Como salvar a un highlander CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Volvimos al castillo con el sol saliendo por detrás de las montañas, y la noticia nos había precedido, porque las malas noticias y las gordas siempre llegan antes que los caballos.

Beathag salió a la puerta con un candil todavía encendido y la cara descompuesta, y cuando me vio bajar del caballo entera, agarrada a Alasdair, dejó el candil en el suelo y me abrazó con una fuerza que me sacó el aire.

No dijo "menos mal" ni "gracias a Dios" ni ninguna de las cosas que dice la gente.

Me apretó, me soltó, me miró de arriba abajo para comprobar que estaba completa, y luego, fiel a sí misma, me soltó un cachete en el hombro.

—Tres noches sin dormir vigilando por la ventana, y yo creyéndome que era por el señor. —Me señaló con el dedo—. Hablamos luego, niña. De todo. Pero ahora tómate un caldo caliente antes de que te caigas.

El clan se despertó esa mañana en lo que parecía el mundo del revés.

La sabia a la que medio castillo había mirado con miedo durante semanas resultó ser la que había salvado al asentamiento del valle bajo de arder.

Y el primo encantador, el héroe que reclamaba guerra y honor, resultó ser el que había planeado quemar a unas familias dormidas para arrebatarle el clan a su sangre.

La historia corrió de boca en boca, creciendo a cada paso como crecen estas cosas, y para el mediodía no quedaba en el castillo un alma que no supiera que Eachann había muerto lanzándose con una daga contra la sabia, después de que el señor le ofreciera la vida y el exilio.

Lo que más me impresionó no fue cómo cambió la gente conmigo, que cambió, sino cómo manejó Alasdair a los muchachos.

A los siete jóvenes que habían seguido a Eachann los habría podido colgar a todos, y nadie se lo habría discutido, porque habían cabalgado de noche, a escondidas del señor, hacia una matanza. En lugar de eso, los reunió en el patio delante del clan entero, y en vez de un castigo les dio una verdad.

—Os engañó —dijo—. Os habló de honor y de venganza y os llevó a matar críos mientras dormían.

La mayoría de vosotros no lo supisteis hasta que lo visteis con vuestros propios ojos en aquel valle.

Lo sé, porque os vi las caras cuando lo entendisteis.

—Los recorrió uno a uno—. No os voy a colgar por dejaros engañar por un hombre que engañaba a todo el mundo, empezando por mí.

Pero cada uno de vosotros va a pasar el invierno trabajando para las familias de los dos hombres que murieron en el cruce, las viudas y los huérfanos, y cada uno de vosotros va a recordar el resto de su vida lo cerca que estuvo de convertirse en lo que decimos odiar de los Drummond.

Esa es vuestra condena. Cargar con lo que casi fuisteis. Es peor que la horca y dura más.

No colgó a nadie. Y al no colgar a nadie, unió al clan más de lo que lo habría unido cualquier ahorcamiento, porque les enseñó que se podía hacer justicia sin más muertos, una idea que en aquellas tierras era casi tan rara como una mujer caída de un pozo.

Yo lo escuché desde la puerta de la cocina, con el caldo de Beathag en las manos, y pensé que aquel hombre roto que se creía solo una máquina de matar acababa de gobernar como no había gobernado nunca, y que ni siquiera se daba cuenta.

A él, sin embargo, no lo engañaba la admiración de nadie.

Cumplió con todo lo que un señor tiene que cumplir cuando muere alguien de su sangre, dio las órdenes, recibió a los hombres, sostuvo la casa.

Pero por debajo lo vi apagarse hora tras hora, replegarse hacia ese sitio suyo donde no entraba nadie, y supe que cuando cayera la noche y se quedara solo, los muertos vendrían a mirarlo, y esa noche traerían a uno nuevo y con su cara.

Lo encontré en la muralla, claro. En nuestro trozo de muro de cara al este, ya entrada la noche, con una jarra que no se estaba bebiendo y la vista perdida en la oscuridad de donde vendría la guerra que seguía sin venir.

—No te voy a preguntar cómo estás —dije, poniéndome a su lado—, porque sé cómo estás y porque odiarías que te lo preguntara. Solo he venido a estar.

—He matado a mi primo, Esther.

—Has parado a tu primo. Ya hemos tenido esta conversación, y la vamos a tener otras cien veces, porque estas cosas no se creen a la primera.

—Me apoyé en el muro a su lado—. Pero esta noche no he venido a discutírtelo.

Has hecho lo que tenías que hacer y vas a pagarlo con noches como esta durante mucho tiempo.

Eso no te lo puedo quitar. Lo único que puedo hacer es no dejarte pagarlo solo.

Tardó en hablar. Cuando lo hizo, no miraba al este, me miraba a mí.

—Vino a por ti. —Lo dijo despacio, como si lo estuviera entendiendo a la vez que lo decía—.

Tenía la daga a un palmo de tu cuello. Y mientras corría a cruzarme, antes de pensar en mi primo o en mi sangre, lo único que tenía en la cabeza era que no podía tocarte.

Que pasara lo que pasara, esa daga no podía llegar a ti.

—Apretó la jarra—. Ni siquiera tuve que elegir, Esther, porque no había elección.

Lo supe antes de llegar. Y eso me asusta más que haberlo matado.

No supe qué contestar, porque por una vez no era una sesión, no era una paciente recogiendo a alguien que se rompe.

Era yo, con el corazón haciéndome cosas que no le había pedido, oyendo a un hombre del siglo dieciocho decirme, a su manera imposible y torcida, que estaba empezando a tener sentimientos hacia mí.

Así que hice lo único sensato que se me ocurrió, que fue lo más insensato del mundo.

Le quité la jarra de las manos, la dejé en el muro, y lo besé.

No fue elegante. No lo fue ninguna de las cosas importantes que me han pasado en aquel siglo.

Le agarré la cara con las dos manos, igual que el día de la cura, y me puse de puntillas porque ese hombre es una montaña, y al principio él se quedó tan quieto que pensé que la había liado pardísima.

Pero solo fue un momento, el que tarda un hombre que ha pasado veinte años cerrando puertas en encontrar una abierta.

Luego me rodeó con los brazos, me levantó medio palmo del suelo sin esfuerzo, y me devolvió el beso con una torpeza tan honesta y tan llena de todo lo que no sabía decir que se me saltaron las lágrimas en mitad, y no de pena.

Cuando nos separamos, los dos respirábamos raro y ninguno tenía mucho que decir que no se hubiera dicho ya sin palabras.

—Esto —murmuró él, con la frente pegada a la mía— era el "después" del que hablé. El "si salimos de esta".

—Hemos salido.

—Sí, hemos salido. —Hizo amago de soltarme y no me soltó—. Aunque tengo que advertirte una cosa, sabia. Para mí esto que acabamos de hacer es más peligroso que el vado y mi primo. Porque de los vados y de los primos sé defenderme, pero de esto no tengo ni idea.

—Tranquilo. —Le sonreí, todavía a un palmo de su cara—. Da la casualidad de que soy especialista en comunicación emocional. Estás en buenas manos.

—Que Dios me ampare —dijo. Y volvió a besarme, y esta vez se le saltó a él el amago de risa entre el beso, el primero de verdad, entero, que le oí en todo el tiempo que llevaba en su siglo.

Bajé de la muralla mucho después, con los labios calientes y el ánimo en un sitio nuevo, y antes de dormir saqué el broche de hierro de debajo de la almohada y me quedé mirándolo en la oscuridad.

Seguía pensando en el pozo, porque el pozo seguía ahí, mudo y vacío, esperando que descubriera cómo volver a Marta, al agua caliente, a mi vida.

Pero esa noche lo pensé con miedo de otra clase.

Porque hasta entonces no encontrar la manera de volver había sido mi tragedia.

Y a partir de aquel beso en la muralla, empezaba a ser, también, mi escapatoria.

Y eso, lo mirara como lo mirara, no me dejaba dormir tranquila, porque ya no sabía qué le iba a pedir al pozo si un día se abría.