CAPÍTULO 25
El castillo entero se enteró de lo de Alasdair y yo.
No habíamos hecho nada. Un beso en una muralla a oscuras, un abrazo largo, dos conversaciones imposibles.
Pero a la mañana siguiente Beathag me sirvió las gachas con una sonrisa de oreja a oreja que no se molestó en disimular, el herrero me saludó con una reverencia que antes no me hacía, y dos mujeres del lavadero se callaron de golpe cuando pasé y luego soltaron una risita que no dejaba lugar a dudas.
Alasdair, por su parte, había desarrollado una incapacidad nueva para mirarme a los ojos delante de la gente y una tendencia a ponerse colorado bajo la barba que en un hombre de su tamaño resultaba directamente cómica.
—No mires así, criatura —me dijo Beathag esa mañana, cuando me descubrió mirándolo cruzar el patio—. Que se te cae la baba en las gachas.
—No se me cae nada.
—Toda una vida llevo en esta casa y nunca había visto al señor ruborizarse.
Y mira tú por dónde, llega una de un pozo y lo pone como un tomate con solo entrar en la sala.
—Removió el caldero—. Disfrútalo, niña. Pero ándate con cuidado.
Que ese hombre lleva la vida entera sin tener nada que perder, y ahora tiene algo, y los hombres así dan miedo cuando creen que les van a quitar lo que quieren.
No le dije que tenía más razón de la que sabía, porque Beathag no sabía lo del pozo ni lo del tiempo, y la idea de que a Alasdair podían quitarle lo que quería no era ninguna metáfora.
Lo podía perder de verdad, si el pozo se abría.
Pero esa mañana preferí no pensarlo, que bastante había pensado la noche anterior, y me dejé llevar un rato por la cosa absurda y maravillosa de gustarle a alguien y que se le notara.
La cosa absurda y maravillosa duró tres días. La rompió, como casi todo, la guerra.
Llegó un jinete del puesto del este con noticias, y las noticias eran que los Drummond se movían.
No atacaban, no todavía, pero juntaban hombres, reforzaban su lado del vado, y habían mandado recado a los clanes menores que les debían favores.
Se preparaban para algo grande. Y aunque nosotros sabíamos lo que ellos no sabían, que la matanza del valle bajo no había llegado a pasar, los Drummond seguían contando sus propios muertos del verano y reclamando su propia venganza, porque la rueda no había dejado de girar solo porque Eachann hubiera muerto.
La rueda no necesitaba a Eachann. Se movía sola desde hacía cuatro generaciones.
Alasdair reunió el consejo, y esta vez me senté dentro, en un banco, con derecho a estar, que ya era un cambio.
Los hombres hablaron de reforzar el vado, de adelantarse, de buscar aliados, de las mismas cosas de siempre con las que llevaban un siglo enterrándose.
Y yo escuché, como siempre, y oí debajo de todo aquello lo mismo que había oído la noche que murieron los del cruce, lo que llevaba meses oyendo y callándome porque no era el momento.
Esa noche, en la muralla, decidí que ya sí era el momento.
—Te voy a decir una cosa —empecé— y no quiero que me contestes lo de siempre, lo de "con esa gente no se habla". Quiero que me escuches sin interrumpirme, como me escuchaste lo del pozo. ¿Trato?
—Trato —dijo, con cautela, porque ya me conocía esa entrada.
—Llevo meses escuchando a tu clan. A tus viudas, a tus hombres, a los críos que perdieron a un padre.
Y he escuchado lo mismo una y otra vez, sin que nadie lo nombre.
Vosotros ya no peleáis por el ganado, Alasdair.
Ni por las fronteras del vado. Eso fue hace cuatro generaciones.
Tú ni te acuerdas de por qué empezó, me lo dijiste tú mismo.
Ahora peleáis por vuestros muertos. Los Drummond mataron a los tuyos, así que tú matas a los suyos, y entonces ellos vengan a los suyos en los tuyos, y vuelta a empezar.
Cada bando le devuelve al otro su propio dolor, multiplicado, y la cuenta no se salda nunca porque siempre hay un muerto nuevo que vengar.
Es una rueda. Y las ruedas no se paran metiendo más fuerza. Se paran metiendo el pie.
—El pie en esa rueda te lo arranca —dijo, pero bajito, sin la dureza de la otra vez.
—El pie es hablar. Sentaros. Tú y el jefe Drummond, en un sitio neutral, con condiciones, y por una vez en cuatro generaciones decir en voz alta lo que os habéis hecho los unos a los otros en lugar de devolvéroslo con acero.
No para perdonaros, que no os vais a perdonar.
Para nombrarlo. Porque el dolor que no se nombra, Alasdair, eso te lo digo como lo que soy, es el único que no para nunca.
Y vosotros lleváis cien años sin nombrar el vuestro, devolviéndooslo a tajos.
Se quedó callado, mirando la oscuridad hacia el este, hacia donde los Drummond juntaban hombres.
—Acaban de degollar a dos de los míos en el cruce de paz —dijo—. Y tú quieres que me siente a tomar cerveza con el que dio la orden.
—Quiero que te sientes con el que dio la orden y que le preguntes, antes de matarlo, por qué la dio.
Porque te apuesto el broche de hierro a que, si le preguntas, debajo de su orden hay un hijo suyo muerto en uno de tus golpes, o un hermano, o un padre.
Igual que debajo de tu rabia están tus muertos.
Sois el mismo hombre, Alasdair, en los dos lados del vado, vengando lo mismo.
Solo que ninguno de los dos se ha sentado nunca a oír al otro decirlo.
No me contestó enseguida. Y eso, en él, era enorme, porque la otra vez me había cortado con un "con esa gente no se habla" y se había acabado la conversación.
Esta vez se lo estaba pensando. Lo veía dándole vueltas, peleándose con la idea igual que se había peleado con lo del tiempo, buscándole el fallo y sin encontrar uno que lo dejara tranquilo.
—Pasaría una cosa —dijo al fin, despacio—. Si yo propusiera sentarme a hablar con los Drummond, mi clan creería que es debilidad. Que el señor tiene miedo. Como cuando Eachann decía que me habías ablandado.
—Eachann está muerto, y tu clan acaba de verte hacer justicia sin colgar a nadie.
Acaba de verte gobernar sin un solo muerto más.
Nunca vas a tener mejor momento para enseñarles que pararse a pensar no es tener miedo.
Y hay otra cosa. —Le toqué el brazo—. Tú estuviste a un palmo de quemar un asentamiento de familias.
No tú, tu primo, pero con tu gente y en tu nombre.
Sabes mejor que nadie en este valle hasta dónde llega la rueda si nadie mete el pie.
Estuviste a punto de ser el monstruo que dices odiar de los Drummond.
Eso a lo mejor no te da derecho a hablar con ellos.
Pero te da motivos para querer parar esto antes de que el monstruo lo sea alguien de verdad.
Se volvió a mirarme, y en su cara ya no había el rechazo de la primera vez. Había un hombre cansado de enterrar gente sopesando, por una vez en su vida, que a lo mejor existía otra manera.
—No te digo que sí —dijo—. Me parece una locura tan grande como lo del pozo.
Hablar con los Drummond. —Negó con la cabeza, pero sin convicción—.
Pero tampoco te digo que no. Déjame pensarlo.
Y déjame ver cómo se mueven ellos. Si vienen a la guerra de verdad, no hay nada que hablar, solo que defenderse.
Pero si lo que juntan hombres es por miedo, igual el jefe Drummond está tan harto de enterrar a los suyos como yo de enterrar a los míos. Igual.
Bajé de la muralla esa noche con la sensación rara de haber empezado algo que no sabía si terminaría bien o nos enterraría a todos.
Llevaba meses guardándome aquella idea, sin atreverme, esperando el momento.
Y el momento había llegado, y Alasdair no me había dicho que no.
Un jefe de clan de las Highlands, en mil setecientos cuarenta y tres, acababa de sopesar la posibilidad de sentarse a hablar con su enemigo de cuatro generaciones, porque la sabia caída de un pozo le había dicho que las ruedas se paran metiendo el pie.
Si funcionaba, pararíamos una guerra con palabras.
Si no funcionaba, igual nos llevaba a todos por delante.
Pero por una noche, mientras le daba vueltas al broche de hierro debajo de la almohada, me permití el lujo de pensar que a lo mejor, solo a lo mejor, había para eso para lo que me había caído por aquel pozo.
Y que el pozo, por una vez, podía esperar.