Como salvar a un highlander CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El consejo se reunió al mediodía, después de enterrar a los dos muertos, y esta vez no me mandaron fregar cazuelas al otro lado del tabique. Esta vez mandaron a buscarme para meterme dentro, que era mucho peor.

Vino el armario empotrado de la derecha, el del pilón, que desde lo del crío de Una me trataba con un respeto incómodo, y me dijo que el señor requería mi presencia en la sala. Por la cara que traía supe que no era para nada bueno.

—Eachann te ha nombrado en el consejo —me adelantó Beathag mientras me anudaba el chal con dedos nerviosos—. No sé qué trama, pero ten la lengua quieta, criatura, por una vez en tu vida. Hoy no es día de tus ocurrencias. Hoy te juegas el cuello.

La sala estaba llena. Los hombres del clan en bancos, los jefes de las familias delante, Alasdair en la cabecera con cara de no haber dormido, y Eachann de pie, dueño del centro como siempre.

Me colocaron junto a la pared, a la vista de todos, igual que se coloca a un acusado, que era exactamente lo que era.

—Aquí está —dijo Eachann, señalándome, en cuanto entré—.

Bien. Porque no se puede hablar de la guerra sin hablar de ella.

—Se volvió hacia el consejo—. Hermanos, lloramos a dos hombres degollados como ovejas.

Pedimos respuesta, y es justo. Pero antes de cruzar el vado os pregunto una cosa.

¿Con qué cabeza cruza un clan a la guerra cuando su señor está embrujado?

¿Cuando duda, cuando se ablanda, cuando prefiere el rincón de una forastera a la sangre de los suyos?

—Me miró, midiendo el golpe—. Yo digo que no podemos pelear con limpieza mientras esta mujer respire en nuestra casa.

Echadla, o entregadla a los Drummond, o haced lo que se hace con las brujas.

Pero limpiad la casa antes de la guerra.

Lo demás es ir al matadero con el enemigo dentro y fuera.

Hubo un murmullo, pero no el rugido del patio de la noche anterior.

Algo había cambiado, y tardé un momento en entender qué.

Eachann tenía ganada la guerra, sí, pero la otra parte de su jugada, la mía, ya no prendía igual, porque demasiada gente de aquella sala había visto cosas con sus propios ojos en las últimas semanas.

Alasdair fue a hablar, y supe que iba a defenderme con alguna de sus maniobras frías, alguna cuestión de autoridad o de propiedad, y supe también que esta vez no le iba a servir, porque defenderme él era darle a Eachann la prueba que buscaba.

Pero antes de que Alasdair abriera la boca, se levantó alguien del fondo.

Fue Una. La madre del crío. Una mujer que tres semanas antes no se atrevía a mirarme y que ahora se puso de pie en mitad de un consejo de hombres, que ya era una osadía, con el niño salvado en la cadera.

—Yo tenía a mi hijo muriéndose en los brazos —dijo, con la voz temblando, pero sin callarse—.

Convulsionando, con los ojos en blanco, espuma en la boca.

Vosotros lo visteis, los que estabais. Y dijisteis que era un demonio.

Y esta mujer me lo devolvió. No con un demonio peor, como decís ahora.

Con paños de agua fría y con las manos. Me lo devolvió llorando, vivo.

Si eso es brujería, entonces que Dios me mande más brujas, porque vuestros curanderos lo único que sabían hacer era santiguarse mientras se me moría el crío.

Se sentó. Y antes de que Eachann pudiera recomponer el aire, se levantó el herrero, el padre de Tam, grande y tiznado, y habló sin pedir turno.

—A mi hijo mayor lo trajeron de la frontera mudo y muerto en vida.

Ocho días sin comer ni hablar. Esta mujer lo sentó, le escuchó, y al día siguiente mi hijo me pidió el desayuno.

—Miró a Eachann de frente—. Tú no estabas, primo del señor.

Tú andabas reclutando por el sur, contando batallas bonitas.

Los que estábamos aquí cuando nuestros hijos se rompían, la vimos recogerlos.

Llámala bruja si quieres. En mi fragua, es la sabia, y al que la toque le va a hacer falta otro herrero.

Se sentó él también. Y detrás se levantó otro, uno de los que volvieron heridos del primer ataque, que contó cómo lo había sacado del pánico a base de hacerlo respirar como si oliera el pan.

Y otro. Y la cosa, que Eachann había montado como un juicio contra la bruja, se le estaba dando la vuelta en la sala, porque resulta que las semanas que yo llevaba escuchando a aquella gente no se habían perdido en el aire.

La gente se acordaba. Y la gente, cuando se acuerda de quién la recogió, no se la convence tan fácil de quemarla.

Alasdair dejó que hablaran todos los que quisieron hablar, sin meterse, que fue lo más inteligente que pudo hacer, porque la defensa que valía no era la suya, era la de ellos. Cuando se acabaron las voces, tomó la palabra él, y la tomó despacio.

—Habéis oído a vuestra propia gente —dijo—.

No a vuestro señor, que Eachann diría que habla embrujado.

A vuestras mujeres y a vuestros hijos. La sabia se queda.

El que crea que estoy embrujado, que coja una espada y baje al patio conmigo cuando guste, y comprobamos juntos cómo de blando estoy.

—Barrió la sala con la mirada, y nadie cogió ninguna espada—.

Eso queda zanjado. Y ahora hablemos de lo que de verdad importa hoy, que es la guerra, y dejad a la mujer en paz, que bastante tenemos.

Eachann había perdido esa mano, y lo encajó con una sonrisa que no le llegó a ninguna parte. Pero era listo, y en lugar de insistir en lo perdido, cargó todo su peso en lo que sí tenía ganado.

—Sea —concedió—. La sabia se queda. Pero los muertos siguen muertos, y el recado de los Drummond sigue clavado en la puerta. ¿Cruzamos el vado o no, señor? Porque tu gente, embrujado o no, lo que quiere saber es eso.

Y ahí Alasdair tuvo que jugar su única carta buena, la que llevaba toda la mañana preparando. No dijo que sí a la guerra abierta, que era el matadero, ni dijo que no, que era perder al clan. Dijo otra cosa.

—Cruzamos —concedió, y la sala rugió de aprobación antes de que terminara—.

Pero no a ciegas y no para empezar una guerra que nos entierre a todos.

Cruzamos una vez, con hombres escogidos, recuperamos lo que es nuestro del cruce y dejamos a los Drummond un recado igual de claro que el suyo, para que sepan que la afrenta se paga.

Una respuesta, medida, que duela y que pare.

Y la dirijo yo. No para vengar más de la cuenta. Para que el que vaya, vuelva.

Era prudencia disfrazada de venganza, y le funcionó porque le dio a la gente sangre suficiente para calmar la herida sin abrir la guerra grande.

Eachann lo aceptó, porque negarse habría sido quedar como el que quería más muertos de los necesarios.

Pero al aceptar, hizo su última jugada, y fue la peor de todas.

—Bien hablado, primo —dijo—. Una respuesta medida. Y yo iré contigo a darla. Que nadie diga que el consejo manda y se queda en casa. —Sonrió—. Codo con codo, los dos, como debe ser.

Y con eso, Alasdair se quedó atrapado, porque negarle a Eachann ir a la incursión era reconocer que no se fiaba de él delante del clan, y llevarlo era meter al lobo en la misma partida de la que dependían vidas. Lo vi aceptar con la cara quieta, sabiendo lo que aceptaba.

Salí de aquella sala viva, con la sabia confirmada en su puesto y a Eachann derrotado en lo mío.

Pero no me alegré ni medio, porque acababa de ver a Alasdair ganar la batalla pequeña y perder la grande en el mismo movimiento.

Iba a cruzar el vado con su peor enemigo a la espalda, a una incursión de la que dependía que la guerra grande no empezara, y con Eachann buscando justo lo contrario, que empezara.

Lo alcancé en el pasillo, cuando ya se iba a preparar a los hombres.

—No lo lleves —le dije, bajito—. A Eachann. Va a hacer que aquello se descontrole. Lo va a buscar.

—Lo sé.

—¿Y entonces?

—Entonces voy a tener que vigilar al enemigo que tengo detrás más que al que tengo delante.

—Se detuvo, y por un momento dejó caer la cara de jefe—.

Si me pasa algo en el vado, Esther, el clan se lo queda Eachann.

Y entonces sí habrá guerra grande, y entonces a ti no te salva ni Una ni el herrero.

Así que reza, si rezas, por que vuelva. No por mí. Por todos.

Se fue a preparar la incursión, y a mí me dejó en el pasillo con el cuerpo frío.

Caí entonces en algo que no me había pasado desde el pozo: ya no andaba pensando en volver a mi siglo ni en buscar la manera.

Pensaba en que un hombre cruzara un vado y volviera.

Y eso, lo mirara como lo mirara, ya no había forma de tacharlo.