, y arrebatarle el clan allí mismo, en terreno neutral, con los jóvenes de su parte.

Y una vez con el clan en la mano, atacar a los MacLeod a lo grande, sin nadie que lo frenara.

Un golpe de mano. Igual que el de Eachann, pero por dentro.

—Va a venir a la próxima sesión a derrocarme —dijo Lachlann—. A acusarme de traidor delante de mi gente y a quedarse el clan. Y si lo consigue, no habrá paz que valga, porque el que mande a los Drummond querrá guerra y solo guerra.

—Entonces no hay próxima sesión normal —dije yo, porque llevaba un rato atando cabos—. Si Coinneach piensa usar la sesión para derrocarte, lo que tenemos que hacer es darle la sesión, pero preparada. Que crea que va a su golpe, y que se encuentre con lo que no espera.

Los tres me miraron.

—Explícate —dijo Alasdair.

—Coinneach va a presentarse al cruce a acusar a Lachlann de venderse al enemigo.

Bien. Pues que lo acuse. Delante de los dos clanes enteros, no de diez hombres.

Convocad la próxima sesión grande, con toda la gente que quiera venir de los dos lados, porque la paz, si va a sostenerse, no la pueden sostener dos viejos a escondidas, la tienen que querer los clanes.

Y cuando Coinneach se levante a decir que su jefe es un traidor por hablar con los MacLeod, en lugar de defenderse Lachlann a solas, que respondan los hechos.

Que estén allí Niall, al que devolvisteis vivo.

Las viudas que enterraron por fin a sus muertos gracias a la tregua.

Las mujeres que comercian de nuevo en el cruce sin morir.

El crío de Cnoc Ban, para que cuente quién quemó su casa.

Que Coinneach acuse a su jefe de traición delante de un clan que acaba de empezar a vivir mejor gracias a esa supuesta traición.

—Miré a Lachlann—. No lo derrotas tú. Lo derrota tu propia gente, cuando vea lo que ofrece él, que es más muerte, frente a lo que ofreces tú.

Es lo que hicimos con Eachann. Funcionó.

Hubo un silencio mientras lo masticaban, los dos jefes y el muchacho, y luego Lachlann soltó algo que se parecía mucho a una risa cansada.

—MacLeod —le dijo a Alasdair—, ¿de dónde has sacado a esta mujer?

—De un pozo —contestó Alasdair, con toda la naturalidad del mundo—. Es largo de contar.

—Pues guárdala bien. —Lachlann me miró con un respeto nuevo—. Porque o nos salva a todos, o nos mete a todos en la tumba con sus ideas. Y por cómo va, no sé yo cuál de las dos.

Volvimos al castillo con un plan tan loco como todos los míos: convocar a los dos clanes enteros al cruce, darle a Coinneach el escenario que buscaba para su golpe, y dejar que se hundiera solo delante de su propia gente.

Si salía bien, no solo parábamos a Coinneach, sino que la paz dejaba de ser cosa de dos viejos a escondidas para convertirse en algo que querían los clanes.

Y si salía mal, tendríamos a los dos clanes enteros, armados, frente a frente, en el sitio donde más se odiaban, con un muchacho rabioso encendiendo la mecha.

—Es la apuesta más grande que me has propuesto hasta ahora —me dijo Alasdair esa noche, en la muralla—. Más que devolver a Niall. Más que sentarme con Lachlann. Juntar a los dos clanes enteros y rezar para que elijan la paz.

—Lo sé. Pero la paz que sostienen dos hombres a escondidas se cae en cuanto uno de los dos muere. La que sostienen los clanes, esa dura. Tenemos que conseguir que la quieran ellos, Alasdair. Si no, todo esto se lo lleva el primer Coinneach que venga detrás.

Se quedó mirando la oscuridad hacia el este, hacia donde un muchacho rabioso afilaba un golpe contra su propio jefe.

—Una reunión más —dijo—. La grande. Y se acaba, de un modo o de otro.