CAPÍTULO 19
Las cosas con Alasdair, después de lo de la cura, se quedaron en un sitio raro y nuevo donde ninguno de los dos sabía moverse del todo.
No habíamos hablado de nada. Pero él pasaba por la cocina más de lo que un jefe de clan tiene motivos para pasar, y yo había desarrollado un interés súbito por las cuentas del grano que me llevaba a la sala justo cuando él las repasaba, y los dos fingíamos que aquellos cruces eran casualidad con un descaro que a Beathag le sacaba bufidos cada dos por tres.
Lo que me sacó de aquella nube fue Eachann, que andaba tramando algo, y yo me di cuenta porque ese precisamente era mi antiguo trabajo.
Empezó por detalles. Eachann, que vivía para ocupar el centro de cualquier sala, llevaba unos días discreto, casi humilde, sin discutir las órdenes de Alasdair, sonriendo cuando tocaba callar.
Y un hombre como Eachann no se vuelve humilde después de perder dos asaltos seguidos.
Un hombre como Eachann, cuando calla, es que ha dejado de pelear donde se le ve para pelear donde no.
Lo había visto en pacientes, en directivos, en más de un marido infiel sentado en mi diván jurando que todo iba bien.
La mansedumbre repentina es la cara que pone la gente que ya ha decidido hacer algo por su cuenta.
Así que hice lo que sé hacer, que es observar. Y observando vi cosas.
Vi que Eachann se reunía por las noches con un grupo de los más jóvenes, los más rabiosos, los que habían perdido a un hermano o a un padre en los últimos golpes, en el establo viejo del fondo, lejos de la casa.
Vi que salía a cabalgar solo al amanecer y volvía con el caballo reventado, demasiado tiempo fuera para un simple paseo.
Vi que cuando Alasdair hablaba de paciencia en la mesa, Eachann ya no le llevaba la contraria, sino que bajaba la vista al plato con una paciencia fingida que a mí me ponía los pelos de punta más que sus brindis.
Una noche lo seguí. Sé que fue una imprudencia de las gordas, que si Beathag se entera me mata ella antes que Eachann, pero el broche de hierro lo llevaba prendido por dentro del chal y me dio un valor que igual no me correspondía.
Me escurrí hasta el establo viejo por detrás, entre las sombras, y me pegué a la pared de tablas por donde se colaba la luz y las voces.
Estaban Eachann y seis o siete de los jóvenes, alrededor de un farol. Y lo que oí me heló entera.
—Mi primo es un buen hombre —decía Eachann, con esa voz cálida que usaba para envenenar—.
No lo dudéis nunca. Pero ha peleado demasiado.
Ha enterrado a demasiados. Y un hombre así, al final, ya no piensa en ganar, piensa en no perder más, que no es lo mismo.
Cruzamos el vado y volvimos con las manos casi vacías por su prudencia.
Recuperamos unas vacas y dejamos un recado.
¿Eso venga a los nuestros? Los Drummond se ríen.
Saben que el señor MacLeod no se atreve a la guerra de verdad.
Y mientras él no se atreva, nos seguirán degollando en los cruces uno a uno.
—¿Y qué hacemos? —preguntó uno de los críos—. Es el señor. No vamos a ir contra el señor.
—Nadie va contra el señor —dijo Eachann, y aquí bajó la voz, y yo apreté la oreja contra la tabla—.
Lo que vamos a hacer es darle a los Drummond el motivo que el señor no se atreve a darles.
Una partida pequeña. Nuestra. Sin que él lo sepa, porque si lo sabe lo prohíbe, y luego nos lo agradecerá.
Bajamos al asentamiento Drummond del valle bajo, el de las familias, y dejamos allí un recado que no puedan tragarse.
Y cuando ellos respondan, y responderán a lo grande, el señor no tendrá más remedio que ir a la guerra de verdad para defender a su gente.
Le forzamos la mano por su bien. Y el clan, cuando todo acabe, sabrá quién tuvo el valor de hacer lo que había que hacer.
Se me revolvió el estómago entero. Porque lo que estaba proponiendo Eachann no era una incursión, era una carnicería disfrazada.
El asentamiento del valle bajo, "el de las familias".
Eachann pretendía atacar a inocentes para provocar una respuesta tan brutal que obligara a Alasdair a la guerra que llevaba semanas evitando, y de paso quedarse él como el héroe que se atrevió.
Iba a empezar la guerra grande a propósito, por la espalda, y la iba a empezar matando críos para que la culpa de los muertos siguientes recayera en el señor.
Me aparté de la pared para volver al castillo antes de que me descubrieran, y la suerte, que conmigo es muy irregular, me falló.
Pisé un cubo. En la oscuridad, junto al establo, había un cubo de metal, y mi pie lo encontró con la precisión de quien lleva toda la vida encontrando todas las trampas de un terreno, y el cubo salió rodando con un estrépito que paró las voces de golpe.
Eché a correr hacia la casa, pero no lo bastante rápido. Cuando llegué al patio, ya con la respiración entrecortada, una mano me agarró del brazo y me hizo girar. Eachann. Solo. Los demás se habían quedado en el establo.
—Sabia. —La sonrisa de siempre, pero los ojos no la acompañaban—. Qué horas de pasear.
—No podía dormir. Estaba tomando el aire.
—Junto al establo viejo. Qué aire más raro respiras tú.
—Me apretó el brazo justo donde me lo había marcado en la despensa, sabiendo lo que hacía—.
Voy a decirte una cosa, y quiero que la entiendas bien, porque te la voy a decir una sola vez.
Si has oído algo esta noche, te lo guardas.
Y no porque te lo pida yo. Porque piensa, sabia, piensa con esa cabeza tan lista que tienes.
Si vas con cuentos a mi primo, ¿a quién va a creer el clan?
¿A su sangre, a su propio primo, o a la mujer del pozo que todos saben que le sorbe el seso?
Lo único que conseguirás es darme la razón delante de todos.
Confirmar que la bruja enfrenta al señor con los suyos.
Y entonces no te salvará ni el crío de Una.
Arderás en la hoguera. —Me soltó el brazo con una suavidad peor que el apretón—.
Así que tú y yo no hemos hablado. Y tú no has oído nada.
Y todos seguimos tan amigos. ¿Verdad que sí?
Se fue hacia el establo sin esperar respuesta, dejándome en el patio con el brazo dolorido y la verdad más peligrosa que había cargado en mi vida pesándome dentro.
Eachann tenía razón en lo único que importaba: yo lo sabía, pero no podía decirlo.
Y si lo decía mal, o demasiado pronto, no solo no salvaba a nadie, sino que me ponía la soga al cuello yo sola y dejaba a Eachann más fuerte que nunca.
Subí a mi cuarto, saqué el broche de hierro de debajo de la almohada y me senté en la cama con él entre las manos, dándole vueltas.
Tenía que contárselo a Alasdair. Era lo correcto, lo único correcto, y no podía dejar que se atacara a un asentamiento de familias por callarme.
Pero tenía que hacerlo de manera que me creyera por encima de su sangre, y eso requería algo más que mi palabra.
Requería prueba, o requería que Alasdair confiara en mí más de lo que confiaba en su propio primo, lo cual, después de lo de la cura y el broche y los cruces fingidos en la cocina, a lo mejor lo conseguía o a lo mejor era pedirle demasiado.
Me quedé despierta media noche dándole vueltas, sin decidir nada, con un farol de establo y una carnicería anunciada metidos en la cabeza.
Y por la mañana, cuando bajé con las ojeras hasta el suelo, lo primero que vi fue a Eachann en la mesa, sonriéndole a su primo, sirviéndole cerveza, llamándolo señor con todo el cariño del mundo.
Y a Alasdair devolviéndole la sonrisa, sin saber que el hombre que le servía la cerveza planeaba matar críos para arrebatarle el clan.