Como salvar a un highlander CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Esperé tres días después del beso. No por cobardía, aunque algo de cobardía había, sino porque quería cumplir lo que le había prometido en la cura: contárselo un día en que tuviera la cabeza despejada y el cuerpo entero, no entre una incursión y la siguiente.

Y un hombre que acaba de matar a su primo no tiene la cabeza despejada el día siguiente, ni el otro.

Esperé a que volviera a comer, a dormir algo y a mirar el mundo sin aquel peso de plomo encima.

Y al tercer día, cuando lo vi reírse de una ocurrencia de Domhnall en el patio, supe que ya podía.

Lo busqué esa noche en la muralla, que se había convertido del todo en nuestro sitio, y llevé conmigo el móvil.

Mi teléfono muerto, que había guardado todos aquellos meses escondido bajo una losa suelta de mi cuarto, porque era lo último que me quedaba del mundo del que venía y no había tenido valor para deshacerme de él.

—Te dije que un día te contaría de dónde vengo y cómo llegué aquí —empecé—.

Es hoy. Y necesito que recuerdes que me prometiste intentar creerme, porque lo que voy a decirte no lo va a creer ninguna parte de ti que tenga sentido.

El día que tus hombres me sacaron del pozo intenté explicarlo, ¿te acuerdas?

Y nadie me creyó. Decidí que más valía callarme hasta que apareciera alguien dispuesto a escucharme sin encerrarme.

Ese alguien eres tú. Así que ármate de paciencia…

—Vienes de muy lejos —dijo él, medio en broma, medio para darme pie—. Eso ya me lo dijiste.

—No vengo de muy lejos, Alasdair. Vengo de muy tarde.

Frunció el ceño, sin entender, y entonces se lo conté entero, de carrerilla, antes de arrepentirme.

Que no era de ningún país lejano. Que era de aquellas mismas tierras, de aquel mismo castillo, pero de dentro de doscientos ochenta años.

Que en mi tiempo no había clanes, ni guerras de ganado, ni vados donde se degollaba a hombres desarmados.

Que el agua salía caliente de las paredes con solo girar una pieza, que se viajaba de un extremo del mundo al otro en carros que volaban, que las enfermedades que allí mataban a los críos en mi tiempo se curaban con polvos.

Que aquel castillo, el suyo, en mi tiempo era un lugar al que la gente pagaba por venir a descansar, y que yo había venido a trabajar, y que buscando una señal para hablar con mi hermana en un aparato había pisado la tapa podrida de un pozo seco, y había caído, y al subir el cielo había cambiado de siglo.

Alasdair me escuchó sin moverse, con la cara cada vez más cerrada, y cuando terminé se quedó callado mirando la oscuridad, y yo pensé que lo había perdido del todo, que aquello era demasiado hasta para un hombre que había prometido intentarlo.

—Una mujer del futuro —dijo al fin, despacio, probando las palabras en la boca—. Eso no existe. El futuro no es un sitio del que venga nadie. El futuro no ha pasado.

—En el mío, este momento es pasado. Tú llevas doscientos ochenta años muerto, Alasdair. —Se lo dije bajito, porque no era fácil de oír—. Perdona. Pero es la verdad. Para mí, todo esto, tú, este castillo, esta guerra, son historia. Cosas que pasaron hace mucho.

—Entonces sabes cómo acaba. —Volvió la cara hacia mí de golpe—. Si vienes de después, sabes lo que va a pasar. La guerra. Quién vive y quién muere. Lo sabes.

—No. —Y esa fue la parte más difícil de admitir, porque le quitaba la única utilidad práctica que mi locura podía tener para él—.

No sé nada de tu clan ni del de los Drummond.

En mi tiempo nadie se acuerda de vosotros.

Sois dos nombres en una piedra vieja, si acaso.

Las guerras pequeñas como la vuestra no las recuerda nadie dentro de doscientos ochenta años.

Lo siento. Sé venir del futuro y no sé el tuyo.

Se levantó, dio dos pasos por la muralla, volvió. Le costaba. Lo veía pelearse con aquello, intentar meterlo en algún sitio de su cabeza donde cupiera, y no encontrarlo, porque en su mundo no había sitio para eso.

—Hay historias —dijo, más para sí que para mí— de gente que entra en las colinas, en los túmulos, en los sitios de los antiguos, y vuelve cien años después creyendo que ha pasado una noche.

La gente del otro mundo, los sìth. Mi abuela contaba esas cosas.

—Me miró, y había en sus ojos algo nuevo, casi miedo—.

¿Eso eres? ¿Una de ellos? ¿No eres… de carne?

—Soy de carne, Alasdair, bien que lo comprobaste anteanoche en este mismo muro.

—Eso le arrancó un amago a su pesar—. No soy un hada ni un espíritu ni nada del otro mundo.

Soy una mujer, igual que las de tu clan, solo que nacida muy tarde y caída por un agujero que resultó ser también una puerta en el tiempo.

No sé por qué se abrió. No sé si volverá a abrirse.

Pero soy tan de carne como tú, y tan mortal, y tengo tanto miedo como tú de lo que esto significa.

Y entonces saqué el móvil del bolsillo del chal y se lo puse en la mano.

Lo cogió como se coge algo vivo que igual muerde.

Un rectángulo negro, liso, frío, de un material que en su siglo no existía, con una cara de cristal que le devolvió su propio reflejo deformado.

Lo giró. Lo tocó. Pasó el pulgar por el cristal con una delicadeza enorme en aquellas manos que partían hombres.

Era un objeto imposible, salido de ninguna parte conocida, y para un hombre del mil setecientos cuarenta y tres pesaba más como prueba que cualquier discurso que yo pudiera echarle.

—Estaba vivo —le dije—. Daba luz, hablaba, guardaba las caras de la gente que quiero.

Ahora está muerto, porque en tu siglo no hay manera de devolverle la vida.

Pero mira el cristal, mira el material. ¿Has visto algo así en toda tu vida?

¿En tus tierras, en tus tratos, en cualquier sitio donde hayas estado?

Eso no lo hace ningún herrero de este mundo, Alasdair. Ni el mejor. Eso lo hace el mío.

Lo sostuvo un rato largo, mirándolo, y vi en su cara el momento exacto en que dejó de pelearse.

No porque entendiera lo del tiempo, que creo que no llegó a entenderlo nunca del todo, sino porque tenía en la mano la prueba de que yo no mentía, y porque él mismo me había dicho que sabía reconocer cuándo alguien no mentía, y porque la mujer que tenía delante hablaba su lengua sin haberla aprendido y curaba como nadie y le tenía miedo a una cabra y no encajaba en ninguna tierra de las que él conocía.

Todo cuadraba de golpe, por imposible que fuera, y la única manera de que no cuadrara era llamarme mentirosa, y eso ya no podía.

—Te creo —dijo, devolviéndome el móvil con cuidado, como si pudiera romperse—.

Que Dios y mi abuela me perdonen, pero te creo.

—Y entonces, despacio, se le fue formando en la cara la consecuencia, la que yo llevaba tres días temiendo, la que lo cambiaba todo—.

Si caíste por un agujero que es una puerta, Esther… ese agujero puede llevarte de vuelta.

—Puede. Si descubro cómo. Llevo meses sin descubrirlo. Pero puede.

—Entonces tienes a dónde volver. —Lo dijo sin reproche, casi sin voz—.

Una hermana. Un mundo entero. Una vida. Todo eso te espera al otro lado de un agujero.

—Apartó la vista—. Y yo te he besado en esta muralla como un imbécil, sin saber que la mujer a la que besaba pertenece a un sitio al que yo no puedo seguirla ni muerto, porque cuando ella nazca yo llevaré casi trescientos años en una piedra.

Y ahí estaba, dicho en voz alta por fin, lo que el beso de la otra noche había tapado y lo que la verdad acababa de destapar.

No era que viniera de lejos. Era que tenía dos vidas tirando de mí en direcciones imposibles, y que cada paso que daba hacia él era un paso que me alejaba de la única puerta que podía devolverme a casa, y que cada vez que miraba esa puerta traicionaba lo que empezaba a sentir por él.

—No sé cómo volver, Alasdair —dije, y le cogí la cara con las dos manos otra vez, porque era lo único que sabía hacer cuando las palabras no bastaban—. Y hace tres días, en esta misma muralla, descubrí que ya no sé si quiero. Esa es la verdad entera. La del tiempo y la otra. Las dos.

No me contestó con palabras. Me rodeó con los brazos y me sostuvo contra él un rato largo, sin besarme, solo sosteniéndome, mirando los dos por encima del hombro del otro hacia mundos distintos que no llevaban a ninguna parte juntos.

Y supe, abrazada a un hombre muerto hacía casi trescientos años en el muro de un castillo que en mi tiempo tenía wifi, que acababa de cambiar una tragedia por otra mucho peor.

Porque no poder volver a casa se aguanta.

Pero no saber a cuál de tus dos casas perteneces, con un hombre así abrazándote en la muralla, eso no se aguanta de ninguna manera.