Como salvar a un highlander CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

A partir de la noche de las brasas algo cambió entre nosotros, y lo malo es que cambió justo en la dirección que menos me convenía.

Antes, cuando Alasdair entraba en una sala, yo lo registraba como se registra un mueble grande: ahí está, ocupa espacio, mejor no chocarse.

Ahora lo registraba de otra manera. Sabía cuándo entraba sin necesidad de mirar la puerta, porque la conversación de la sala bajaba medio tono y los hombres se enderezaban.

Sabía distinguir su pisada de la de cualquier otro.

Y, lo que era más fastidioso, había empezado a fijarme en cosas que no tenían ninguna utilidad clínica ni de supervivencia, como la manera en que se remangaba los antebrazos para partir leña, o el gesto que hacía con la mano izquierda cuando pensaba algo que no iba a decir.

Esto, en mi profesión, tiene nombre y es mala señal. Pero como ya no me quedaba profesión, ni colegio que me retirara la licencia, decidí llamarlo cansancio y mirar para otro lado.

Mirar para otro lado duró lo que duran estas cosas, que es nada.

Fue en el río. Beathag me mandó a lavar ropa con las otras mujeres, que era una de las pocas tareas en las que ya no hacía el ridículo del todo, y de vuelta, cargada con el cesto mojado que pesaba el doble que el seco, me crucé con Alasdair y dos de sus hombres que volvían de entrenar a caballo. Los hombres siguieron. Él se paró.

—Pesa eso —dijo, mirando el cesto.

—Pesa. Pero lo llevo yo, no vaya a ser que alguien diga que el señor del clan acarrea coladas por mí y a Eachann le dé un soponcio de la alegría.

Se le movió algo en la comisura, ese amago que ya le había visto en el huerto y que cada vez le costaba más esconder.

—Dame el cesto.

—Que no, hombre, que estamos en mitad del camino y nos ve med…

No me dejó terminar. Me quitó el cesto de las manos de un tirón suave, y al hacerlo sus dedos rozaron los míos un momento más largo de lo que hacía falta para coger un asa, y los dos lo notamos, y los dos hicimos como que no, que es lo que se hace.

Cargó el cesto sobre un hombro como si llevara dentro plumas en vez de lana empapada y echó a andar hacia el castillo, dejándome el detalle de que un hombre que no quería que lo vieran conmigo en público acababa de cogerme la colada en mitad del camino más transitado del valle.

Lo alcancé.

—Te van a ver.

—Dirán que confisco bienes sospechosos de una prisionera. —Lo dijo sin mirarme, con la vista al frente, pero lo dijo, y era casi una broma, y casi una broma en Alasdair valía por un chiste entero de cualquier otro.

Caminamos un trecho sin hablar, él con mi cesto, yo con las manos vacías sin saber muy bien qué hacer con ellas.

El camino subía, y al subir él se cambió el cesto de hombro y se remangó la camisa por el calor, y yo, que iba a su lado, me encontré mirándole el antebrazo, la cicatriz vieja que le cruzaba la piel y la manera en que la cuerda del cesto se le tensaba sobre el músculo a cada paso.

Lo miré más de lo que se mira una cicatriz por interés médico.

Lo miré, directamente, como no había mirado a un hombre desde hacía más tiempo del que me apetecía contar, y al darme cuenta, aparté la vista hacia el camino antes de que me pillara, con el corazón haciendo cosas que no le había pedido que hiciera.

—¿Te duele alguna vez? —pregunté, por decir algo, por tapar lo otro—. La cicatriz del brazo.

—Con el frío. —Ni se miró el brazo—. Me lo rompió un caballo a los catorce. Mi padre me lo entablilló mal a propósito, para que aprendiera a montar el siguiente sin tenerle miedo. —Lo contó sin rencor, como un dato—. Aprendí.

—Eso es una barbaridad.

—Eso es criar a un hijo para esto. —Señaló con la barbilla el valle, las murallas y el mundo entero de espadas y fronteras que le había tocado—. El cariño aquí se gasta poco. No alimenta.

No supe qué contestar, porque otra vez tenía esa manera suya de soltar, de pasada, una herida del tamaño de una casa y seguir andando como si nada.

Así que me callé y seguimos subiendo, y la cosa habría quedado ahí de no ser porque en una piedra suelta resbalé —cómo no— y le agarré el brazo para no caerme, justo el del antebrazo remangado, y mi mano se cerró un momento sobre su piel caliente antes de que ninguno de los dos pudiéramos decidir nada al respecto.

Lo solté enseguida. Él no dijo nada. Pero apretó un poco el paso, lo justo, y a mí me quedó en la palma de la mano la sensación del calor de su brazo durante todo el camino que faltaba, y me costó un esfuerzo de voluntad considerable no quedarme mirándomela como una boba.

Llegamos al castillo y recuperé mi cesto en la puerta de la cocina con un "gracias" más seco de lo que pretendía y me metí dentro a esconder la cara entre los pucheros.

Beathag me miró, miró por la ventana a Alasdair, que se alejaba hacia las cuadras, volvió a mirarme, y soltó un bufido que lo dijo todo sin decir nada.

—No empieces —le advertí.

—No he dicho ni una palabra.

—La estás pensando. Lo sé.

—Pienso lo que me da la gana en mi cocina.

—Removió el caldero—. Pero si quieres que te diga la verdad, niña, ese hombre lleva muchos años sin mirar a nadie.

Ni a las que se le ponían delante a propósito, que ha habido unas cuantas, que un jefe de clan con esos hombros tiene cola.

Y desde que tú caíste del pozo, mira más a la pared por donde tú acabas de pasar que a las mujeres que se le plantan delante.

—Probó el caldo, hizo una mueca, le echó sal—.

Y eso ya no tiene marcha atrás. Eso ya está hecho.

—No hay nada hecho, Beathag. Solo me ha cargado un cesto cuesta arriba.

—Ya. —Me señaló con el cucharón—. Anda, parte el pan, que de tanto disimular se te va a hacer de noche.

Partí el pan. Y mientras lo partía, intentando no pensar en la cicatriz del antebrazo, ni en lo del caballo a los catorce, ni en el calor de su piel que se me había quedado pegado a la mano, me di cuenta de que el problema ya no era que Alasdair no se fiara de mí.

El problema era que empezábamos a fiarnos demasiado.