CAPÍTULO 10
A los pocos días me metí en un lío de los gordos, y esta vez no tuvo la culpa Beathag ni la gravedad. Tuve la culpa yo, por hacer en el siglo dieciocho lo que se hace en el veintiuno.
Empezó con la nieta de la abuela aquella del supuesto mal de ojo.
Se llamaba Seonag, tenía diecisiete años y la cara de alguien a quien le están organizando la vida sin consultarle.
Llevaba días rondándome, ayudándome a moler hierbas que yo no necesitaba moler, hasta que una tarde, entre mortero y mortero, soltó lo que venía a soltar: que la casaban en una semana con un viudo del valle de al lado, un hombre de cuarenta y tantos con tierras, ganado y tres hijos mayores que ella, y que la idea de meterse en esa cama le daban ganas de tirarse al lago.
—No quiero —me dijo, con esa rabia de las chicas que aprenden pronto que no tienen ni voz ni voto—. Y nadie me pregunta. Mi abuela dice que es un buen trato. Que con eso comemos todos.
A mí se me revolvió todo por dentro, como se le revuelve a cualquiera que oye eso.
Diecisiete años. Un viudo de cuarenta. Un trato.
Y la cría hablándome del lago como quien habla del tiempo.
Y en ese momento se me olvidó dónde estaba, se me olvidó Eachann, se me olvidó "hazte pequeña", se me olvidó todo lo que Beathag me había repetido hasta quedarse ronca.
Me salió la profesional, la sevillana y la mujer del siglo veintiuno, las tres a la vez, y las tres son muy malas para callarse.
—No tienes que casarte si no quieres —le dije—. Eso no es un trato, es una compraventa, y tú no eres una cabeza de ganado.
Hasta ahí, bien. El problema fue lo que vino después, porque no me quedé en consolar a la cría en privado.
La cosa explotó dos días más tarde, cuando llegó el viudo al castillo a cerrar el acuerdo con la familia, en la sala grande, delante de medio clan.
Estaban la abuela, los tíos, el viudo con su cara de quien viene a recoger lo que ha pagado, y Seonag de pie en medio con la cabeza gacha, y yo, que pasaba por allí con una bandeja, vi cómo le levantaban la barbilla para que el comprador viera bien la mercancía.
Y dejé la bandeja.
—Disculpad —dije, en voz alta, y la sala entera se volvió—. La chica no quiere. Lo ha dicho. Y si no quiere, esto no debería hacerse.
Si en aquel momento hubiera caído un rayo dentro de la sala habría llamado menos la atención.
Se hizo un silencio espeso, de los que avisan de que has hecho algo muy grave sin terminar de entender qué.
La abuela me miró con horror. El viudo, con una furia lenta.
Los tíos empezaron a hablar todos a la vez, que quién era esta forastera, que qué se había creído, que una mujer sin clan y sin marido no tenía voz en aquella casa ni en ninguna otra.
Y Eachann, que estaba en un rincón y que debió de pensar que era su cumpleaños, sonrió.
—¿Lo veis? —dijo, sin levantar la voz, dejando que el escándalo trabajara por él—.
La sabia decide ahora con quién se casan nuestras hijas.
Hoy una boda. Mañana, qué. ¿A quién enterramos, a quién perdonamos?
Os dije que se mete por la puerta del dolor y acaba mandando en la casa.
—Abrió las manos—. Yo solo pregunto. ¿De quién es esta casa?
¿Del señor del clan, o de la mujer del pozo?
Alasdair entró en ese momento, atraído por el alboroto, y se encontró la sala partida, a la familia indignada y al viudo a punto de marcharse ofendido —que un noviazgo roto en público era una afrenta que se pagaba cara— y a su primo regalándole la peor versión posible de todo.
Me buscó con la mirada. No había en ella nada de la complicidad del huerto.
Había un cansancio enorme y un aviso clarísimo de que esta vez la había liado de verdad.
—Fuera todos —dijo—. La familia se queda. Y tú —me señaló sin mirarme apenas—, a la cocina.
Me fui a la cocina con las orejas ardiendo y la dignidad por los suelos, y me pasé una hora larga oyendo el rumor de las negociaciones a través del tabique, sin entender casi nada y entendiendo lo esencial: Alasdair estaba arreglando lo que yo había roto.
Cuando salió a buscarme, ya de noche, traía la cara de un hombre que ha gastado toda la paciencia del día en otra cosa.
—Ven —dijo, y me llevó al patio, donde no nos oía nadie.
Y ahí me cayó la bronca. No a gritos, que Alasdair no gritaba, sino peor, con esa voz baja y dura que cortaba más que cualquier chillido.
—¿Tú sabes lo que casi consigues hoy?
—Sé lo que he intentado evitar. Que vendan a una cría de diecisiete años a un hombre que le dobla la edad.
—Lo que has estado a punto de conseguir —dijo, sin dejarme seguir— es que esa cría acabe peor de lo que estaba.
Si ese hombre se marcha humillado, la familia de Seonag queda señalada, sin el ganado que necesitaban para pasar el invierno, y con una hija a la que ya nadie querrá porque corre la historia de que rompió un trato delante de medio clan.
¿Y sabes qué harán con ella entonces? La casarán con el primero que la acepte, que será peor que el viudo, porque a las mercancías estropeadas no se las trata con cariño.
Eso es lo que casi le haces. Por ayudarla.
Me quedé sin la respuesta rápida que suelo tener para todo, porque tenía razón y lo sabía, y eso es lo que más rabia da.
—No sabía…
—No, no sabías. No sabes cómo funciona esto, y aun así te has plantado en medio de mi sala a decirle a un clan entero cómo tiene que vivir.
—Respiró—. En tu tierra, donde sea que esté tu tierra, a lo mejor las cosas se hacen de otra manera, y a lo mejor allí tienes razón.
Aquí no. Aquí una chica sin tierras está a un mal invierno de morirse de hambre, y un matrimonio, aunque sea con un viejo, es un techo y comida y unos hijos que la cuiden de mayor.
No es justo. No te he dicho que sea justo.
Te digo que es lo que hay, y que tú, queriendo arreglarlo en una tarde, casi se lo quitas.
—¿Y entonces qué? —le contesté, porque por mucha razón que tuviera no iba a tragármelo entero—.
¿Me callo? ¿Veo cómo le levantan la barbilla a una cría para que la mire un comprador y me quedo con la bandeja en la mano como si no pasara nada?
Eso no sé hacerlo, Alasdair. Llevo toda la vida sin saber hacer eso.
Se me quedó mirando, y la dureza le bajó un punto, porque creo que esa parte sí la entendía, esa parte de no poder mirar para otro lado, que él la conocía bien.
—Lo he arreglado —dijo, más cansado que enfadado ya—.
El viudo se va con la mitad del ganado que pedía y la promesa de que la boda se hará, pero dentro de un año.
He dicho que la sabia vio en ella una enfermedad de mujeres que necesita un año para curarse, y que casarla antes sería traerle la muerte y la mala suerte a la casa del viudo.
—Hizo una pausa seca—. He usado tu fama de bruja para arreglar el desastre que montó tu boca.
Un año. Es todo lo que he podido sacarle.
En un año pueden pasar muchas cosas. Puede morirse el viudo.
Puede aparecer otro. Puede la chica ganar un año de ser cría.
Es poco, pero es lo que hay, y es más de lo que tenía esta mañana antes de que tú abrieras la boca.
Lo miré, y se me pasó el enfado de golpe, porque acababa de entender lo que había hecho aquel hombre.
No me había defendido delante de su gente, eso no podía, habría sido darle la razón a Eachann en bandeja.
Lo que había hecho era irse a la sala, tragarse el escándalo, sentarse a negociar con un viudo ofendido y una familia furiosa, y sacarle a todo aquello el único hilo que salvaba algo a la cría, y encima me lo había cargado a mí, a mi fama, a mi supuesta brujería, para que el clan se quedara tranquilo.
Había limpiado mi error y se había guardado el mérito de haberlo limpiado, para protegerme a mí de lo que yo misma me había buscado.
—Gracias —dije, y me salió de verdad, sin guasa.
—No me las des. Lo he hecho por la chica. —Pero lo dijo apartando la vista, que era su manera de mentir, porque a Alasdair, ya lo tenía aprendido, lo que decía mirando al suelo era casi siempre lo más cierto que decía.
Echó a andar hacia la casa. A los pocos pasos se paró, sin volverse del todo.
—La próxima vez que veas una injusticia y no puedas callarte —dijo—, ven a buscarme antes. A mí. Aunque te haya dicho que no me busques. —Y siguió andando—. Para esto, sí.
Me quedé en el patio con el frío y con aquella frase, que era una contradicción andante, igual que él.
"No me busques en público, pero búscame para esto.
" Un hombre dándome con una mano la distancia que con la otra me quitaba.
Y yo allí plantada, descubriendo que me había gustado más la bronca de Alasdair que cualquier elogio que me hubieran echado en años, lo cual era un dato sobre mí misma que prefería no examinar de cerca esa noche.
Entré a dormir. Y aunque pensé en escribirlo en mi libreta, que últimamente la tenía abandonada, decidí no hacerlo.