EPÍLOGO
Tres años después
La jornada de la cosecha en el cruce es, sin discusión, mi día favorito del año, y eso que en mi otra vida tuve cosas como la Navidad, los cumpleaños y los puentes de mayo.
Es la idea que se le ocurrió a Lachlann aquel otoño, y resultó ser la mejor de todas.
Una vez al año, después de recoger la cosecha, los dos clanes se juntan en el cruce de paz, en el mismo sitio donde durante cuatro generaciones se degollaron, y montan una fiesta de las que dejan resaca para una semana.
Hay comida hasta que sobra, que en estas tierras es la mayor muestra de prosperidad posible.
Hay música, gaitas, baile en círculo, ese baile traicionero que cambia de dirección sin avisar y que sigo sin saber bailar, aunque ya nadie me echa del corro porque me he ganado el derecho a estrellarme con dignidad.
Y hay críos. Críos MacLeod y críos Drummond corriendo juntos entre las piernas de los mayores, peleándose por una pelota de trapo, sin tener ni idea de que sus abuelos se habrían matado por mucho menos.
Mi hija es uno de esos críos.
Se llama Marta, como mi hermana, porque al final Alasdair me dejó elegir y yo quise traerme al siglo dieciocho lo único de mi mundo que podía traerme, que era un nombre.
Tiene tres años, el tamaño que promete ser una montaña como su padre, la cabezonería que su padre jura que ha heredado de mí, y una manera de mirar a la gente, fija y demasiado seria para su edad, que a Beathag le da escalofríos.
"Esta mira como tú, niña", me dice. "Esta va a saber lo que la gente lleva dentro antes de que lo sepan ellos.
Que Dios nos coja confesados, otra sabia en la familia.
" Yo no le digo nada, pero por dentro me alegro, porque si algo le voy a dejar a esta cría además de un valle en paz, es saber escuchar, que es lo único que de verdad sirve, lo aprendí en dos siglos distintos.
A Alasdair como padre habría que verlo para creerlo.
El hombre que contaba muertos por las noches, el que mató a su padre a los diecisiete y se pasó veinte años convencido de que era solo una máquina de matar, ahora se pasa las tardes a cuatro patas por el suelo de la sala haciendo de caballo para una cría de tres años que le tira de la barba sin piedad.
La primera vez que lo vi así, jugando, riéndose a carcajadas enteras, lloré a escondidas en la cocina, y Beathag, que me pilló, no dijo nada, solo me pasó un paño y siguió a lo suyo.
El valle sigue en paz. No una paz perfecta, que esas no existen ni en mi siglo ni en este.
Hay roces, discusiones por fronteras, algún listo que de vez en cuando insinúa que en sus tiempos las cosas se arreglaban con acero.
Pero la rueda no ha vuelto a girar. El muerto de Cnoc Ban siguió siendo el último que se enterró sin venganza, y aquel pastor viejo, el del brazo herido que eligió a su nieto vivo por encima de su vecino muerto, murió el invierno pasado de viejo, en su cama, rodeado de los suyos, que es como debería morirse la gente y como casi nadie se moría por aquí.
Niall acabó casándose con una MacLeod, para escándalo y alegría de las dos orillas, y Tam y Domhnall fueron a la boda y se emborracharon juntos como si llevaran toda la vida siendo de la familia, que a estas alturas casi lo son.
Lachlann y Alasdair se ven a menudo, ya no de jefe a jefe sino casi de hermanos, dos cabezotas que se sientan a beber y a discutir de fronteras y de nietos, y que de vez en cuando, cuando creen que no los oye nadie, se acuerdan de los hijos que enterraron y se quedan callados un rato, juntos, que es la única manera buena de acordarse de los muertos: acompañado.
Del pozo, poco que contar, que es lo mejor que se puede contar de un pozo.
No se ha vuelto a abrir. Bajo a verlo de vez en cuando, no muchas, y ya no le hablo pidiéndole nada, porque no necesito nada de él.
Me siento un rato en el brocal, pienso en mi hermana y en mis padres, y en si la carta llegó a alguna parte o se la tragó el tiempo sin más.
No lo sabré nunca, y he hecho las paces con no saberlo.
A veces me imagino a Fiona encontrando un papel viejo en el fondo de un pozo seco del jardín de un hotel rural y llamando a la policía sin entender nada.
A veces me imagino a Marta recibiéndolo de una manera imposible que no me molesto en concretar.
Y a veces, simplemente, me imagino que no llegó, y que mi familia me lloró como a una desaparecida en un lago escocés, y que con el tiempo aprendieron a vivir con el hueco, como aprende la gente.
Las tres cosas me duelen y las tres las llevo bien, porque elegí esto sabiendo lo que dejaba, y no hay día en que me arrepienta.
Sigo siendo la sabia del clan, aunque ahora el título me lo he ganado del todo y ya nadie lo dice con miedo.
La gente viene a verme con sus penas, sus duelos, sus matrimonios que hacen agua, sus hijos que no hablan, sus miedos que no saben nombrar.
Y yo los escucho, como los escuchaba en una consulta de Madrid con un seguro de responsabilidad civil y una caja de pañuelos, solo que ahora lo hago en una sala de piedra que huele a humo, con una cría tirándome de la falda y un caldo de Beathag enfriándose en la mesa.
No tengo título colgado en la pared. No tengo colegiación.
Pero hago más bien aquí, en este valle perdido del siglo dieciocho, del que hice nunca en mi otra vida.
Resulta que para lo que de verdad valía yo no hacía falta nada de lo que dejé atrás.
Hacía falta solo sentarme, callarme, y escuchar.
Esta tarde, en el cruce, mientras los dos clanes bailaban y mi hija perseguía a un crío Drummond entre las mesas, Alasdair se acercó por detrás, me pasó un brazo por encima y miramos juntos aquello que habíamos ayudado a construir.
Dos clanes que se mataban, comiendo de la misma olla.
Sus críos creciendo sin saber que un día fueron enemigos.
—Cuando caíste en mi pozo —me dijo, repitiendo lo de siempre, que ya es casi un chiste entre los dos— pensé que me había caído una espía.
—Y te cayó la paz —terminé yo.
—Me cayó mucho más que la paz. —Me besó en el pelo—. Me caíste tú.
Y mientras lo decía, Marta, mi hija, la del siglo dieciocho con nombre del veintiuno, se estrelló contra una mesa, se levantó sin llorar, se sacudió la falda con una dignidad idéntica a la mía, y volvió a correr.
Y yo pensé que el universo, que tantos años me había tenido ganas, al final, sin querer, me había hecho el mejor regalo de mi vida tirándome por un agujero.
Fin.