Como salvar a un highlander CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Esa noche tampoco pegué ojo, y por la mañana del día siguiente ya lo tenía decidido.

Se lo iba a contar a Alasdair. No podía no contárselo.

Una cosa era callarme mis sentimientos, mis dudas, hasta de dónde venía.

Otra muy distinta era callarme que su primo planeaba degollar a unas familias para arrastrar al clan a una guerra, y dejar que pasara por miedo a que no me creyeran.

Eso no sabía hacerlo, y a estas alturas de mi vida no iba a aprender.

Pero esta vez no lo hice como lo de Seonag.

Lo de Seonag me había enseñado la lección a base de bofetada: en aquel siglo, soltar la verdad a gritos en mitad de una sala no salva a nadie, solo te hunde a ti y al que querías ayudar.

Así que esperé. Esperé a que Alasdair se quedara solo, y lo pillé a media mañana en la sala de las cuentas, donde no entraba nadie sin permiso, y cerré la puerta detrás de mí, que ya era bastante atrevimiento.

—Tengo que contarte algo —dije—. Y necesito que me escuches todo antes de decidir si me crees. Es lo más difícil que te he dicho desde que caí en tu pozo, y sé perfectamente cómo suena en mi boca. Pero no puedo callarme.

Dejó la pluma y me miró con atención.

—Habla.

Y se lo conté. Todo. El cambio en Eachann, la mansedumbre fingida, las reuniones nocturnas en el establo viejo, las cabalgadas al amanecer.

Y luego, despacio, palabra por palabra, lo que había oído pegada a la tabla: el plan de bajar al asentamiento del valle bajo, el de las familias, dejar un recado que los Drummond no pudieran tragarse, forzar la respuesta brutal, y obligarlo a él, al señor, a la guerra grande que llevaba semanas evitando.

Y quedarse Eachann como el que tuvo el valor de hacer lo que su primo no se atrevía.

Alasdair no me interrumpió ni una vez. Pero le vi la cara endurecerse capa sobre capa según yo hablaba, y cuando terminé se quedó callado tanto rato que pensé que lo había perdido.

—Lo que me estás diciendo —dijo al fin, muy despacio, midiendo cada palabra— es que mi primo, mi sangre, el hijo del hermano de mi padre, planea matar mujeres y críos para arrebatarme el clan.

Y me lo estás diciendo tú. La forastera del pozo.

La mujer a la que él lleva meses pintando como la que me enfrenta con los míos.

—Sí.

—¿Eres consciente de que esto es exactamente lo que él dijo que harías?

—Soy plenamente consciente. —No le aparté la mirada—.

Por eso me ha costado venir. Por eso lo he pensado mil veces.

Sé que no tengo prueba. Sé que mi palabra contra la suya, en este clan, la pierdo yo.

Y sé que callarme me sería mucho más cómodo y mucho más seguro.

Si te lo cuento sabiendo todo eso, Alasdair, es porque es verdad, y porque prefiero que no me creas a quedarme callada mientras se prepara una carnicería.

Haz con ello lo que quieras. Pero ya no lo cargo yo sola.

Se levantó. Caminó hasta la ventana estrecha y se quedó de espaldas, mirando el patio, con los hombros cargados de un peso nuevo. Y yo esperé, sin meter más palabras, porque había soltado lo mío y ahora le tocaba a él, y eso no se apura.

Cuando se volvió, no había en su cara duda hacia mí. Había algo peor: dolor.

—Te creo —dijo.

Solté el aire que llevaba conteniendo desde que cerré la puerta.

—Te creo —repitió—, y ojalá no te creyera, porque creerte significa que el último de mi sangre que me quedaba en el mundo me ha estado mintiendo a la cara y sirviéndome cerveza por las mañanas.

—Apoyó las manos en la mesa de las cuentas—.

¿Sabes por qué te creo, Esther? No por la prueba, que no la tienes.

Te creo porque conozco a Eachann desde que los dos llevábamos pañales, y siempre, desde críos, ha querido lo que era mío.

Mi padre lo veía. Me decía: cuídate de tu primo, que sonríe con la boca y cuenta con los ojos.

Llevo toda la vida fingiendo que mi padre se equivocaba, porque era lo único que me quedaba de familia.

Y tú acabas de ponerle nombre a algo que yo sabía. —Me miró—. ¿Cómo no te iba a creer?

Y ahí, en aquella sala pequeña, con su primo traicionándolo y una guerra preparándose en la sombra, pasó algo que llevaba semanas a punto de pasar.

Me acerqué a él, o se acercó él a mí, o nos acercamos los dos, que a esas alturas ya no se sabía quién empujaba la distancia, y nos quedamos demasiado cerca, lo bastante para que yo le viera la brecha de la frente ya casi curada y él me viera lo que fuera que se me veía a mí.

Levantó una mano y me apartó un mechón de la cara, despacio, sin nada de prisa, y yo dejé de respirar como Dios manda, y por un momento el clan, Eachann, el pozo, mi siglo y el suyo se quedaron muy lejos, fuera de aquella habitación.

No llegó a más. Porque Alasdair, que era un hombre roto, pero no un tonto, cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y dio medio paso atrás, devolviéndonos a los dos al mundo. Se separó del todo, y volvió a ser el jefe, pero un jefe que ahora me miraba distinto.

—Necesito saber cuándo —dijo, ya en otro tono—. ¿Oíste cuándo piensa bajar al asentamiento?

—No con fecha. Hablaba de hacerlo pronto, antes de que se enfriara la rabia por los muertos del cruce. Y reúne a los suyos casi cada noche en el establo viejo, así que será cuestión de días, no de semanas.

—Días. —Asintió, ya calculando—. No puedo acusarlo en público.

Si me planto delante del clan a decir que mi primo planea matar críos Drummond por la palabra de la sabia, le doy la razón en todo lo que ha sembrado, y la mitad de los jóvenes, que ya lo siguen a él, se le pondrán al lado.

Tengo que pillarlo. En el acto, o casi. Que lo vean los míos con sus propios ojos bajando a hacer lo que va a hacer, para que la verdad la digan otros y no la bruja ni el señor celoso de su primo.

—Me miró—. Lo cual significa que voy a tener que dejar que empiece a hacerlo para poder pararlo.

Y eso es jugar con la vida de esas familias.

—Entonces vigílalo de cerca. Yo seguiré observándolo. Soy buena en eso, ya lo has visto. Tú prepara a los hombres en los que confíes de verdad, los que no le coman de la mano. Y en cuanto Eachann mueva ficha hacia el valle bajo, caemos encima antes de que llegue.

Alasdair me miró con algo que se parecía mucho a una sonrisa.

—Te encierro por espía, te suelto por sabia, y acabas planeándome cómo cazar a mi propio primo. —Negó con la cabeza—. Eres lo más raro que ha caído nunca en mis tierras, Esther. Y empieza a no caberme en la cabeza cómo me las apañaba antes sin ti.

Salí de la sala de las cuentas con el corazón en dos sitios a la vez, igual que siempre, pero esta vez los dos sitios eran de aquí.

La traición de Eachann pesándome por un lado y, por el otro, un hombre que acababa de elegir creerme por encima de su última sangre y que me había apartado un mechón de la cara con una calma que aún me duraba en la piel.

Y en mitad de aquel lío, con una matanza por evitar y un primo por cazar, lo que se me quedó dando vueltas, lo confieso, fue lo del mechón y aquel "después, si salimos de esta".

Que para una mujer que se gana la vida ordenando cabezas ajenas, tener la propia hecha semejante desorden era de un irónico que no le hacía gracia ni a ella.