Como salvar a un highlander CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La culpa, como casi todo lo que me pasa en este siglo, la tuvo Beathag.

—Sube al manzano del huerto y baja las de arriba —me ordenó esa mañana, plantándome un cesto en los brazos—. Las de abajo ya están picadas de pájaros. Las buenas están arriba.

—¿Y por qué no sube el chico de la cocina?

—Porque el chico de la cocina tiene la gracia de un saco de nabos y se cae a la primera. Tú eres lista. Sube tú.

El razonamiento tenía un agujero del tamaño de un manzano, porque ser lista no impide caerse de un árbol, más bien al contrario, ya que los listos solemos pensar que las leyes de la física hacen excepciones con nosotros.

Pero a Beathag no se le lleva la contraria, así que cogí el cesto y bajé al huerto, que estaba detrás de las cocinas, resguardado por un muro y con un manzano viejo cargado de fruta hasta arriba.

El primer problema fue la falda. Quien diseñó la ropa de mujer del siglo dieciocho no contaba con que esa mujer fuera a trepar a ningún sitio, porque la falda de lana se enredaba en todo, pesaba lo suyo y no me dejaba ver dónde ponía los pies.

El segundo problema fue que, una vez arriba, las manzanas buenas de verdad, las que tenían el color que le habría gustado a Beathag, estaban en una rama más alta y más fina, hacia el extremo.

El tercer problema, y el definitivo, fue la cabra.

Porque había una cabra en el huerto. Una cabra blanca y negra con cara de mala persona que llevaba un rato observándome desde abajo, y que en cuanto vio el cesto de manzanas a medio llenar decidió que aquello le pertenecía.

Le pegó un cabezazo al tronco con un entusiasmo que no le había puesto a nada en su vida y el árbol entero tembló.

Me agarré a la rama fina, la rama fina dijo que hasta aquí habíamos llegado con un crujido, y de pronto no había rama, ni árbol, ni nada debajo de mí salvo la ley de la gravedad, que conmigo nunca ha hecho ninguna excepción.

Caí soltando el repertorio de costumbre —"ay, ay, no, no, ay"— y pensando, en el cuarto de segundo que da una caída para pensar, que aquello era exactamente igual que el pozo, pero con cabra.

No llegué al suelo.

Aterricé contra algo que no era suelo, que era cálido y duro y que soltó un gruñido al recibirme, y cuando abrí los ojos —que los había cerrado, como hace todo el mundo, por la teoría infantil de que si no lo ves no te pasa— me encontré a quince centímetros de la cara de Alasdair, que me tenía cogida en brazos como quien recoge un saco que se le ha caído del carro.

Nos quedamos así un momento. Yo en sus brazos, él sosteniéndome y los dos respirando más fuerte de lo que justificaba la situación.

—Hola —dije, porque mi cerebro, en las emergencias, dice lo que le da la gana.

—Te has caído —contestó él, con el tono de quien constata un hecho del que no termina de hacerse responsable.

—Es una de mis especialidades. Lo del pozo no fue casualidad, tengo un don.

No me soltó. Y ese fue el detalle que me guardé para la libreta, porque la caída ya había pasado, yo ya estaba a salvo, y un hombre que solo quisiera evitar que una mujer se partiera la crisma contra el suelo ya la habría dejado de pie hacía tres segundos.

Alasdair seguía sosteniéndome, mirándome demasiado cerca, con la mandíbula apretada en ese gesto suyo de estar peleándose por dentro con algo que no quería que le ganara la batalla.

Y le estaba ganando. Lo vi. El cuerpo se le había adelantado a la cabeza otra vez, igual que en la despensa había llegado sin ruido y demasiado rápido, igual que ahora había cruzado medio huerto para coger al vuelo a una mujer que se caía de un árbol cuando lo más sensato habría sido dejar que se las apañara con su cabra y su falda.

—Puedes soltarme —dije, en voz baja, porque alguien tenía que decirlo y estaba claro que él no iba a ser.

Parpadeó como si volviera de algún sitio. Y me dejó en el suelo despacio, con un cuidado que no encajaba con la cara que ponía, y dio un paso atrás, y se cruzó de brazos, y se convirtió otra vez en el jefe del clan que no se inmuta por nada.

—No te subas a los árboles —dijo.

—Me lo ha mandado Beathag.

—Pues que se suba Beathag.

—Beathag tiene sesenta años. No se sube a nada, manda subir a otros. —Me sacudí la falda, que tenía hojas hasta en sitios donde no sabía que tenía sitios—. Además, tampoco es que me caiga por gusto. Es que tenéis una cantidad de superficies elevadas y de animales con mal carácter que no es normal.

Y ahí, juro que lo vi, a Alasdair se le escapó.

Medio segundo, en la comisura, ese amago de risa que llevaba conteniendo desde que me oyó decir "tengo un don" y que se le derramó sin permiso al oír lo de los animales con mal carácter, justo cuando la cabra, que seguía en el huerto, soltó un berrido de protesta por las manzanas perdidas.

No fue una risa entera. Fue la sombra de una risa, recogida enseguida.

—Termina de recoger tus manzanas —dijo, recomponiéndose—. Y ten cuidado, porque no pienso pasarme la vida recogiéndote del suelo.

—Llevas dos. El pozo y el árbol. A este ritmo te va a salir a cuenta contratar a alguien que te ayude.

—Esther.

—¿Qué?

Se quedó un momento buscando qué decir, y lo que encontró fue lo de siempre, lo que no lo comprometía a nada. Pero lo dijo mirándome, que era la parte que sí.

—La cabra es de Eachann. Le tiene aprecio. —Hizo una pausa—. Si un día desapareciera, o amaneciera en el guiso de Beathag, yo no habría visto nada.

Y se fue hacia el patio, dejándome en el huerto con el cesto medio vacío, la falda llena de hojas, una cabra rencorosa de mi peor enemigo y la sensación clarísima de que Alasdair Mór acababa de hacerme, a su manera imposible, una broma.

Recogí las manzanas del suelo. Las buenas de arriba se quedaron arriba, que por hoy ya había aprendido la lección.

Y de camino a la cocina, repasando la mañana, me di cuenta de que lo del huerto no era un hecho sin más, porque me había dejado el pulso disparado.

Y no era nada que él hubiera dicho, porque lo importante no lo había dicho con palabras.

Lo importante había sido que no me soltó.