CAPÍTULO 31
La tregua aguantó nueve días, y fueron nueve días buenos, que ya es decir.
Lo primero que pasó fue lo de los cuerpos.
Los Drummond devolvieron a los dos hombres del cruce que aún tenían sin enterrar, y nosotros mandamos de vuelta a los suyos que habían quedado en nuestras tierras.
Vi llegar las angarillas por el vado y vi a las viudas del clan recibir a sus muertos para enterrarlos por fin como Dios manda, y aunque era una escena triste, había en ella algo que no había visto en aquel siglo: un dolor que por una vez no traía detrás una venganza.
La gente lloraba a sus hijos y a sus maridos sin afilar nada.
Solo llorando. Que es como hay que llorar.
El cruce volvió a abrirse. Una mañana bajaron unas mujeres MacLeod a comerciar lana, temblando, y se encontraron a unas mujeres Drummond igual de temblorosas, y al principio se miraron como gatas, pero el caso es que comerciaron, y volvieron vivas, y al día siguiente bajaron más.
Pequeñas cosas. Pero cada una de aquellas pequeñas cosas era un clavo que la guerra ya no podía sacar.
Alasdair andaba esos días más ligero, y por las noches, cuando se quedaba conmigo, hablaba del futuro como no lo había hecho nunca, de un valle donde los críos de los dos lados pudieran cruzar el vado sin que nadie los esperara escondido.
Yo lo escuchaba con la cabeza en su pecho y me guardaba para mí el pensamiento de siempre, el del pozo, porque no quería estropearle aquellos pocos días de creer que el mundo podía arreglarse.
Al décimo día, lo estropeó otro.
Llegó al castillo un crío montado a pelo en un caballo reventado, gritando antes de llegar a la muralla.
Venía de Cnoc Ban, un asentamiento MacLeod de la frontera del norte, pequeño, de pastores.
Habían atacado de noche. Habían quemado dos casas, robado el ganado, y dejado a un hombre muerto y a otros dos heridos, uno de ellos el abuelo del crío, que había salido con una horca a defender lo suyo y se había llevado un tajo en el brazo.
Y los que atacaron eran Drummond.
El castillo entero estalló. En menos de lo que se tarda en contarlo, el patio se llenó de hombres furiosos, y la furia esta vez tenía un filo nuevo, porque traía razón.
La tregua. El señor había sentado a hablar al enemigo, había devuelto a un Drummond vivo, había convencido al clan de bajar las armas y comerciar en el cruce, y los Drummond habían contestado quemando Cnoc Ban a los diez días.
—¡Esto es lo que pasa por fiarse de ellos! —rugió uno—. ¡Mientras nosotros bajábamos lana al cruce como tontos, ellos preparaban el cuchillo! ¡Te lo dijimos, señor! ¡Hablar con esa gente es para los débiles, y ahora hay un hombre muerto en Cnoc Ban que lo paga!
Y lo peor de todo es que sonaba a verdad.
Yo misma, si no hubiera visto a Coinneach apartarse con sus jóvenes en el cruce, lo habría creído.
Vi cómo la cara de Alasdair encajaba golpe tras golpe, cómo todo lo que había construido en nueve días se le caía en nueve gritos, cómo los hombres que empezaban a confiar en él volvían a mirarlo como al señor ablandado que llevó al clan a una trampa.
Alasdair me buscó con la mirada por encima de las cabezas, una mirada de náufrago, y yo bajé al patio y me abrí paso a empujones hasta el crío de Cnoc Ban, que seguía sobre el caballo reventado, blanco de miedo.
—Escúchame —le dije, agachándome a su altura, sin hacer caso de la que se montaba a mi alrededor—. Es muy importante. Los que atacaron. ¿Cómo eran? ¿Cuántos? ¿Hombres hechos, guerreros mayores, ordenados? ¿O jóvenes?
El crío me miró sin entender por qué le preguntaba aquello en lugar de prometerle venganza.
—Jóvenes —dijo—. Casi todos jóvenes. Y… raros.
Mi abuelo dijo que eran raros. Que atacaron mal, a lo loco, gritando, sin orden, prendiendo fuego donde no había nadie y dejando escapar a la mitad del ganado por las prisas.
Mi abuelo, que peleó de joven, dijo que aquello no parecía una incursión de hombres del señor Drummond.
Que parecía una pandilla de muchachos jugando a la guerra.
Y ahí lo tuve. Me levanté y me volví hacia Alasdair, que me miraba esperando, y supe que lo que iba a decir podía pararlo todo o podía hundirme con él, porque era otra vez la palabra de la sabia contra lo que todo el clan tenía delante de los ojos.
—No ha sido Lachlann —dije, fuerte, para que me oyeran todos—. Escuchadme antes de coger las espadas. No ha sido el señor Drummond. Ha sido Coinneach.
—¿Quién demonios es Coinneach? —gritó alguien.
—El Eachann de los Drummond —dije, y el nombre de Eachann cayó en el patio como una piedra de varias toneladas, porque todos sabían lo que había hecho Eachann y cómo había acabado—.
En el cruce, el día de la segunda sesión, había un muchacho Drummond que se opuso a la tregua con todas sus fuerzas, porque quería la guerra por haber perdido a un primo en el cruce.
Lo vi apartarse con tres o cuatro jóvenes rabiosos, mirando atrás, igual que vi a Eachann en el establo.
Y ahora un crío de Cnoc Ban me dice que el ataque fue de jóvenes, desordenados, a lo loco, que no parecía gente del señor Drummond.
—Miré a los hombres uno a uno—. ¿No lo veis?
Es la misma jugada de Eachann, pero del otro lado.
Un halcón que no acepta la paz rompe la tregua por su cuenta, a escondidas de su jefe, para forzar la guerra que su jefe ya no quiere.
Si respondemos hoy a lo grande, le hacemos a Coinneach exactamente lo que él busca.
Le damos su guerra. Y le damos la razón.
Hubo un murmullo, pero esta vez no de furia, sino de duda, porque lo de Eachann lo habían vivido en sus propias carnes y la comparación les hacía pensar.
—¿Y el hombre muerto de Cnoc Ban? —dijo el padre de uno de los del cruce, sin rabia, casi suplicando—. ¿Ese qué? ¿También nos lo tragamos por la paz?
—Ese hombre lo mató Coinneach, no Lachlann —contestó Alasdair, recuperando por fin la voz, poniéndose a mi lado, jugándose el clan a la palabra de la sabia una vez más—.
Y si respondemos quemando un asentamiento Drummond, mañana matamos nosotros a un hombre que tampoco tiene la culpa, y a su madre la dejamos sin hijo, y le damos a Coinneach la guerra que él solo no puede empezar.
No voy a hacerlo. —Levantó la voz para todo el patio—.
Vamos a hacer otra cosa. Vamos a mandarle recado a Lachlann Drummond, ahora mismo, antes de que nadie coja una espada, y le vamos a preguntar si él ordenó el ataque a Cnoc Ban.
Y si me dice que no, y le creo, entonces tú y yo, Lachlann y yo, tenemos un problema común que se llama Coinneach, y lo resolvemos juntos antes de que nos lleve a todos por delante.
—Miró a los hombres—. Dadme tres días. Si en tres días resulta que me equivoco y que fue Lachlann, os juro que os llevo yo mismo a quemar lo que haga falta. Pero dadme tres días.
Se los dieron. A regañadientes, con un hombre muerto sin vengar y dos casas quemadas, pero se los dieron, porque lo de Eachann estaba demasiado fresco y porque aquel señor ya les había demostrado dos veces que pararse a pensar salía más a cuenta que cargar a ciegas.
Esa noche, mientras Alasdair dictaba a toda prisa un mensaje para Lachlann y mandaba jinetes al vado, me quedé mirando el patio desde la muralla, con el corazón encogido.
Porque la tregua que nos había costado nueve días y dos sesiones colgaba ahora de un hilo, y el hilo era que un viejo jefe Drummond, al otro lado del agua, estuviera tan dispuesto como Alasdair a creer que el enemigo de la paz no era el otro clan, sino los suyos propios.
—Si Lachlann no controla a Coinneach —le dije a Alasdair cuando subió, agotado, a buscarme—, esto se acaba. Por mucho que tú quieras la paz y él la quiera, si sus halcones rompen la tregua y los nuestros responden, la guerra la hacen ellos sin que podamos hacer nada.
—Lo sé. —Se apoyó en el muro a mi lado, mirando hacia las tierras Drummond, oscuras—. Por eso a Coinneach hay que pararlo. Igual que paré a Eachann. —Apretó la mandíbula—. Solo que Eachann era sangre mía, y lo paré yo. Coinneach es sangre de Lachlann. Y a su sangre la tiene que parar él.