Como salvar a un highlander CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La semana entre la primera sesión y la segunda fue rara para todos.

El clan no sabía qué pensar. Una parte miraba a Alasdair con un respeto nuevo, porque había hecho algo que ningún MacLeod había hecho jamás, sentarse a hablar con un Drummond y volver vivo y sin guerra.

Otra parte seguía recelando, convencida de que hablar con el enemigo era cosa de débiles o de embrujados, y esa parte me miraba a mí de reojo, porque para ellos la idea había salido de mí.

Pero ya no había Eachann que encendiera ese recelo, y un recelo sin nadie que lo sople se va apagando solo, así que la cosa se aguantaba.

Beathag, por su parte, había decidido que aquello era lo más sensato que había oído en su vida, y lo defendía en la cocina con un cucharón en la mano que daba más miedo que cualquier argumento.

—Cuarenta años enterrando críos —le soltó a una mujer que torcía el morro—. Si la sabia ha traído del sitio del que venga una manera de que dejen de morirse, yo me arrodillo y le beso el palo ese que llevaba. Hablar es de débiles, dices. Pues mira los fuertes cómo han dejado el cementerio.

Esa semana Alasdair y yo nos volvimos inseparables sin habernos puesto de acuerdo.

Preparábamos la segunda sesión juntos, repasábamos qué había funcionado y qué casi nos cuesta la vida, hablábamos de Lachlann, de Coinneach el rabioso, de cómo manejar a los halcones de los dos bandos.

Pero por debajo del trabajo había otra cosa, una corriente que nos llevaba a buscarnos por los pasillos, a quedarnos solos cuando podíamos, a rozarnos las manos al pasarnos un papel y dejarlas ahí un momento más de la cuenta.

El castillo entero lo sabía y nos lo perdonaba, porque un señor enamorado por primera vez da más ternura que escándalo.

Lo que no le contaba a nadie, lo que me guardaba incluso para mí en lo posible, era que cada día que pasaba con él me pesaba más el pozo.

Porque seguía allí. Mudo, vacío, en el huerto, debajo de las matas.

Y yo no había dejado de bajar de vez en cuando, a escondidas, a mirarlo, a tocarle las paredes, a esperar que el aire cambiara.

No cambiaba nunca. Pero el hecho de que pudiera cambiar, cualquier noche, sin avisar, igual que se abrió la primera vez, me tenía el corazón partido en dos sitios.

Quería a Marta. Quería el agua caliente, mi vida, mi siglo, todo lo que había dejado al otro lado.

Y estaba aprendiendo a querer a un hombre torpe y enorme que se ruborizaba bajo la barba cada vez que lo miraba.

Una noche, la víspera de la segunda sesión, se lo dije. Estábamos en su cuarto, repasando por enésima vez cómo abordar a Lachlann, y se me escapó.

—Tengo miedo de irme, Alasdair.

Levantó la vista del papel.

—¿De irte?

—Del pozo. De que se abra. Bajo a mirarlo, ¿sabes?

Casi cada semana. No te lo había dicho. Y cada vez que bajo me da pánico que se abra, y me da pánico que no se abra, las dos cosas a la vez, y no sé qué voy a hacer si algún día se abre de verdad.

Tengo una hermana al otro lado que me está buscando y no me encuentra.

Tengo una vida entera. Y te tengo a ti, que estás aquí, y que no puedes venir conmigo, ni yo sé si puedo quedarme.

—Se me quebró la voz—. No sé querer a dos sitios a la vez. No me enseñaron.

Alasdair dejó el papel. Se levantó, vino hasta donde yo estaba, y me cogió la cara con las dos manos, esas manos que partían hombres y que conmigo se volvían cuidadosas hasta lo absurdo.

—No sé si puedo pedirte que te quedes —dijo, despacio—.

Sería pedirte que renunciaras a tu hermana, a tu mundo…

y a un lugar donde dices que nadie casa a las crías con viudos.

¿Con qué cara te pido yo eso, para traerte a un castillo lleno de humo y de guerra?

No tengo derecho. —Tragó—. Pero tampoco sé soltarte.

Llevo muchos años sin tener nada que perder, y ahora te tengo a ti, y la idea de bajar un día al huerto y encontrarme el pozo vacío y a ti del otro lado del tiempo me da miedo.

—Pues estamos los dos igual de aterrados.

—Igual.

Nos quedamos así un momento, frente con frente, y entonces pasó lo que llevaba semanas a punto de pasar y que la guerra, el pozo y todo lo demás había ido aplazando.

No sé muy bien quién dio el primer paso.

Creo que ninguno o quizás lo dimos a la vez, hartos los dos de tener miedo de lo que igual nunca llegaba.

Lo besé despacio. No como en la muralla, no un beso de alivio después de una batalla, sino uno que empezaba y no tenía intención de terminar, uno con tiempo por delante.

Le subí las manos a la cara, le encontré la barba, la cicatriz de la frente que yo misma le había curado, y noté el momento exacto en que él dejó de contenerse, el instante en que aquel hombre acostumbrado a sujetarlo todo soltó las amarras.

Me rodeó con un brazo y me atrajo contra él con un cuidado que desmentía su tamaño, como si todavía tuviera miedo de romperme y a la vez no pudiera dejar de buscarme.

—Si esto que vamos a hacer es una mala idea —murmuró, con la boca pegada a la mía—, dímelo ahora, Esther. Porque dentro de un momento no voy a tener cabeza para que me lo digas.

—Es una idea malísima —contesté—. Cállate grandullón.

Se calló.

Le solté el nudo del hombro, despacio, y él me sostuvo la mirada mientras yo lo hacía, sin prisa ninguno de los dos, alargando cada gesto porque cada gesto era un sitio al que ya no íbamos a poder volver.

Me deshizo los lazos de la ropa de Beathag uno a uno, con esos dedos enormes que partían hombres y que conmigo se volvían torpes y lentos, peleándose con cada nudo y maldiciéndolos por lo bajo, y a mí se me escapó la risa entre los besos, y a él también, hasta que dejamos los dos de reírnos a la vez, porque la ropa empezó a sobrar de verdad y la guasa se nos fue por otro lado.

Lo que vino después fue lento, mucho más lento de lo que yo esperaba de un hombre así, y ahí estuvo lo que me desarmó.

Alasdair me descubrió como quien lee algo despacio para no perderse una palabra, deteniéndose, aprendiendo, preguntando con las manos lo que no sabía preguntar con la boca.

Le conté con los dedos las cicatrices en la penumbra, una a una, la del antebrazo que tanto le había mirado fingiendo que era interés clínico, las de las batallas que no me había contado, la del costado, la de la cadera.

Cada una tenía una historia y él me dejó recorrerlas todas sin apartarse, ofreciéndome el cuerpo entero igual que me había ofrecido por fin lo de dentro, sin coraza.

—Mírame —le pedí en un momento, porque cerraba los ojos, porque le costaba sostener tanta cosa de golpe.

Me miró. Y lo que había en aquella mirada, deseo, miedo y hambre de algo que no se atrevía a nombrar, fue más íntimo que ninguna de las cosas que hicimos esa noche. Un hombre que se había pasado la vida sin dejar que nadie se le acercara, dejándome entrar del todo, mirándome mientras lo hacía.

No fue elegante. Ninguna de las cosas importantes que me han pasado en aquel siglo lo ha sido.

Hubo torpezas, y risas a destiempo, y un momento en que el catre crujió de una manera alarmante y los dos nos quedamos quietos conteniendo la carcajada como dos críos.

Pero entre las torpezas y las risas hubo también una intensidad que me dejó sin aire, la de dos personas que llevaban demasiado tiempo aguantando la respiración y que por fin se permitían soltarla a la vez.

Yo, que me había pasado la vida escuchando a los demás romperse y sosteniéndome entera por encima de todo, me dejé deshacer por una vez, en el buen sentido, en las manos de un hombre que me sostenía como si yo fuera lo único que le importaba sostener en el mundo. Que a esas alturas, lo era.

Después, cuando ya estábamos los dos quietos y la respiración había vuelto a su sitio, me quedé con la cabeza en su pecho, oyéndole el corazón, que latía despacio y tranquilo.

—Esther.

—¿Qué?

—Si el pozo se abre —dijo, en voz baja, hablándole al techo—, no quiero que te quedes por mí.

No quiero ser yo el motivo de que renuncies a tu hermana y a tu mundo.

—Me apretó un poco más contra él, desmintiendo cada palabra que decía—.

Pero quiero que sepas que esta noche, esto, ha pasado de verdad.

Que pase lo que pase con el pozo, hubo una noche en que un MacLeod y una mujer caída del futuro fueron felices en un castillo lleno de humo.

Y eso ya no se lo lleva ningún agujero. Ni el tiempo. Eso ya es nuestro.

No le contesté, porque tenía un nudo en la garganta y porque algunas cosas no se contestan con palabras.

Me limité a apretarme contra él y a quedarme escuchándole el corazón hasta que se durmió, mientras pensaba que a la mañana siguiente teníamos una guerra que seguir parando, una sesión que dar, y que en aquel momento, con la cabeza en el pecho de aquel hombre, nada de eso me importaba lo más mínimo.

Por la mañana habría que volver a tener miedo de todo. Pero la noche, aquella noche, fue solo nuestra, y nadie, ni Marta, ni Lachlann, ni el pozo, ni los doscientos ochenta años que nos separaban, pudo quitárnosla.