Como salvar a un highlander CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La mañana siguiente al baile amanecí con la cabeza como un tambor y el clan tratándome como si oliera a azufre.

No fue nada que dijeran. Fue cómo dejaron de decir.

La mujer que me saludaba al pasar bajó la vista.

El crío que me traía el agua la dejó en la puerta sin asomarse.

En la mesa del desayuno, los huecos a mi lado se quedaron vacíos, y comí sola un potaje que me supo a derrota.

Eachann había hecho un buen trabajo con una sola frase y una risa bien colocada.

Ya no era la sabia que cura. Era la mujer del rincón que le sorbe el seso al señor mientras el clan baila hacia su tumba.

—No salgas hoy más de lo necesario —me avisó Beathag, plantándome el cuenco delante—. Cuando la gente se asusta, mira a quién culpar. Y tú llevas una semana señalada por el dedo de Eachann.

—Yo no le he hecho nada a nadie.

—Eso da igual, criatura. Cuando muere el ganado o se pierde una cosecha o un crío amanece con fiebre, alguien tiene que tener la culpa, porque pensar que las cosas pasan porque sí es lo que de verdad no se aguanta. Y tú eres lo nuevo. Lo nuevo siempre tiene la culpa.

Resultó profeta sin saberlo, porque a media tarde la culpa vino a buscarme.

Llegó corriendo a la cocina una mujer joven, descompuesta, con el pañuelo medio caído y la voz rota de gritar.

Era la mujer del herrero, la madre de Tam, y traía en brazos a su hijo pequeño, un crío de tres o cuatro años que tenía el cuerpecillo arqueado hacia atrás, los miembros sacudiéndose solos, los ojos en blanco y los labios apretados con una espuma fina en la comisura.

La mujer lo sujetaba sin saber qué hacer, llorando, pidiéndole al niño que parara, que volviera, que no se fuera.

Detrás de ella entró media casa, atraída por los gritos, y detrás de la media casa, cómo no, Eachann, que olía una desgracia a tres valles de distancia.

Al niño lo conocía. Era una convulsión por fiebre, de las que les dan a los críos pequeños cuando la calentura les sube de golpe, y que a quien no las ha visto le parecen el fin del mundo.

En mi siglo es una urgencia que asusta mucho y mata poco, que pasa sola en un par de minutos y que se trata bajando la fiebre y cuidando de que el crío no se haga daño mientras dura.

En aquella cocina, rodeada de gente que veía a un niño retorciéndose con los ojos en blanco y espuma en la boca, no era una convulsión febril.

Era un demonio. Y todos sabían quién traía demonios a aquella casa.

—¡Es ella! —La voz salió del fondo, de uno de los hombres de Eachann—. ¡Anoche estuvo cerca del crío en el baile! ¡Lo ha embrujado!

La madre, en su pánico, me miró con una duda atroz, apretando al niño contra ella, sin saber si tendérmelo o protegerlo de mí.

Y ese medio segundo de duda, con el crío convulsionando en sus brazos y el tiempo corriendo, es lo más cerca que he estado de perder los nervios en aquel siglo.

Porque si la madre me lo negaba por miedo, el niño se hacía daño o se ahogaba con su propia saliva delante de todos, y entonces sí que tendrían su bruja, una que mata críos, y a esas no se las negocia un año de plazo, a esas se las quema.

Así que no pedí permiso ni di explicaciones. Le hablé a la madre con la voz más firme y más serena que pude sacar, esa que aprendí a poner en las urgencias de verdad, la que no deja hueco a la duda porque la duda mata.

—Dámelo. Túmbalo de lado, aquí, en el suelo, sobre la manta. No lo sujetes, no le metas nada en la boca, déjalo que se mueva. Confía en mí cinco minutos. Si dentro de cinco minutos tu hijo está peor, me entregas a quien quieras y no me defiendo. Pero dámelo ahora.

No sé qué la decidió. Quizá que una madre, cuando se le muere un hijo en los brazos, prefiere la mano que se ofrece a la que se queda mirando.

Lo tumbó de costado sobre la manta. Yo me arrodillé al lado, le sostuve la cabecita para que no se golpeara contra el suelo, le aflojé las ropas, le aparté la espuma de la boca, y lo único que hice fue lo que se hace, que es acompañar, proteger y esperar, mientras le pedía a Beathag paños mojados en agua fría para el cuello y las ingles.

—Está caliente como una brasa —dije—. No tiene ningún demonio. Tiene la fiebre disparada, y el cuerpo, cuando un crío tan pequeño se calienta tan deprisa, hace esto. Da miedo, pero no se está muriendo. Se le pasa solo. Lo que lo mataría sería sujetarlo a la fuerza o no bajarle la fiebre.

Lo dije en voz alta, para el niño y para los treinta pares de ojos que tenía detrás. Eachann, junto a la puerta, esperaba como esperan los buitres, convencido de que el crío iba a empeorar y de que la madre acababa de entregarle a su hijo a la bruja delante de testigos.

El niño convulsionó unos segundos más, eternos para la madre y para mí, y luego, despacio, el cuerpecillo dejó de sacudirse, las extremidades se aflojaron y la respiración se le volvió pesada y profunda, la de un crío agotado que cae rendido.

Le seguí poniendo los paños. Le cogí la mano.

Y al poco, el niño abrió los ojos, desorientado, buscó a su madre con la mirada y se echó a llorar, ese llanto normal, fuerte y rabioso de un crío que se despierta sin saber dónde está.

El llanto de un niño que llora es el sonido más limpio del mundo cuando un momento antes pensabas que se moría.

La madre se abalanzó sobre él, lo levantó, lo apretó, lo llenó de besos, y entre los besos me miró con una cara que ya no tenía nada de duda.

La cocina entera soltó el aire a la vez.

Y yo, todavía de rodillas en el suelo, con las manos mojadas y temblando ahora que ya podía permitírmelo, levanté la vista hacia la puerta para mirar a Eachann.

No estaba. Se había escabullido en cuanto el crío rompió a llorar, porque su buitre se había quedado sin carroña y a un buitre sin carroña no le gusta que lo vean.

Pero en su lugar, en el hueco de la puerta, estaba Alasdair.

No sé cuánto llevaba allí. El tiempo suficiente para haberlo visto todo, desde la duda de la madre hasta el llanto del niño, sin haber dado un paso, porque sabía que si el señor del clan entraba a defender a la sabia mientras un crío convulsionaba, lo convertía en lo que Eachann decía.

Se había quedado en la puerta, conteniéndose, dejándome hacer, jugándoselo todo a que yo supiera lo que hacía.

Me sostuvo la mirada un momento. No dijo nada delante de la gente. Pero antes de irse, hizo algo que valió por un discurso: se acercó a la madre, le puso una mano en el hombro al niño que lloraba, y dijo, lo bastante alto para que toda la cocina lo oyera:

—La sabia ha salvado al pequeño de Una. Que no lo olvide nadie. —Y miró un instante hacia el hueco vacío de la puerta por donde se había ido su primo—. Y que se lo recuerde a quien haga falta.

Se fue. La madre se quedó meciendo al crío, las mujeres se acercaron a tocarlo y a darle gracias a Dios, y a mí me trajeron agua y un sitio para sentarme y media docena de manos que un rato antes no me querían rozar.

Beathag me retiró los paños mojados sin decir nada, pero al pasar me apretó el hombro con una fuerza que en ella era un abrazo.

Esa noche me costó dormir, y no por la fiesta.

Me costó porque entendí dos cosas a la vez.

La primera, que acababa de ganarle a Eachann un asalto importante, de los que se cuentan durante meses.

La segunda, más incómoda, que Alasdair se había quedado en la puerta jugándose el crío, el clan y mi cuello a una sola carta, que era yo.

Había confiado en que yo supiera. A ciegas. Con un niño de por medio.