CAPÍTULO 27
Tardamos una tarde entera en escribir un mensaje de cuatro líneas, porque las cuatro líneas tenían que parar una guerra.
Nos encerramos en la sala de las cuentas, Alasdair, yo y un escribano viejo del clan, el único que sabía poner letras, y allí descubrí que redactar para un enemigo de cuatro generaciones es lo más difícil que he hecho en mi vida, y mira que he escrito informes para jueces.
—Pon que si nos atacan, los aplastaremos —fue la primera propuesta de Alasdair.
—No vas a empezar una carta de paz amenazando con aplastarlos, hombre de Dios.
—Es que es verdad.
—Será verdad, pero si la primera línea es una amenaza, Lachlann tira el mensaje al fuego sin leer la segunda.
—Le quité la pluma al escribano, que no entendía nada—.
A ver. El mensaje tiene que decirle tres cosas a Lachlann Drummond, en este orden.
Una: que podíamos haberle devuelto a su hombre muerto, como hicisteis vosotros en el cruce, y que en lugar de eso le devolvemos a un hijo vivo y el cuerpo de otro con honor.
Eso es fuerza, no debilidad. Solo el que es fuerte se permite devolver vivo a un enemigo.
Dos: que el señor MacLeod está cansado de enterrar a sus muertos, igual que sabemos que él está cansado de enterrar a los suyos.
Eso es verdad y él lo sabe. Y tres: una propuesta concreta.
Un sitio, unas condiciones y una fecha. Sentarse a hablar antes de seguir matándose.
Sin trampas, hombres contados por los dos lados.
Alasdair me miró como me miraba cuando yo decía cosas que le sonaban a brujería del otro mundo.
—Hablas de un enemigo como hablas de tus enfermos.
—Es que es lo mismo, Alasdair. Un enemigo es un enfermo que todavía no se ha sentado en la silla. La única diferencia es que a este, si lo hago mal, no habla mal de mí, me manda cuatrocientos hombres.
El mensaje final lo escribió el escribano con su letra temblona, y decía, más o menos, que el señor de los MacLeod devolvía a Niall Drummond vivo y el cuerpo de su hermano Artair con el respeto debido, pudiendo no haberlo hecho; que el señor MacLeod había enterrado a demasiados de los suyos y suponía que el señor Drummond también; y que, antes de que los dos clanes se vaciaran de hijos por una cuenta que ya nadie recordaba cómo había empezado, el señor MacLeod proponía sentarse a hablar, en terreno neutral, con el mismo número de hombres por bando, para ver si quedaba otra cosa que hacer aparte de morir.
Mientras se redactaba el mensaje, dos hombres de Alasdair habían encontrado el cuerpo de Artair Drummond donde había quedado tras el golpe del cruce, medio enterrado por sus propios compañeros con las prisas de la huida.
Lo recuperaron, lo limpiaron, lo envolvieron en una tela buena, y lo trataron con un cuidado que a los Drummond se les iba a quedar grabado, porque a un enemigo no se le tratan así los muertos salvo que se quiera decir algo con ello.
El día que enviamos a Niall, bajé a la celda a despedirme, aunque "despedirme" de un Drummond fuera una rareza más en mi lista de rarezas.
—Te vas a casa —le dije—. Vivo, y con tu hermano. Tu madre va a poder enterrarlo. Vais a poder comer los dos esta noche.
El muchacho me miró sin creérselo del todo, porque le costaba entender por qué la gente que podía colgarlo lo devolvía vivo.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué me devolvéis?
—Porque alguien tiene que dejar de devolver cuerpos y empezar a devolver gente —le dije—.
Y porque tú, cuando llegues a tu casa, le vas a contar a tu jefe lo que has visto aquí.
Que aquí también hay madres que no comen.
Que el señor MacLeod podía haberte matado y no lo hizo.
Cuéntaselo, Niall. No por nosotros. Por tu hermano pequeño, si lo tienes, para que no acabe en una tela como Artair dentro de dos años.
—Tengo dos hermanos pequeños —dijo, en voz baja.
—Pues por ellos.
Lo escoltaron hasta el vado y allí lo soltaron solo, con el cuerpo de su hermano en una angarilla y el mensaje cosido en el forro de la ropa, para que cruzara él mismo a su tierra sin hombres MacLeod pisándola, que eso habría sido buscar problemas.
Lo vimos alejarse desde la loma, una figura pequeña tirando de una angarilla por el vado, hacia un lado del agua donde no sabíamos si lo recibirían como a un hijo recuperado o como a un traidor que volvía vivo de la guarida del enemigo.
Porque eso también lo habíamos hablado, Alasdair y yo, a las tantas de la noche: que devolver vivo a un hombre de un clan en guerra podía costarle a ese hombre que los suyos lo miraran con sospecha el resto de su vida.
Le habíamos cargado a Niall, sin pedirle permiso, el peso de ser el primer puente entre dos orillas que llevaban un siglo sin tocarse.
Y luego vino lo peor, que fue esperar.
Los días siguientes fueron una tortura lenta.
El clan supo que Alasdair había devuelto con vida a un Drummond, y reaccionó tal como él temía.
Hubo murmullos. Un hombre le preguntó a la cara si había perdido el juicio.
Otros dijeron que se estaba ablandando, que la sabia le sorbía el seso, que ya no era el mismo.
Alasdair lo aguantó todo de pie, sin dar demasiadas explicaciones. Explicarse habría sido parecer débil. Y un señor que apuesta una guerra a una sola carta no puede permitirse parecer que duda, aunque por dentro se esté muriendo de dudas.
—Si Lachlann no contesta, o contesta con la cabeza de Niall clavada en una pica —me dijo una noche, en la muralla—, habré devuelto a un enemigo vivo, habré insultado a mi clan, y habré empezado la guerra que quería evitar, pero en peor posición.
Y la culpa va a ser mía. No tuya. Mía. Yo soy el que ha apostado.
—Yo soy la que te metió la idea en la cabeza.
—La idea me la metiste tú. La decisión la tomé yo. —Me miró—. Si sale mal, no quiero que cargues con eso, Esther. Bastante cargas con tener dos casas. Esta apuesta es mía.
Beathag, que no sabía los detalles, pero olía la angustia, me ponía caldo doble y no decía gran cosa, que en ella era la mayor muestra de preocupación posible. Una tarde, removiendo el puchero, soltó sin mirarme:
—Sea lo que sea lo que estáis tramando el señor y tú, niña, que salga bien. Llevo cuarenta años viendo a esta gente enterrar a sus hijos. Si tú has traído del sitio del que vengas alguna manera de que dejen de hacerlo, aunque sea una locura, que salga bien.
No salió ni bien ni mal durante seis días.
Salió silencio, que es lo que más desgasta.
Seis días sin una palabra del otro lado del vado, seis días imaginándonos a Niall colgado, el mensaje quemado, los Drummond cabalgando ya hacia nosotros con una rabia nueva.
Seis días en que Alasdair durmió menos que nunca y yo me senté con él en la muralla todas las noches sin decir gran cosa, solo para que no esperara solo.
Al séptimo día, al amanecer, sonó el cuerno del vado.
Bajamos todos a la muralla. Y por el camino del este, a este lado del agua, avanzaba un solo jinete Drummond, desarmado, con una rama verde en alto, que en aquellas tierras era la señal más vieja del mundo para decir "vengo a hablar, no a matar".
Se detuvo a distancia prudente de la muralla, gritó que traía recado del señor Lachlann Drummond para el señor MacLeod, y esperó.
Alasdair bajó a recibirlo él mismo, con dos hombres, y yo lo vi desde arriba coger el mensaje, leerlo despacio, y quedarse un momento mirándolo sin moverse antes de volver la cara hacia donde yo estaba.
Subió a la muralla con el papel en la mano y una expresión que no supe leer, lo cual en él, que era un libro abierto para mí, ya decía mucho.
—Acepta —dijo—. Lachlann acepta sentarse a hablar.
—Tragó—. Pero pone sus condiciones. En el cruce de paz.
El mismo sitio donde sus hombres degollaron a los míos.
Diez hombres por bando, no más. Y dice una última cosa.
—Me tendió el papel, aunque yo no sabía leer su letra—.
Dice que viene a escuchar, no a perdonar.
Y que si huele una sola trampa, será él quien empiece la guerra grande allí mismo, sobre la sangre de sus propios muertos.
Nos quedamos los dos en la muralla con aquel papel entre las manos. La locura estaba en marcha. Los dos jefes iban a sentarse a hablar por primera vez en cuatro generaciones, en el peor sitio posible, cada uno con diez hombres y un siglo de muertos a la espalda.
—En el cruce —murmuré—. Tenía que elegir el cruce.
—Es listo —dijo Alasdair—. Elige el sitio donde más nos odiamos. Para ver si somos capaces de hablar justo ahí. Si lo somos ahí, lo somos en cualquier sitio. Y si no… —No terminó la frase. No hacía falta.