Como salvar a un highlander CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Eachann y sus nueve sombras llegaron al fondo del valle confiados, sin prisa, seguros de que las únicas almas despiertas en una legua a la redonda eran las suyas. Se equivocaban en eso como en casi todo.

Los dejamos acercarse hasta la primera casa, hasta que estuvo claro adónde iban y a qué, hasta que uno de ellos descolgó una antorcha apagada de la silla y otro sacó pedernal para prenderla.

Entonces Alasdair salió de la sombra de la pared de turba, solo, plantándose en mitad del camino entre los jinetes y las casas dormidas, y habló con esa voz baja que no necesitaba gritar y que esa noche cortó el aire como un hacha.

—Apaga eso, Eachann.

Los nueve frenaron los caballos en seco.

La antorcha quedó a medio prender, balanceándose en la mano del muchacho que la sostenía.

Y de la oscuridad, a una señal de Alasdair, fueron saliendo los otros: Dùghall con la espada desnuda, el herrero con su martillo de partir yunques, Domhnall pálido pero firme, los demás, hasta cerrar a los nueve en un semicírculo del que no se salía sin pelear.

Yo me quedé detrás de la pared, donde me había mandado, con medio cuerpo asomado, porque ni muerta me iba a perder aquello.

Eachann no perdió la sonrisa. Ni siquiera entonces.

—Primo. —Abrió las manos, el vivo retrato de la inocencia sorprendida—.

Qué susto. ¿Qué haces aquí, de noche, emboscando a tus propios hombres como si fuéramos enemigos?

Veníamos a vigilar la frontera. A asegurarnos de que los Drummond no preparan otro golpe como el del cruce.

Veníamos a protegerte, y mira cómo nos recibes.

—A vigilar la frontera. —Alasdair dio un paso hacia él—. Con una antorcha sin prender, a las puertas de un asentamiento de familias dormidas. ¿A quién vigilabas, Eachann? ¿A las mujeres? ¿A los críos?

—No sé qué te habrán contado, pero…

—Me lo has contado tú —dije yo, y salí de detrás de la pared, porque era mi parte y la había prometido.

Los nueve se volvieron hacia mí. Y a la luz escasa de aquella antorcha a medio morir, miré a los muchachos que seguían a Eachann, casi todos críos, casi todos con un hermano o un padre enterrado en los últimos meses, y les hablé a ellos, no a él, porque a él ya no había nada que decirle.

—Yo os oí en el establo viejo —dije—. Os oí a todos.

Eachann os habló de venir aquí, al asentamiento del valle bajo, "el de las familias", y dejar un recado que los Drummond no pudieran tragarse.

Para que respondieran a lo grande. Para forzar al señor a una guerra que no quiere.

¿Os dijo Eachann a quién había que dejarle el recado?

Mirad las casas. No hay hombres armados ahí dentro.

Hay mujeres. Hay niños durmiendo. Eso es lo que veníais a quemar esta noche, aunque algunos de vosotros igual no lo sabíais del todo.

Eso. Críos como los que enterráis vosotros y que lloráis tanto. Solo que Drummond.

El muchacho de la antorcha la bajó del todo.

Otro miró las casas, las miró de verdad, y se le descompuso la cara al entender lo que yo acababa de poner en palabras.

Porque eso es lo que pasa cuando le pones nombre a lo que la gente prefiere no mirar: que ya no se puede dejar de mirar.

Eachann les había vendido honor, venganza, valor.

Nadie le vende a un muchacho de dieciséis años "vamos a degollar críos mientras duermen".

Y al oírlo dicho claro, en voz alta, delante de las casas, la mitad de aquellos jóvenes entendió de golpe en qué los había metido su héroe.

—Mentira —escupió Eachann, y la sonrisa por fin se le cayó—. Es la bruja. Os lo dije. Os dije que enfrentaría al señor con su sangre, ¿y qué hace ahora? Enfrentarme a mí con los míos. ¡Es lo que hace, es lo único que sabe hacer!

—Lo único que sé hacer —contesté— es escuchar. Y te escuché a ti, Eachann. Tú solito.

Alasdair levantó una mano, y todos callaron.

—Eachann. —Y en aquella palabra había veinte años de infancia compartida, de un padre muerto, de la última sangre que le quedaba en el mundo—.

Mírame. Conozco lo que has hecho y conozco lo que ibas a hacer, y no por la sabia.

Lo sé porque te conozco a ti, porque mi padre me avisó de ti antes de que yo supiera lo que era una traición.

Podría matarte aquí mismo y nadie en el clan me lo reprocharía.

—Bajó la voz—. Pero eres sangre de mi sangre, y ya he matado a demasiada gente para añadirte a la lista de los que me miran de noche.

Así que te voy a dar lo que no mereces. Vete.

Esta noche, ahora mismo, monta y cabalga, y no vuelvas a pisar estas tierras mientras yo viva.

Por nuestra sangre, te dejo irte. Pero no vuelvas. Nunca.

Y por un momento pensé que Eachann lo aceptaría.

Lo vi dudar, lo vi calcular como calculaba siempre, sopesando si le quedaba alguna jugada.

No le quedaba ninguna y lo sabía, y eso, en un hombre como él, en un hombre que vivía de ganar y de gustar, fue lo que lo rompió.

Porque Eachann podía soportar cualquier cosa menos la humillación de que lo perdonaran delante de los muchachos a los que pretendía mandar, menos que el clan entero supiera mañana que el señor le había regalado la vida por lástima.

Su mirada saltó de Alasdair a mí. Y en ella vi la decisión antes de que su cuerpo la cumpliera.

—Tú —dijo, y desenvainó la daga, y se lanzó hacia mí, no hacia Alasdair, hacia mí, porque si iba a caer quería llevarse por delante a la que lo había deshecho.

No me dio tiempo ni a retroceder. Lo que pasó después pasó tan rápido que solo lo entendí entero más tarde, recomponiéndolo: la sombra enorme de Alasdair cruzándose entre la daga y yo, el choque, un grito que no fue mío, y luego Eachann en el suelo, quieto, y Alasdair de pie sobre él con la espada baja y la respiración rota, mirando el cuerpo de su primo como se mira algo que llevas toda la vida temiendo y que ya no tiene remedio.

Se hizo en el valle una quietud absoluta.

Los muchachos de Eachann habían soltado las armas sin que nadie se lo ordenara.

El herrero apartó la mirada. Domhnall me sujetó por los hombros, comprobando que estaba entera, que no me había tocado la daga, y no me había tocado, porque Alasdair se había puesto en medio a tiempo.

Me acerqué a él despacio. Seguía mirando a Eachann en el suelo, sin moverse, con la espada colgándole de la mano.

—Alasdair.

No contestó.

—Alasdair, mírame. —Me puse delante de él, entre su cara y el cuerpo de su primo, igual que él se había puesto entre la daga y la mía—.

No mires eso ahora. Mírame a mí. Él eligió.

Le diste una salida y la rechazó. Vino a por mí y tú lo paraste.

No has matado a tu primo, Alasdair. Has impedido que tu primo matara.

Son cosas distintas, aunque esta noche no lo parezca.

Mañana, ni en un mes, te lo vas a creer.

Pero necesito que esta noche, ahora mismo, lo oigas de mí, porque yo sí lo sé: no tienes la culpa de esto.

La culpa la trajo él en su propio caballo.

Tardó. Pero al final bajó los ojos del cuerpo y los puso en mí, y lo que había en ellos era el agotamiento de un hombre que acaba de perder lo último que le quedaba de familia para salvar a una mujer caída de un pozo, y que todavía no sabe qué hacer con eso.

—Ha estado a punto —dijo, y la voz le salió de algún sitio muy hondo—. La daga. He llegado por nada.

—Pero has llegado.

Soltó la espada en la tierra. Y allí, en mitad de aquel valle, con su primo muerto a un lado y unas familias durmiendo al otro sin enterarse de la noche que se les había venido encima y se les había ido, aquel gigante que no lloraba nunca, ni al enterrar a sus hombres, se quedó un momento con la cabeza gacha y los hombros caídos, y dejó que yo le pusiera una mano en el brazo sin apartarla, que para él era casi tanto como llorar.

No nos dijimos nada más. No hacía falta.

Detrás de nosotros, sus hombres empezaron a recoger, a hacerse cargo del cuerpo, a desarmar y agrupar a los muchachos descompuestos que habían venido a una matanza y se volvían sabiendo lo que habían estado a punto de ser.

Las familias del valle bajo siguieron durmiendo.

No sabrían nunca que un clan estuvo a punto de prenderles fuego, ni que la otra parte del clan lo impidió.

Así son a veces las guerras que no llegan a pasar: no las recuerda nadie, porque la gente solo cuenta las que sí.

Montamos para volver al amanecer. Yo detrás de Alasdair otra vez, agarrada a su cintura, con la cara contra su espalda.

Pero esta vez no iba muerta de miedo por el galope.

Iba sosteniendo, en la única medida en que se puede sostener a alguien desde detrás de un caballo, a un hombre que acababa de pagar por mí el precio más alto que tenía, y que no había dudado ni un instante en hacerlo.