Como salvar a un highlander CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Coll murió la noche del sexto día, después de haberse aferrado a la vida más de lo que nadie esperaba, y el castillo se quedó en ese ánimo apagado que deja una muerte que se veía venir.

Lo enterraron a la mañana siguiente. Y esa madrugada, sin poder dormir, bajé a la sala grande a sentarme un rato junto a las brasas, porque mi cuarto se había quedado pequeño para todo lo que no me dejaba pegar ojo.

No era solo Coll. Era que llevaba semanas en aquel siglo y aquella noche, no sé por qué, me cayó encima entera la cuenta de todo lo que había perdido.

Mi hermana, que no sabría jamás qué había sido de mí y que iba a pasarse la vida pensando que me había caído a un lago escocés.

Mi piso. El agua caliente saliendo de un grifo sin tener que calentarla en un caldero.

Un café con leche de máquina, malísimo, tomado a las ocho de la mañana mirando el móvil.

Tonterías. Las cosas que una no sabe que quiere hasta que se quedan a doscientos ochenta años de distancia y se vuelven imposibles.

Bajé descalza, con el chal por encima, y me encontré la sala ocupada.

Alasdair estaba sentado en un banco frente al fuego, solo, con un cuenco de algo que no se estaba bebiendo entre las manos. No se sorprendió de verme. Me miró llegar, hizo un gesto mínimo hacia el otro extremo del banco, y volvió a mirar las brasas.

—Tú tampoco duermes —dije, sentándome a la distancia que marcaba el gesto, ni más cerca ni más lejos.

—Las noches de enterrar a alguien, no. —Removió el cuenco sin beber—. Ya te lo dije. Los muertos no te miran de día.

Nos quedamos un rato así, los dos delante del fuego, sin la presión de tener que llenar el aire de palabras.

Y resulta que aquel hombre, que de día era una fortaleza con cicatriz, de madrugada y a la luz de las brasas era más fácil de mirar, menos jefe y más persona, con el pelo suelto y los hombros sin la coraza que se ponía con el sol.

—¿Por qué no duermes tú? —preguntó al rato—. A ti no se te ha muerto nadie.

—Echo de menos mi tierra.

Lo dije sin pensarlo, y en cuanto lo dije supe que había abierto una puerta que llevaba semanas cerrando con llave. Alasdair giró la cabeza y me miró con una atención nueva, esa que pone la gente cuando por fin oye lo que llevaba tiempo queriendo preguntar.

—Tu tierra —repitió, despacio, paladeando las palabras—.

Llevo semanas dándole vueltas a tu tierra.

Hablas nuestra lengua mejor que algunos que han nacido aquí.

No sabes trepar a un árbol ni encender un fuego ni ponerte una falda, cosas que sabe hacer una niña de cinco años.

Curas el alma de la gente con palabras que no había oído nunca y le tienes pánico a una cabra.

—Dejó el cuenco en el suelo—. No conozco ninguna tierra que críe gente así. ¿De dónde vienes, Esther?

Y ahí estaba la pregunta, la de verdad, hecha a las cuatro de la mañana por el único hombre de aquel siglo que me importaba que la respuesta no le diera miedo.

Podía mentirle. Tenía media docena de mentiras preparadas, lo de la mutua, lo de Madrid, lo de Sevilla, países lejanos, mares cruzados.

Pero estaba cansada de mentir, y él acababa de enterrar a un hombre, y los dos estábamos a esa hora en que la guardia se baja sola.

Aun así no se lo dije. No porque no quisiera, sino porque entendí, mirándolo, que decirle la verdad entera aquella noche habría sido cargarle un peso más encima del que ya llevaba, y que un hombre que acaba de enterrar a uno de los suyos no tiene fuerzas para creerse que la mujer que tiene al lado ha caído de un pozo con una profundidad de doscientos ochenta años.

La verdad necesitaba un día mejor que aquel.

Necesitaba que él estuviera entero para sostenerla.

—Vengo de muy lejos —dije, y eso sí era verdad—.

De un sitio donde el agua sale caliente de la pared y nadie casa a las crías de diecisiete años con viudos.

Donde tengo una hermana que ahora mismo me está buscando y no me va a encontrar nunca.

—Se me quebró un poco la voz al decirlo, y no lo controlé—.

Vine a parar aquí sin quererlo, Alasdair.

No elegí caer en tu pozo. Y no sé cómo volver, ni siquiera sé si se puede volver.

Esa es la parte verdadera. El resto no te lo cuento esta noche porque no me vas a creer, y porque no es noche para que tengas que esforzarte en creer nada.

No me presionó. Se me quedó mirando, buscando alguna respuesta más en mi cara, y lo que vio debió de convencerlo de que no le mentía, porque asintió despacio.

—Una hermana —dijo.

—Marta. Es enfermera. Manda demasiado y cocina fatal y es lo más parecido a un hogar que tengo. Tenía. —Me sequé la cara con el chal, molesta conmigo misma por dejarme ver así—. Perdona. No suelo hacer esto. Yo soy la que escucha, no la que llora junto al fuego a las cuatro de la mañana.

—Quizá llevas mucho tiempo escuchando y nadie te ha escuchado a ti. —Lo dijo sin darle importancia, mirando el fuego, pero me dejó clavada en el banco, porque era casi palabra por palabra lo que yo les decía a mis pacientes y que nunca me había aplicado.

—Eso suelo decírselo yo a la gente.

—Pues alguien debería decírtelo a ti de vez en cuando.

El fuego chisporroteó. En algún rincón del castillo un perro se removió y volvió a dormirse. Y por un momento, allí sentados los dos, lejanos y cercanos a la vez, sin guerra, sin Eachann, sin clan que mirar, fuimos simplemente dos personas que no podían dormir compartiendo el calor de unas brasas.

Fue él quien rompió el momento, porque el momento le daba más miedo a él que a mí. Se levantó, recogió el cuenco, y antes de irse hacia las escaleras dijo, mirándome desde arriba con el fuego marcándole media cara.

—No sé de dónde vienes. Empiezo a pensar que no me lo vas a contar hasta que tú decidas, y que cuando lo cuentes me va a costar creerlo. —Hizo una pausa—. Pero sé reconocer cuándo alguien no miente. Y tú, esta noche, no mentías. Con eso me vale por ahora.

—¿Y cuando te lo cuente entero? —pregunté, porque no pude evitarlo—. ¿También te valdrá?

Se lo pensó. Y la respuesta que me dio fue tan honesta que me dolió un poco.

—No lo sé. Depende de lo que sea. —Echó a andar—. Pero te aseguro que lo voy a intentar más que con cualquiera. Duerme algo, Esther. Mañana hay que vivir igual.

Subió las escaleras y me dejó sola con las brasas y con la sensación rara de haberme quitado de encima un peso y haberme echado otro, porque ya no había vuelta atrás.

Le había dicho que venía de muy lejos y que no sabía volver, y él me había creído a medias y prometido intentar creerme del todo cuando llegara el momento.

Y ese momento, supe esa noche, iba a llegar. No esa madrugada. Pero iba a llegar.

Me quedé junto al fuego hasta que se hizo de día, pensando en Marta, en el agua caliente, en un café, y en un hombre del siglo dieciocho que acababa de decirme que alguien debería escucharme a mí de vez en cuando.