Como salvar a un highlander CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La paz que me había ganado salvando al crío de Una duró nueve días. La rompieron los Drummond, y la rompieron a propósito.

Una partida del clan había bajado a comerciar lana al cruce de los dos ríos, que era terreno de nadie y por costumbre se respetaba, un sitio donde las dos familias se odiaban pero hacían negocios porque comer hay que comer aunque sea con el enemigo.

Iban seis hombres, desarmados como mandaba la costumbre del cruce, y entre ellos iba Domhnall, el muchacho al que yo había sacado del pozo de su propio miedo el día que murió Coll.

Volvieron tres.

Los Drummond los habían esperado escondidos en el vado, los habían cogido sin armas y sin aviso, y habían matado a dos en el sitio.

Al tercero lo trajeron muerto sus compañeros, atravesado en un caballo.

Y a Domhnall lo trajeron vivo de milagro, con un tajo en el costado que le había abierto la carne hasta el hueso, perdiendo sangre por el camino, blanco como la cal.

Lo peor no fue eso. Lo peor fue el recado.

Antes de marcharse, los Drummond le habían colgado al muerto un trapo al cuello con un mensaje pintado, y aunque la mayoría del clan no sabía leer, alguien lo leyó en voz alta en mitad del patio cuando trajeron los cuerpos, y la frase corrió por el castillo como el fuego por la paja seca.

Decía que aquello era por las cabezas de ganado del verano, y que en el cruce ya no se comerciaba, que en el cruce a partir de ahora se cobraba.

Habían matado a hombres desarmados en terreno de paz, y encima lo firmaban. No era un robo que se pudiera tragar. Era una bofetada en la cara de todo el clan.

A Domhnall lo metimos en la sala donde el curandero trabajaba, y esta vez el del pantano y yo trabajamos juntos sin disputarnos el sitio, él cosiendo la carne con sus agujas de hueso y yo sujetando al muchacho, hablándole bajo, manteniéndolo despierto y quieto mientras lo cosían en vivo, que era la única manera de coserlo.

Domhnall me reconoció entre la fiebre y se agarró a mi mano como se había agarrado al recuerdo de Coll aquella otra noche.

—Otra vez tú —musitó, intentando sonreír y sin conseguirlo del todo.

—Otra vez yo. Parece que te has empeñado en darme trabajo, hijo. Aprieta mi mano, no la sueltes, mírame a mí y no mires lo que te hace el curandero. Cuéntame cómo se llama tu perro.

—No tengo perro.

—Pues invéntate uno y cuéntamelo, que necesito que hables.

Habló. De un perro inventado, de su madre, de una chica del valle que le gustaba, de cualquier cosa, mientras lo cosían, hasta que el curandero terminó y el muchacho se desmayó del dolor y del agotamiento, que a esas alturas era lo mejor que podía pasarle.

Sobreviviría, dijo el del pantano, si no se le pudría la herida.

Salí de aquella sala con las manos manchadas y el corazón en otro sitio, y me encontré el castillo convertido en un avispero.

Los hombres gritaban en el patio. Las mujeres lloraban a los dos muertos.

Y en medio de todo, subido otra vez a algo, esta vez a un carro, estaba Eachann, y esta vez no tenía que envenenar nada, porque los Drummond le habían hecho el trabajo gratis.

—¡Hombres desarmados! —rugía—. ¡En el cruce de paz!

¡Y lo firman, se ríen de nosotros, nos dicen a la cara que vengan a por más!

¿Qué más necesitamos? ¿A cuántos más tenemos que enterrar mientras se debate y se duda y se espera?

¡Yo digo que mañana cruzamos el vado y les enseñamos lo que cobramos nosotros!

El patio entero rugió con él. Y esta vez no eran solo los jóvenes.

Esta vez eran los padres de los muertos, los hermanos, los hombres serenos que hasta entonces habían dado la razón a Alasdair por lo bajo.

El agravio era tan claro, tan sucio, tan imposible de tragar, que la prudencia del señor ya no parecía sabiduría, sino cobardía o brujería, y Eachann lo sabía y se crecía.

Alasdair apareció en lo alto de la escalera del torreón, y el patio se volvió hacia él esperando que diera la orden que todos pedían.

Lo miré desde la puerta de la sala de los heridos, con las manos todavía rojas de Domhnall, y vi a un hombre acorralado.

Porque Alasdair sabía lo que yo no sabía aún, que cruzar ese vado a sangre y fuego significaba que los Drummond cruzarían el suyo, y que de aquello no salían dos muertos sino veinte, y luego cuarenta, y luego no quedaba nadie para acordarse del agravio del cruce.

Pero también sabía que negarse aquella tarde, con dos cadáveres en el patio y un recado escupiéndoles en la cara, era perder el clan para siempre y entregárselo a Eachann atado de pies y manos.

—Mañana —dijo Alasdair, y su voz cortó el griterío—.

Mañana se reúne el consejo y se decide la respuesta.

Esta noche se vela a los muertos. No voy a mandar a más hombres al vado de noche, a ciegas y rabiosos, para que mañana velemos a seis en vez de a dos.

El que quiera vengar a los nuestros lo hará bien, con cabeza, o no lo hará conmigo.

Era lo único sensato, y por eso convenció a medias, porque la gente rabiosa no quiere lo sensato, quiere sangre que le calme la herida.

Eachann bajó del carro sin discutir, y eso me dio mala espina, porque Eachann discutía siempre, y que no discutiera significaba que ya tenía ganada la partida de mañana y prefería guardarse las fuerzas.

Esa noche, mientras el clan velaba a sus muertos en la sala grande con cánticos que me erizaban la piel, salí a la muralla a respirar, porque la pena de tanta gente junta pesa demasiado para aguantarla dentro.

Alasdair estaba allí. Empezaba a ser nuestro sitio, aquel trozo de muro de cara al este, y no creo que ninguno de los dos lo hubiera elegido aposta.

—Mañana vas a tener que decir que sí a la guerra —dije, poniéndome a su lado—. ¿Verdad?

—Mañana voy a tener que elegir entre dos maneras de perder a mi gente.

—Tenía la vista clavada en la oscuridad, hacia las tierras Drummond—.

Si digo que no, Eachann me quita el clan y la guerra la harán igual, peor, sin nadie que les frene la mano.

Si digo que sí, los llevo yo mismo al matadero, pero al menos los llevo de forma que vuelvan algunos.

No hay una puerta buena. Solo hay dos malas, y me toca escoger por cuál entierro a menos.

—¿Y nunca ha habido otra puerta? ¿En cuatro generaciones, nadie de los dos lados se ha sentado a hablar de por qué se matan?

Me miró como si hubiera dicho la mayor tontería de la noche, y a lo mejor lo era.

—¿Sentarse a hablar? —repitió—. Esther, los Drummond acaban de degollar a dos hombres desarmados en terreno de paz y lo han firmado con sangre. Con esa gente no se habla. A esa gente se la para o te para a ti.

Tenía razón en lo inmediato, y me callé lo que estaba pensando, porque no era ni el momento ni el lugar.

Pero llevaba semanas escuchando a aquel clan, escuchando a sus muertos, a sus viudas, a sus hombres rabiosos, y empezaba a oír debajo de todo el ruido una cosa que nadie nombraba.

Que los dos clanes llevaban tanto tiempo matándose que ya nadie peleaba por el ganado ni por las fronteras.

Peleaban por sus muertos. Cada uno vengaba a los suyos en los del otro, y los del otro vengaban en los suyos, en una rueda que giraba sola desde hacía cuatro generaciones y que ya no necesitaba ningún motivo nuevo, porque se alimentaba de su propio dolor.

Y el dolor, eso sí lo sabía yo, el dolor que no se nombra es lo único que no se cura nunca.

No dije nada de eso. Solo me quedé un rato más al lado de Alasdair, mirando con él la oscuridad de donde vendría la guerra, antes de bajar a ayudar a velar a unos muertos que no había llegado a conocer.

—Esther. —Me detuvo cuando ya me iba—. Lo que has hecho hoy con Domhnall. Mantenerlo despierto, hacerle hablar del perro. —Buscó las palabras y, como siempre, eligió las más pequeñas—. Gracias. Otra vez. Es lo único bueno que ha pasado hoy.

—Va a vivir, Alasdair. Es un cabezota. Como su señor.

Esta vez no se le escapó ningún amago de risa. Tenía a dos hombres muertos en el patio y una guerra en la mano. Pero asintió, despacio, y me dejó marchar.