CAPÍTULO 18
Domhnall pasó la crisis de la fiebre dos días después de la incursión, y la pasó bien, lo cual fue la primera buena noticia limpia que tuve en aquel siglo desde el crío de Una.
La herida del costado se le quedó fea pero limpia, sin pudrirse, y una mañana lo encontré sentado en el catre comiéndose un cuenco de gachas y discutiendo con su madre sobre cuándo podría volver a montar.
Le di una colleja cariñosa y lo dejé pelearse con su madre, que era justo lo que necesitaba.
Con Domhnall encarrilado, me sobró cabeza para fijarme en otra cosa que llevaba dos días incordiándome, y era la brecha de la frente de Alasdair.
No tenía buena pinta. El curandero se la había cerrado con sus métodos, que consistían en taparla con una pasta verdosa de hierbas del pantano que olía a animal muerto y que, según él, espantaba los malos humores.
Lo que espantaba la pasta era el sentido común, porque debajo de aquel emplasto la herida estaba enrojecida por los bordes, caliente, con esa pinta de cosa que en mi siglo termina en infección y en mi siglo se trata con antibióticos y en este se trata rezando. Y rezar no es mi fuerte.
Lo abordé esa tarde en la sala, donde repasaba no sé qué cuentas de grano con dos hombres.
—Tengo que verte la frente.
—Está bien la frente.
—La frente está roja, caliente y oliendo a estiércol de cabra, que es lo que te ha puesto el del pantano.
Y si no me dejas limpiártela hoy, dentro de tres días te va a subir la fiebre como a Domhnall, solo que tú eres más grande y tienes más donde infectarse.
Así que tú eliges: o te sientas ahora, o me planto aquí dándote la lata hasta que se te caiga la frente sola.
Los dos hombres de las cuentas miraron al suelo conteniendo la risa, porque no se le habla así al jefe del clan y a mí ya me daba igual.
Alasdair me miró con esa cara de toro al que le pica una mosca, gruñó, despidió a los hombres y se sentó en el banco con la dignidad de quien hace un favor enorme al mundo.
—Date prisa.
—Me daré la prisa que haga falta. Beathag, agua hervida y el aguardiente del bueno, no el de beber, el de quemar. Y un paño limpio.
Beathag, que vivía para los momentos en que alguien le ponía freno a Alasdair, salió disparada a por las cosas con una sonrisa que no se molestó en disimular.
Le quité el emplasto, y el muy bestia no movió un músculo aunque debió de dolerle, porque la pasta se había pegado a la costra.
Le limpié la herida con el agua hervida primero, retirándole toda aquella porquería verde, y luego con un paño mojado en aguardiente, y ahí sí apretó las manos contra las rodillas, porque el alcohol en carne viva no perdona ni a los jefes de clan.
—Escuece —dijo, entre dientes.
—Escuece porque está matando lo que te iba a pudrir la frente. Aguanta, grandullón, que un crío de tres años lo lleva mejor.
—Ningún crío de tres años me ha echado nunca aguardiente del de quemar en la cabeza.
—Pues ya era hora de que alguien lo hiciera.
Trabajé despacio y con cuidado, de pie delante de él, con su cabeza a la altura de mi pecho y mis manos en su frente, y en algún momento de aquella cura me di cuenta de que llevábamos un rato los dos muy callados y muy quietos, y de que aquello había dejado de parecerse a una cura.
Le tenía la cara entre las manos. Le notaba el aliento en el antebrazo cada vez que respiraba.
Él me miraba desde abajo, ya sin gruñir, con una atención que no tenía nada que ver con la frente, y yo seguía pasándole el paño por una herida que ya estaba limpia desde hacía un buen rato, por no parar, por no tener que decidir qué hacer cuando parara.
—Ya está —dije al fin, porque no podía limpiarle la misma herida hasta mañana—. Te la voy a tapar con un paño limpio. Y mañana te la vuelvo a mirar. Y no te pongas más estiércol de cabra en la cabeza, por lo que más quieras.
—Esther.
—¿Qué?
No se apartó. Yo tampoco. Tenía las manos todavía en su frente y él no había hecho ademán de levantarse, y entre los dos había una distancia que se estaba haciendo pequeña sin que ninguno la empujara, solo por dejarla.
—¿De dónde vienes? —preguntó, en voz baja, y esta vez no había guasa ninguna, ni interrogatorio—.
De verdad. No el "de muy lejos" de la otra noche.
¿Qué clase de sitio enseña a una mujer a curar así, a hablar así, a plantarle cara a un jefe de clan con un paño en la mano?
Llevo semanas dándole vueltas y no encuentro ninguna tierra que te explique.
Y ahí lo tuve, otra vez, en bandeja, el momento de decírselo.
Con su cara entre mis manos, con la sala vacía, con aquella quietud que invitaba a soltar cualquier verdad.
Estuve a punto. Tenía las palabras en la boca, vengo de dentro de doscientos ochenta años, Alasdair, caí por un pozo que era también el tiempo, en mi mundo el agua sale caliente de la pared y los hombres no se matan en vados. Lo tenía ahí.
Y no lo dije, pero esta vez no por protegerlo a él.
No lo dije porque tuve miedo. Miedo de que aquel hombre, que me miraba desde abajo con la guardia caída, me soltara la cara, se levantara y volviera a mirarme como el primer día, como a una espía, como a una loca, como a algo que no se puede creer.
Miedo, por una vez en aquel siglo, de perder lo que empezaba a tener justo cuando empezaba a saber lo que era.
—Te lo voy a contar —dije, en cambio, y le sostuve la mirada para que supiera que no era una salida—.
Todo. De dónde vengo y cómo llegué aquí.
Pero no hoy, y no así, de pie. Necesito que sea un día en que tengas la cabeza despejada y el cuerpo entero, porque lo que tengo que contarte, Alasdair, no se cuenta entre una incursión y la siguiente.
Te va a costar creerlo. Y necesito que cuando no me creas, no sea porque vienes cansado de un vado.
Me miró largo. Y en lugar de insistir, hizo algo que me desarmó. Levantó una mano, despacio, y la puso sobre la mía, la que aún le sostenía la frente, y la apartó con cuidado de la herida, sin soltarla del todo, bajándola entre los dos.
—Cuando tú quieras —dijo—. No me voy a ningún sitio. Y pase lo que pase, voy a intentar creerte. Ya te lo dije. —Hizo una pausa, y la guasa volvió, pero suave—. Aunque me digas que vienes de la luna. Que a estas alturas, contigo, no me extrañaría.
Me soltó la mano. Se levantó. Y se fue a sus cosas con el paño limpio en la frente, dejándome de pie en la sala con el corazón a galope y la palma de la mano caliente por donde él me la había sostenido.
Beathag asomó desde la cocina, donde sin duda llevaba un rato escuchando, con una jarra que nadie le había pedido.
—Mucho rato para limpiar una brecha —dijo.
—Estaba muy sucia.
—Ya. —Dejó la jarra—. La brecha o lo otro.
No le contesté. Recogí el agua, el aguardiente y los paños, y me fui a mi cuarto a guardar el broche de hierro de Alasdair en el sitio donde lo guardaba, que era debajo de la almohada, lo cual ya decía de mí más de lo que estaba dispuesta a reconocer en voz alta.
Y antes de dormirme, pensé en el pozo, porque seguía ahí, mudo y vacío, esperando que yo descubriera cómo volver. Pero pensé en él de otra manera. Ya no como en una salida que tenía que encontrar a toda costa, sino como en una decisión que algún día, si descubría el modo, tendría que tomar.
Y esa decisión, lo supe esa noche con el broche debajo de la almohada, cada día iba a ser más difícil.