CAPÍTULO 17
Salieron al vado al amanecer del día siguiente, veinte hombres escogidos, con Alasdair a la cabeza y Eachann pegado a su flanco como una sombra. Yo los vi marchar desde la muralla, envuelta en la manta de Beathag, con un frío que no era solo de octubre.
Antes de montar, Alasdair subió a la muralla a decirme lo que tenía que decirme, que no era una despedida porque Alasdair no sabía hacer despedidas.
—Si esto sale mal —dijo, sin rodeos—, no esperes a que vuelva nadie a contártelo. Coge lo que puedas y vete por el paso del norte, hacia la costa. Beathag sabe el camino. No te quedes a ver de quién es el clan, porque si vuelve Eachann y no vuelvo yo, ya sabes lo que eres aquí.
—No me voy a ir a ningún sitio.
—Esther.
—Que no. Si no vuelves, alguien tendrá que estar aquí para los que vuelvan rotos. Domhnall sigue con fiebre. Hay heridos. No me voy.
Me miró un momento largo, peleándose por dentro con algo que no soltó. Luego hizo lo único que se permitió, que fue quitarse el broche de hierro que le sujetaba el tartán al hombro, una pieza vieja, gastada, con el escudo de su familia, y ponérmelo en la mano cerrándome los dedos encima.
—Si alguien te molesta mientras no estoy, enséñales esto —dijo—. Es mío. Saben lo que significa. —Y antes de que yo le sacara punta, añadió, más bajo—: Y si no vuelvo, te lo quedas.
Bajó, montó y se fue, y yo me quedé en la muralla apretando un trozo de hierro caliente de su hombro, viendo cómo veinte hombres se hacían pequeños camino del este, sin saber cuántos iban a volver.
Esa mañana, mientras el castillo aguantaba la espera como se aguanta un dolor de muelas, hice algo que llevaba semanas sin permitirme. Bajé al pozo.
Porque la noche de la incursión, dándole vueltas a lo que me había dicho Alasdair, a lo de huir por el norte, a lo de quedarme sola en un siglo que no era el mío rodeada de gente que podía quemarme si cambiaba el viento, me había caído encima una verdad que llevaba semanas entre crisis y crisis.
No tenía nada allí. Ni papeles, ni clan, ni nadie que respondiera por mí salvo un hombre que podía morirse en un vado cualquier día.
Y yo había llegado a aquel sitio por un agujero, sin entender cómo, y me había dejado arrastrar por las urgencias de los demás sin pararme ni una vez a intentar entender el agujero.
Una mujer racional, una psicóloga, una persona que se gana la vida ordenando el caos de las cabezas ajenas, no podía seguir viviendo en un imposible como si fuera lo más normal del mundo.
Tenía que mirar el pozo. Aunque solo fuera para saber a qué atenerme.
El huerto estaba vacío. La cabra de Eachann, no sé dónde.
Aparté las matas que cubrían el brocal y miré abajo.
Era el mismo pozo seco por el que había salido aquella noche, cuatro metros de piedra húmeda y un fondo de barro.
Bajé. Me costó lo suyo con la falda, y abajo no había nada, ni una luz, ni un brillo, ni una marca, ni el menor indicio de que aquel agujero fuera otra cosa que un agujero.
Toqué las paredes. Pisé el fondo entero buscando una trampilla, un hueco, lo que fuera.
Nada. Era un pozo. Un pozo viejo y vacío que olía a tierra.
—A ver —le dije al pozo, porque hablar sola en una crisis sigue siendo un mecanismo de autorregulación válido aunque la crisis sea en diferentes siglos—. Tú me trajiste. Por aquí entré. Así que, en principio, por aquí debería poder salir, ¿no? Es lo lógico.
El pozo no opinó.
Me quedé un rato larguísimo en el fondo, mirando hacia arriba al círculo de cielo gris, esperando que pasara algo, lo que fuera.
Que cambiara la luz como cambió aquella noche.
Que el aire oliera distinto. Que el siglo entero se diera la vuelta y me devolviera a un jardín con valla, parking y farolas solares y una recepcionista llamada Fiona.
No cambió nada. La luz siguió gris, el aire siguió oliendo a octubre del mil setecientos cuarenta y tres, y yo seguí siendo una mujer con falda de lana de pie en el barro, sin la menor idea de qué había hecho aquella noche para caer doscientos ochenta años hacia atrás, ni de qué tendría que hacer para deshacerlo.
Y eso me asustó más que ninguna cosa de las que llevaba vividas allí.
Porque mientras no lo pensaba, podía fingir que mi vuelta era cuestión de encontrar el momento.
Mirándolo de frente, en el fondo de aquel pozo mudo, entendí que a lo mejor no había vuelta.
Que a lo mejor lo que me trajo no se repetía, o solo se repetía con algo que yo no sabía, una noche concreta, una luna, vete a saber, y que podía pasarme el resto de mis días en aquel siglo buscando una puerta que solo se había abierto una vez y por error.
Subí del pozo con las manos llenas de barro y el ánimo por los suelos, y me senté en el brocal a respirar.
No sé cuánto rato estuve. El suficiente para llorar un poco, en privado, sin que me viera Beathag ni nadie, por Marta, por el agua caliente, por una vida que cabía en un teléfono y que ya no iba a recuperar quizá nunca.
Y el suficiente, también, para una cosa incómoda que me sorprendió a mí misma.
Que mientras lloraba por todo lo que había perdido, no dejaba de mirar hacia el este, hacia el vado, contando las horas que faltaban para saber si volvía la otra cosa.
Dos cosas a la vez, tirando cada una hacia su lado. Las dos verdaderas. Y yo en medio, en el brocal de un pozo, sin saber qué va a pasar.
Volvieron al atardecer. Lo supe por el cuerno y por cómo se vació el castillo hacia la puerta.
Conté caballos según entraban, que es lo que se aprende a hacer en estos sitios, y conté veinte, los mismos que salieron, aunque dos venían heridos y uno colgaba algo del hombro que goteaba. Pero veinte. Habían vuelto los veinte.
Alasdair entró el último, sucio, con una brecha en la frente que ya no sangraba y una cara de cansancio que pesaba toneladas, pero entero.
Echó pie a tierra, repartió órdenes, comprobó a los heridos.
Y cuando levantó la vista y me encontró en la puerta de la sala, con su broche de hierro todavía prendido en mi chal porque no me lo había quitado en todo el día, algo en él se aflojó, una tensión que se le fue de golpe de los hombros al verme allí.
—Veinte —dije, acercándome—. Has traído veinte.
—Veinte. —Se tocó la brecha de la frente con dos dedos, restándole importancia—.
Eachann quería volver con treinta cabezas y media docena de Drummond muertos.
He tenido que pararle la mano dos veces.
La incursión salió como tenía que salir.
Recuperamos lo nuestro, dejamos claro lo que había que dejar claro, y nadie murió.
Por hoy. —Bajó la voz, solo para mí—. Por hoy he ganado yo.
Pero Eachann ha vuelto más rabioso que se fue, porque le he quitado su matanza delante de los hombres.
Esto no se ha acabado, Esther. Solo se ha aplazado.
—Lo sé. Pero hoy has vuelto. —Le tendí el broche, que pesaba en mi mano más de lo que pesa el hierro—. Toma. Tu hierro. No me ha hecho falta enseñárselo a nadie.
Lo miró en mi mano. Y en lugar de cogerlo, me cerró los dedos otra vez por encima, igual que por la mañana, con esa torpeza suya de hombre que no sabe hacer estas cosas y aun así las hace.
—Quédatelo de momento —dijo—. Por si acaso. Mientras Eachann respire bajo este techo, prefiero que tengas algo mío que te respalde. —Y antes de irse a que el del pantano le cosiera la frente, añadió, sin mirarme, que era su manera—: Y porque te queda bien.
Se fue hacia la sala de curas. Y yo me quedé en la puerta con el broche en la mano, sin saber si reírme o preocuparme, dándome cuenta de que aquella tarde me había pasado horas en el fondo de un pozo intentando volver a mi mundo, y que cuando ese hombre cruzó la puerta entero me había olvidado del pozo por completo.
Las dos cosas seguían ahí. Tirando cada una para su lado. Pero esa noche, lo reconozco, una tiraba más fuerte que la otra, y no era la del pozo.