Como salvar a un highlander CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La fiesta de la cosecha llegó a finales de octubre, y yo, que pensaba pasarla pegada a una pared, terminé siendo el espectáculo de la noche por culpa de dos cosas: el aguardiente y mi soberbia.

Beathag me avisó. Me lo dijo bien claro mientras me peinaba a tirones con un peine de hueso que parecía un instrumento de tortura.

—El uisge beatha no es vino, niña. Tú te crees que sabes beber porque vienes de muy lejos. No sabes beber esto. Un dedo. Te bebes un dedo y te paras.

—Beathag, he sobrevivido a las cenas de Navidad de mi familia. Sé beber.

—Allá tú.

El error fue creerme más lista que Beathag, que es un error que llevo cometiendo desde que la conozco y que nunca me sale bien.

El aguardiente del clan sabía a turba, a humo y a una pelea de bar, y bajaba engañoso, calentito, como si no fuera nada.

El primer cuenco me lo tomé por educación.

El segundo, porque el primero ya me había convencido de que aquello era prácticamente un zumo.

Para el tercero, el patio del castillo, la hoguera, los gaiteros y la cara de todos los presentes habían adquirido una textura suave y agradable que la realidad no suele tener.

Y entonces empezó el baile.

Era uno de esos bailes en círculo, con la gente cogida de las manos girando primero hacia un lado y luego hacia otro, con pasos que el cuerpo entero del clan se sabía de memoria desde la cuna y que yo no me sabía de nada.

Tam, que andaba ya recuperado y feliz, me agarró de la mano antes de que pudiera escabullirme.

—¡Esther, ven!

—Tam, hijo, yo de esto no…

No me dejó terminar. Me arrastró al círculo, me puso una mano en cada lado, y la rueda empezó a girar.

Los primeros cuatro pasos los aguanté. En el quinto, el círculo cambió de dirección sin avisarme y yo seguí en la antigua, con lo que choqué de costado con una mujer enorme que me devolvió al sitio de un empujón cariñoso pero contundente.

Recolocada, intenté coger el ritmo, y justo cuando creía haberlo cogido, los gaiteros aceleraron, porque por lo visto en mitad de estos bailes los gaiteros aceleran para divertirse a costa de los novatos, y la rueda entera se lanzó a girar al doble de velocidad arrastrándome con ella.

Ahí ya fue todo cuesta abajo. Las piernas se me cruzaron, el aguardiente decidió que era buen momento para recordarme que estaba presente, solté la mano de Tam para no llevármelo conmigo, y salí despedida del círculo como una piedra de una honda, derecha hacia las mesas.

No llegué a las mesas. Choqué contra algo grande y sólido que estaba plantado al borde del baile mirando, y ese algo me sujetó por los brazos antes de que me comiera el suelo del patio delante del clan en pleno.

Alasdair. Cómo no.

—Tres —dijo, sosteniéndome mientras el patio entero giraba a mi alrededor más despacio de lo que me habría gustado—. El pozo, el árbol y ahora esto. Empiezo a pensar que lo haces a propósito.

—Es el aguardiente —dije, con una dignidad que no engañaba a nadie—. Y el círculo, que cambia de dirección sin avisar. Es una trampa. Lo habéis montado para reíros de los forasteros.

—Puede.

Me enderezó, comprobó que me sostenía sola, y me soltó.

La gente se reía, pero con buena leche, no con la mala de Eachann, y un par de mujeres me jalearon como si haberme estrellado fuera parte del espectáculo.

Tam me trajo agua con una culpa que daba pena verla.

Y yo, mareada y colorada, decidí que mi carrera en el baile escocés había empezado y terminado en la misma noche.

Salí del corro a tomar el aire al borde del patio, donde la hoguera ya no calentaba y se veían las estrellas. A los pocos minutos llegó él, con dos cuencos, y me tendió uno.

—No es aguardiente —aclaró, antes de que pusiera cara—. Es agua. Bébela despacio, que mañana lo vas a agradecer.

Bebí. Nos quedamos los dos al margen de la fiesta, mirando bailar a su gente, él con esa manera de estar presente y aparte a la vez que tenía siempre, como si vigilara una alegría que no se permitía del todo.

—No bailas —dije.

—El señor del clan baila el día de su boda y el día que entierra a su padre. El resto del año mira. —Lo dijo sin pena, igual que contaba todo lo suyo, dejándolo caer y siguiendo—. Es lo que toca.

—Eso es muy triste, Alasdair.

—Es lo que hay. —Se encogió de hombros, y la conversación habría muerto ahí, pero añadió algo, más bajo, sin mirarme, hablándole a la hoguera—: Aunque hoy, viéndote a ti chocar contra todo el mundo, me han dado ganas de probar. Por ver si lo hago peor que tú. Que ya sería difícil.

Me reí. Se me escapó la risa de golpe, fea y sincera, la primera de verdad que me salía en aquel siglo, y él me miró de lado con ese amago que ya le conocía, satisfecho de haberla provocado.

Por un momento, los dos al margen de la fiesta, con el agua en la mano y la guasa flotando entre los dos, se estaba bien. Mejor que bien.

El que se encargó de estropearlo fue Eachann, naturalmente.

Lo vi subirse a un banco junto a la hoguera, cuenco en alto, reclamando atención con esa facilidad suya para ocupar el centro de cualquier sitio. Los gaiteros pararon y la gente se volvió hacia él.

—¡Por la cosecha! —brindó, y todos brindaron—.

¡Y por los hombres que no han llegado a verla!

¡Por Coll, que enterramos este mes, muerto por el acero de los Drummond mientras nosotros bailamos!

—La fiesta entera bajó el tono. Eachann sabía leer una multitud—.

Brindemos esta noche. Pero recordemos mañana, cuando despierte la cabeza, que mientras nosotros celebramos, ellos afilan.

Y que un clan que baila más de lo que pelea acaba bailando en su propio entierro.

Hubo un murmullo de aprobación entre los más jóvenes, golpes de cuenco en las mesas, alguna voz pidiendo guerra ya.

Eachann buscó a su primo con la mirada por encima de las cabezas, encontró a Alasdair a mi lado, al margen, con su cuenco de agua, y dejó que todo el clan nos viera juntos antes de bajar del banco.

—Aunque ya veo que el señor tiene la cabeza en otra cosa esta noche —añadió, ligero, casi cariñoso, señalándonos con el cuenco—. No le culpo. La sabia hace mejor compañía que un viejo guerrero muerto.

La risa que soltaron algunos fue peor que un insulto, porque venía con su parte de verdad y todo el mundo la oyó.

Sentí cómo decenas de caras se volvían hacia nosotros, hacia el rincón, hacia el cuenco de agua de Alasdair y la manta de la sabia borracha, y entendí lo que Eachann acababa de hacer con una sola frase: convertir el que estuviéramos juntos al margen en la prueba de todo lo que llevaba semanas insinuando.

El jefe ablandado. La bruja susurrándole.

El clan bailando hacia su entierro mientras el señor coqueteaba en una esquina.

Noté a Alasdair endurecerse a mi lado sin moverse apenas. Y supe, antes de que diera un paso, que iba a alejarse de mí delante de todos, no porque quisiera, sino porque era lo único que le dejaba hacer su primo.

Dejó el cuenco en el muro.

—Tengo que entrar —dijo—. Si no respondo a eso ahora mismo, mañana lo cuentan como que el señor prefirió quedarse con la sabia en un rincón a defender la memoria de Coll.

—Ve.

Dio dos pasos hacia la hoguera y se volvió a medias.

—Lo de las ganas de bailar peor que tú —dijo, en voz baja, solo para mí—. No lo digas. Que tengo una reputación que sostener y tú una lengua muy larga.

Y se fue a recuperar a su clan de las manos de su primo, dejándome al borde del patio con el cuenco de agua, la cabeza dándome vueltas por el aguardiente y la confirmación de que aquella noche, entre choque y choque, Alasdair Mór me había hecho reír a propósito.

Beathag apareció a mi lado con una manta que me echó por los hombros sin que se la pidiera.

—Un dedo, te dije. —Me miró la cara—. Aunque, por la sonrisa de boba que traes, no sé yo si ha sido el aguardiente.

—Cállate y dame la manta entera, anda.

Me la dio. Y nos quedamos las dos viendo a Alasdair plantarle cara a Eachann delante de la hoguera, recuperando con cuatro frases secas lo que su primo había envenenado con un brindis bonito, mientras yo, debajo de la manta, intentaba que no se me notara tanto lo que ya empezaba a notárseme demasiado.