Como salvar a un highlander CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La oportunidad llegó tres días después, atada de pies y manos y con cara de no haber cumplido los veinte.

Una patrulla de Alasdair pilló a un Drummond merodeando cerca del vado, a este lado, donde no tenía nada que hacer salvo espiar.

Lo trajeron al castillo a empujones, magullado pero entero, y lo metieron en la misma celda en la que yo había pasado mis primeros cuatro días, lo cual me dio una punzada de solidaridad que el chaval no se merecía ni sabía que existía.

El clan lo recibió con una alegría fea. Un Drummond.

Por fin alguien a quien hacerle pagar lo del cruce, los dos hombres degollados, los muertos del verano, la rueda entera.

Antes de que el muchacho llevara una hora en la celda, ya había media docena de hombres pidiéndole a Alasdair la cabeza, y no en sentido figurado.

—Es lo justo, señor —dijo uno de los padres del cruce—. Ojo por ojo. Ellos degollaron a los nuestros desarmados. Que vean lo que se siente.

Y aquí Alasdair hizo lo que tres meses atrás no habría hecho. No accedió, pero tampoco se negó de golpe, que habría sido darle a Eachann la razón desde la tumba. Lo que hizo fue ganar tiempo.

—El muerto no habla —dijo—. Y este, vivo, sabe cosas.

Cuántos hombres juntan, dónde, cuándo piensan moverse.

Antes de cobrarnos su cabeza, le sacamos lo que sabe.

Después ya veremos. —Miró a los hombres uno a uno—.

¿O preferís una venganza pequeña hoy y una emboscada grande dentro de un mes por no haber preguntado a tiempo?

Eso los calló. Y a mí me dejó la puerta abierta, porque "sacarle lo que sabe" en boca de aquellos hombres quería decir el pilón y cosas peores, pero en la mía quería decir otra cosa. Lo cogí a Alasdair por banda esa misma tarde.

—Déjame hablar con él antes que nadie. A mi manera. Sin tocarlo.

—Esther.

—Tú dame una hora. Si le metéis la cabeza en el agua, lo único que sacaréis es lo que él crea que queréis oír, que para eso sirve la tortura, para que la gente te diga lo que sea con tal de que pares.

Si me dejas a mí, te saco lo que sabe de verdad.

Y a lo mejor algo más. —Le sostuve la mirada—.

Confía en mí. Como confiaste con el crío de Una.

Me dio la hora.

El muchacho se llamaba Niall, y cuando entré en la celda con un cuenco de caldo caliente en lugar de con una espada, me miró como se mira a una loca.

Estaba acurrucado en la paja, en el rincón, con un ojo morado y la barbilla alta de quien ha decidido morir con dignidad porque da por hecho que va a morir.

Conocía esa postura. La había tenido yo en aquel mismo rincón.

—Toma —le dije, dejándole el caldo a un palmo, sin acercarme más—. Está caliente. Te sentará bien.

—No quiero nada de vosotros. —Apartó el cuenco de un manotazo, derramándolo—. Matadme y acabad. No os voy a decir nada.

—No he venido a sacarte nada. —Me senté en la paja, a distancia, igual que me senté con Tam—. He venido a sentarme un rato. Soy Esther. La gente de aquí me llama la sabia, aunque eso es mucho decir. ¿Cuántos años tienes, Niall?

No contestó. Pero me miró distinto, porque nadie que viene a torturarte te pregunta la edad.

—Diecinueve —dijo al rato, a regañadientes.

—Diecinueve. —Asentí—. ¿Y qué hacías tú solo a este lado del vado, con diecinueve años, sabiendo lo que te iba a pasar si te pillaban? Porque espía no eres. Un espía no se deja coger merodeando a plena luz. Tú no estabas espiando. Tú estabas buscando algo. O a alguien.

Se le rompió la cara. Solo un momento, pero se le rompió, y supe que había acertado.

—A mi hermano —dijo, con la voz tomada—.

Mi hermano cayó en el golpe del cruce. Del vuestro, el de la respuesta.

No volvió. No sabemos dónde quedó el cuerpo.

Mi madre no come desde entonces, porque dice que no puede enterrar a un hijo que no tiene.

Vine a buscarlo. A buscar dónde lo dejasteis, para llevárselo a mi madre.

Eso es todo. Matadme por eso, si queréis. Pero era mi hermano.

Y ahí estaba. Exactamente lo que le había dicho a Alasdair en la muralla.

Debajo de cada Drummond que veníamos a odiar había un muerto nuestro, igual que debajo de cada rabia nuestra había un muerto suyo.

El chaval no había venido a hacer la guerra.

Había venido a por el cuerpo de su hermano, para que su madre pudiera comer.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté, bajito—. Tu hermano.

—Artair.

—Artair. —Lo guardé—. Voy a intentar averiguar dónde quedó Artair, Niall.

Te lo prometo. No porque me lo mandes ni porque me lo saques, sino porque ninguna madre debería pasar la vida sin poder enterrar a su hijo, ni la tuya ni la de nadie de este castillo, que aquí también hay madres así, ¿sabes?

Unas cuantas. Por culpa vuestra y por culpa nuestra, a partes iguales.

Hablamos casi dos horas, no la una que me había dado Alasdair.

Y en esas dos horas, sin pilón ni amenazas, el muchacho me contó más de lo que le habrían sacado diez ahogamientos.

Que los Drummond juntaban hombres, sí, pero por miedo, porque después del recado del cruce esperaban una respuesta MacLeod a lo grande y querían estar listos para defenderse, no para atacar.

Que su jefe, Lachlann Drummond, había perdido a su hijo mayor en una de las últimas refriegas y andaba como ido, dando órdenes que no creía, empujado por sus propios hombres rabiosos igual que Alasdair lo había estado por Eachann.

Que en el lado Drummond había también familias enteras hartas de enterrar a los suyos, viudas, huérfanos, una aldea que ya no recordaba un solo verano sin un funeral.

El mismo dolor. El mismo miedo. La misma rueda, vista desde el otro lado del vado.

Salí de aquella celda y fui derecha a buscar a Alasdair, que me esperaba con cara de pocos amigos porque me había pasado una hora del plazo.

—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué te ha contado el espía?

—No es un espía. Es un crío que cruzó el vado para buscar el cuerpo de su hermano muerto, porque su madre no come desde que lo perdió.

—Lo solté de golpe, y le vi cambiar la cara—.

Y me ha contado lo que llevo diciéndote semanas, solo que ahora con nombres.

Los Drummond juntan hombres por miedo a vosotros, no para atacar.

Su jefe, Lachlann, acaba de enterrar a su hijo mayor y manda como mandabas tú antes de pararte a pensar, empujado por los suyos.

Tienen viudas, huérfanos, gente harta de morir.

Son vosotros, Alasdair. Exactamente vosotros, al otro lado del agua.

Se quedó callado, asimilándolo, y vi cómo encajaba aquello con todo lo que yo le había dicho en la muralla.

—Y hay más —seguí, porque ahora venía lo importante—.

Tienes en una celda al mensajero perfecto.

Un Drummond joven, vivo, al que tus hombres quieren colgar.

Devuélvelo. Entero, sin un rasguño más de los que ya trae, con el cuerpo de su hermano si conseguimos encontrarlo, y con un mensaje para Lachlann Drummond.

Ningún recado escrito en sangre. Un Drummond vivo, devuelto por el señor MacLeod cuando podía haberlo colgado, diciéndole a su jefe que el de este lado del vado también está harto de enterrar a sus hijos, y que quiere hablar antes que pelear.

—Respiré—. Eso, Lachlann no se lo puede tragar como una trampa.

Porque podías habérnoslo quedado muerto, y lo devuelves vivo. Ese gesto vale más que cien embajadas.

Alasdair me miró largo, y en su cara fue creciendo algo que no me atreví a llamar esperanza, porque en aquel siglo la esperanza se gastaba poco.

—Devolver a un Drummond vivo —dijo, despacio—. Mis hombres van a pensar que he perdido la cabeza. Otra vez.

—Tus hombres van a pensar lo que tú les enseñes a pensar.

Acaban de verte hacer justicia sin colgar a nadie.

Enséñales esto también. —Le toqué el brazo—.

No estoy diciendo que la guerra esté ganada, Alasdair.

Estoy diciendo que por una vez, en lugar de devolver un cuerpo, podemos devolver a un hijo vivo. Y ver qué nos devuelven ellos.

No me dijo que sí esa tarde. Pero esa noche bajó él mismo a la celda, solo, y se sentó a hablar con el muchacho que sus hombres querían colgar.

No sé qué se dijeron, porque eso fue entre ellos.

Pero a la mañana siguiente Alasdair mandó que le curaran el ojo a Niall, que le dieran de comer caliente, y que dos de sus hombres más leales se prepararan para una misión rara: averiguar dónde había quedado el cuerpo de un tal Artair Drummond, recuperarlo con respeto, y devolverlo al otro lado del vado junto con su hermano vivo.

Y con un mensaje que íbamos a tener que pensar muy bien entre los dos, porque de cómo estuvieran escritas aquellas palabras dependía que parásemos una guerra o que nos la echásemos encima entera.