CAPÍTULO 21
Los dos días siguientes fueron los más largos de mi vida, y mira que había tenido días largos.
Por fuera, todo seguía igual. Yo curaba, escuchaba, ayudaba a Beathag, le sonreía a Eachann en la mesa con una falsedad que me salía cada vez mejor y que me daba un asco de mí misma considerable.
Alasdair daba órdenes, repasaba cuentas, hacía de señor.
Pero por debajo de la calma estábamos los dos pendientes de Eachann como dos gatos vigilando un agujero, y entre nosotros, cada vez que nuestras miradas se cruzaban por encima de la mesa o en un pasillo, quedaba flotando aquel "después, si salimos de esta", que no ayudaba nada a la concentración.
Beathag, que no sabía los detalles pero olía que algo gordo se cocía, me arrinconó en la despensa el segundo día.
—Tú y el señor andáis raros. Más raros que antes. —Me clavó el dedo en el esternón—. Y Eachann anda meloso, que es peor. Cuando ese sonríe tanto, alguien acaba en el suelo. ¿Qué pasa aquí, niña?
—Nada que pueda contarte todavía, Beathag. Pero si una noche de estas me ves salir corriendo, no me preguntes. Tú reza, que tú sí rezas.
—Por Dios. —Se santiguó—. En qué lío te has metido ahora.
—En el de evitar uno más gordo. Confía en mí.
Eachann movió ficha la tercera noche, y la movió antes de lo que esperábamos, porque era listo y porque sabía que lo había oído. Yo creo que adelantó el golpe justo por eso, por quitarnos tiempo de reacción, contando con que la sabia, aunque hubiera oído algo, no se atrevería a hablar.
Lo supe porque llevaba tres noches sin dormir vigilando el patio desde la rendija de mi ventana, que daba al camino del establo.
Y esa noche, ya muy tarde, los vi salir.
No al patio, que habría hecho ruido y guardias.
Salieron por la poterna de atrás, la pequeña, de uno en uno, agachados, llevando los caballos de las riendas para que no relincharan, hasta juntarse fuera de la muralla.
Conté ocho sombras. Nueve con Eachann, que iba el último y que antes de salir miró hacia la casa un momento largo, hacia las ventanas, hacia la mía quizá, antes de desaparecer en la oscuridad camino del sur. Camino del valle bajo.
No esperé ni a calzarme bien. Bajé las escaleras de dos en dos, crucé la casa dormida y aporreé la puerta del cuarto de Alasdair con el corazón en la boca.
—Se va —dije en cuanto abrió, despeinado y a medio vestir—. Ahora. Acaba de salir por la poterna con ocho hombres. Hacia el sur. Es esta noche, Alasdair.
No perdió ni un segundo en preguntas. Aquel hombre, que para los sentimientos era un desastre, para la guerra era una máquina que se ponía en marcha de golpe. En lo que yo tardé en contárselo, ya se estaba abrochando el cinto y calzándose las botas.
—Despierta a Dùghall, al herrero, a Domhnall si puede montar, y a los hombres de la lista que te di. Solo a esos. Que ensillen sin hacer ruido y se reúnan en el patio. Tú no vienes.
—Tú no vienes lo dices tú. Yo soy la única que oyó el plan.
Si pillas a Eachann y él lo niega todo, y lo va a negar, hace falta alguien que cuente delante de tus hombres lo que se dijo en el establo.
Esa soy yo. Y de paso, si hay heridos, alguien tendrá que recogerlos, y el del pantano duerme y tiene el sueño pesado.
Así que no discutas, que perdemos tiempo, y el tiempo lo gastamos en críos que duermen sin saber lo que les viene.
Me miró medio segundo, calculó, y cedió, porque tenía razón y porque no había tiempo.
—Sabes montar.
—No.
—Perfecto —dijo, con una mueca que en otro momento habría sido divertida—. Pues hoy aprendes. Móntate detrás de mí y agárrate fuerte, y como me sueltes la cintura en mitad del galope no te recojo del suelo de nuevo. Te dejo ahí hasta que vuelva.
Despertamos a los hombres de uno en uno, en susurros, los que Alasdair sabía leales hasta el hueso.
Domhnall, todavía con el costado vendado, se empeñó en venir y nadie tuvo cuajo para negárselo.
El herrero apareció con un martillo de los de partir yunques que daba más miedo que una espada.
Dùghall, el armario empotrado del pilón, que desde lo del crío de Una se había vuelto mi guardián más improbable, ensilló sin preguntar.
En menos de lo que se cuenta, ocho jinetes leales esperaban en el patio en la oscuridad, y yo, encaramada detrás de Alasdair, agarrada a su cintura con las dos manos y el alma, descubriendo que montar a caballo de noche y a galope es una de las experiencias más aterradoras que ofrece este o cualquier siglo.
Salimos por la poterna detrás de los otros, con ventaja de que Eachann iba al paso para no hacer ruido y nosotros podíamos arriesgarnos a más una vez lejos de la muralla.
La noche estaba cerrada, sin apenas luna, y el frío cortaba.
Yo iba pegada a la espalda de Alasdair, con la cara hundida entre sus omóplatos para protegerme del viento, notándole bajo las manos la respiración tranquila de un hombre que entra en su elemento justo cuando el resto del mundo se aterra.
—¿Llegaremos a tiempo? —le grité, contra el viento.
—Si va al asentamiento del valle bajo, tiene que rodear el barranco. Nosotros podemos cortar por el paso de la cabra, que es más corto y más malo. —Hizo una pausa, mientras saltábamos algo que prefiero no saber qué era—. Si no nos rompemos el cuello en el paso, llegamos antes que él. Agárrate.
Me agarré como no me he agarrado a nada en mi vida.
Cabalgamos lo que me parecieron horas y debieron de ser menos de una, por sendas que de día ya darían miedo y de noche eran directamente una apuesta con la muerte.
Y mientras cabalgaba, con la cara contra la espalda de aquel hombre y el corazón a punto de salírseme, no podía dejar de pensar en lo absurdo de mi situación.
Una psicóloga de Madrid, que cuatro meses atrás se quejaba de la cobertura del móvil en un retiro de bienestar, galopaba ahora en plena noche del siglo dieciocho, agarrada a un jefe de clan escocés, para evitar que su primo traidor masacrara a unas familias y empezara una guerra.
Si me lo hubieran contado, habría diagnosticado al que me lo contara.
Pero no había nadie a quien diagnosticar.
Estaba pasando. Y lo más absurdo de todo, lo que de verdad me revolvía por dentro mientras nos jugábamos el cuello en aquel paso, era que no estaba allí solo por las familias del valle bajo, ni solo por hacer lo correcto.
Estaba allí porque el hombre al que iba agarrada se jugaba en aquella noche el clan, la sangre y la vida, y la idea de quedarme atrás esperando a ver si volvía me resultaba sencillamente insoportable.
Coronamos el paso de la cabra sin rompernos nada, de milagro, y Alasdair frenó el caballo en lo alto de una loma.
Abajo, en el fondo del valle, se adivinaban las formas oscuras de un puñado de casas con sus tejados de turba, dormidas, sin una luz, sin la menor idea de lo que cabalgaba hacia ellas.
El asentamiento del valle bajo. Las familias.
Y por el otro lado del valle, todavía lejos, pero acercándose, se movían nueve sombras a caballo.
—Hemos llegado antes —dijo Alasdair, en voz baja, repartiendo a sus hombres con gestos—.
Por poco. —Volvió la cabeza hacia mí lo justo—.
Esther. Pase lo que pase ahí abajo, tú te quedas detrás de mí.
Si esto se tuerce, montas y cabalgas hacia el norte y no miras atrás. ¿Me oyes? Esta vez te lo pido en serio.
—Te oigo. No te prometo nada, pero te oigo.
Soltó algo entre dientes que no era una bendición, desmontó, y echó a andar loma abajo con sus ocho hombres hacia las casas dormidas, a esperar a un primo que venía a empezar una guerra y no sabía que su guerra le aguardaba en la oscuridad.