CAPÍTULO 30
Amanecí en el cuarto de Alasdair, lo cual no engañó a nadie, empezando por Beathag, que me esperaba en la cocina con un cuenco de gachas y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Buenos días, niña. ¿Has dormido bien?
—No empieces, Beathag.
—Yo no digo nada. Pero ese hombre ha bajado esta mañana silbando. Silbando, Esther. Jamás le había oído silbar. —Me puso las gachas delante—. Cómete eso, que hoy os toca otra vez el cruce, y para parar una guerra hace falta el estómago lleno.
Tenía razón en lo del estómago, y en lo de Alasdair, que esa mañana cabalgó hacia el cruce con la espalda menos cargada que la primera vez, aunque ninguno de los dos dijéramos nada del cuarto ni de la noche, porque algunas cosas se llevan mejor calladas y mirándose de reojo.
Lachlann llegó al cruce con sus diez hombres, puntual, y esta vez no hubo treinta pasos de tensión muda.
Hubo, eso sí, las caras de siempre, el odio de fondo y los halcones de los dos bandos vigilándose.
Pero los dos jefes se saludaron con una inclinación de cabeza, y eso, una semana atrás, habría sido impensable.
Repartí el palo, recordé las reglas, y empezamos.
La segunda sesión fue más difícil que la primera, y eso que la primera casi acaba en sangre. Porque en la primera habíamos nombrado el dolor, y nombrar el dolor une, pero la segunda tocaba lo otro, lo que separa: las cuentas. Y las cuentas de cuatro generaciones no se saldan con un palo.
Empezó bien. Lachlann habló de los suyos, Alasdair de los suyos, y por un rato pareció que la cosa fluía. Pero en cuanto pasamos de los muertos a lo que se debía por los muertos, la explanada se tensó otra vez.
—Mi hijo Tormod vale más que dos cabezas de ganado —dijo Lachlann—. Si vamos a hacer cuentas, MacLeod, las hacemos enteras. Tú me debes a Tormod, y a los dos que cayeron en la primavera, y a mi sobrino, y a…
—Y tú me debes a los dos del cruce, degollados desarmados —cortó Alasdair, y la voz se le endureció—.
Y a Coll, que tardó seis días en morir. Y a los que cayeron antes.
Si nos ponemos a sumar muertos, Lachlann, no terminamos hoy ni mañana, y al final de la suma habrá que matar a alguien para cuadrarla, porque siempre falta uno.
Y esa cuenta no se cuadra nunca. Lo sabes tú igual que yo.
—¡Pues entonces no hay nada que hablar! —saltó Coinneach, el rabioso, dando un paso adelante otra vez—. ¡Lo dije! ¡Palabras y palos para que al final no paguen lo que deben! ¡Mi primo está muerto y nadie va a pagar por él!
Y la explanada volvió a tensarse al borde del tajo, los halcones de los dos lados sumándose al de Coinneach, los hombres de Alasdair respondiendo, todo a punto de irse al garete por la cuenta imposible de los muertos.
Vi a Alasdair llevar la mano al cinto por instinto.
Vi a Lachlann, viejo y cansado, mirar a sus hombres rabiosos sin saber ya cómo pararlos.
Y entendí que aquello no se arreglaba dejándoles seguir por ahí, porque por ahí no había salida. La cuenta de los muertos no se puede cerrar. Cada muerto pide otro, y ese otro pide otro, hasta el fin del mundo. Si los dejaba en esa cuenta, la guerra seguiría igual.
Así que cogí el palo, me planté en medio, y cambié el juego.
—Parad —dije, fuerte, y por raro que parezca pararon, porque ya habían aprendido que la loca del palo a veces tenía razón—.
Lleváis razón los dos, y ese es el problema.
Tú le debes muertos a él. Él te debe muertos a ti.
Y por mucho que sumemos, esa cuenta no se cierra, porque por cada muerto que pongáis sobre la mesa el otro pone el suyo. ¿Es eso lo que queréis?
—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Lachlann, agotado—. ¿Olvidar a nuestros hijos? ¿Hacer como que no murieron?
—No. A vuestros hijos no se les olvida ni se debe.
—Bajé la voz—. Pero os estáis haciendo la cuenta al revés.
Lleváis cuatro generaciones mirando hacia atrás.
Mirad hacia delante por una vez. No contéis a los que habéis perdido.
Contad a los que os quedan. —Miré a Lachlann—.
Dijiste que tienes más hijos. —Miré a Coinneach—.
Tú dijiste que tu primo era de tu sangre.
¿Tienes más primos, más hermanos, vivos?
—Volví a Alasdair, aunque él ya lo había entendido—.
Cada uno de vosotros tiene críos en su casa que ahora mismo están vivos.
La pregunta no es cuántos muertos os debéis.
La pregunta es a cuántos de los vivos estáis dispuestos a enterrar para cobrar esa deuda.
Porque la guerra grande, la de verdad, la que pide Coinneach, se los lleva a esos. A los que aún respiran.
Se hizo una quietud distinta en la explanada. Lo vi calar, despacio, en las caras. Coinneach abrió la boca para protestar y no le salió nada, porque seguramente pensó en algún crío de su casa, como pensamos todos cuando alguien nos pone delante de los narices lo que de verdad nos jugamos.
—Mi mujer está embarazada —dijo de pronto uno de los hombres de Lachlann, un guerrero callado que no había hablado en toda la mañana—.
De nuestro tercero. Los otros dos murieron de fiebres.
Este es el único que nos queda por nacer.
—Miró a Coinneach, no a los MacLeod—. Yo no quiero ir a la guerra grande, Coinneach. Yo quiero ver nacer a ese.
Y ese fue el giro. Porque cuando un hombre del propio bando dice en voz alta lo que la mitad piensa y no se atreve, los halcones pierden su fuerza, que viven de hablar por todos. Coinneach se quedó solo con su rabia, y una rabia sola, sin coro, se desinfla.
No firmamos la paz aquella mañana tampoco.
Pero sí salió la primera cosa concreta en cuatro generaciones.
Lachlann y Alasdair acordaron, con el palo pasando de mano en mano y los hombres de testigos, tres cosas pequeñas y enormes: devolver cada bando los cuerpos de los muertos del otro que aún tuvieran sin enterrar, para que ninguna madre más pasara lo de la de Niall; respetar de nuevo el cruce de paz como terreno de tregua, donde se comerciara y se llorara sin sangre; y parar los robos de ganado y las incursiones mientras siguieran hablando.
Una tregua, pequeña, frágil, condicionada a seguir viéndose.
No era la paz. Pero era lo más cerca que habían estado de ella desde antes de que ninguno de los dos viejos naciera.
Volvimos al castillo, y esta vez Alasdair no cabalgó callado. A mitad de camino acercó su caballo al mío.
—Lo de contar a los vivos en lugar de a los muertos —dijo—. ¿Eso también te lo enseñaron en tu mundo?
—Eso lo aprendí yo sola, hace mucho, en consulta.
La gente que más sufre casi siempre es la que solo sabe mirar hacia atrás, contando lo que ha perdido.
Sanar es empezar a contar lo que todavía se tiene.
Sirve para una viuda, para un huérfano y, por lo visto, para dos clanes que llevan un siglo matándose.
—Lo miré de reojo—. Los humanos somos más parecidos de lo que nos gusta pensar, en mi siglo y en el tuyo.
Pero no todo era para celebrar, y los dos lo sabíamos.
Porque al separarnos en el cruce, había visto a Coinneach apartarse con tres o cuatro de los más jóvenes y rabiosos del bando Drummond, hablando bajo, mirando hacia atrás con la cara torcida de quien no acepta lo que acaba de pasar.
Y esa imagen la conocía demasiado bien. Era la misma que había visto en el establo viejo, la noche que seguí a Eachann.
—Alasdair —dije, cuando ya veíamos las murallas del castillo—. Lachlann también tiene a su Eachann. Se llama Coinneach. Y no le ha gustado nada lo de hoy.
Alasdair siguió la dirección de mi mirada, hacia el este, hacia las tierras Drummond donde un muchacho rabioso volvía a casa sin su guerra.
—Lo sé —dijo—. Lo he visto. —Apretó las riendas—. La rueda no se para tan fácil, Esther. Siempre hay alguien que quiere darle otra vuelta.