Como salvar a un highlander CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El consejo se reunió al amanecer en la sala grande, y a mí me dejaron fuera, como estaba previsto. Lo que no estaba previsto es que Beathag me pusiera a fregar cazuelas justo al otro lado del tabique, donde se oía todo, y que lo hiciera con una cara de inocencia que no engañaba ni a los perros.

—Las cazuelas de ayer están asquerosas —dijo, plantándome el barreño delante—. Frótalas aquí, que hay buena luz.

Buena luz no había ninguna, pero sí una rendija entre las piedras por la que las voces pasaban como si estuvieran dentro. Froté cazuelas y escuché, que es una manera de hacer dos trabajos a la vez.

Eachann llevaba la voz cantante. Hablaba de honor, de los dos hombres heridos, de que Coll seguía debatiéndose entre la vida y la muerte por culpa de los Drummond, y de que si el clan no respondía con fuego lo iban a tomar por un rebaño de ovejas asustadas.

Lo decía bien, hay que reconocerlo, con esa cadencia que sube y baja y arrastra, y se oía cómo los hombres iban entrando al trapo, golpeando la mesa, sumándose.

Eachann sabía tocar el miedo y la vergüenza igual que un gaitero toca su instrumento, y aquella sala era todo fuelle.

Alasdair hablaba poco, y cuando hablaba bajaba la temperatura de golpe.

—Si entramos en sus tierras a sangre, ellos entrarán en las nuestras a sangre, y dentro de un año estaremos contando críos muertos en lugar de cabezas de ganado —dijo en un momento—.

Llevo veinte años en esta guerra. La he visto empezar de las dos maneras.

La de tu fuego ya la probó mi padre. No quedó nadie para presumir de honor.

Hubo un silencio incómodo, de esos en los que la mitad de la sala le da la razón por dentro y no se atreve a decirlo en alto. Y entonces Eachann hizo la jugada que yo me temía desde la muralla, y la hizo con una suavidad que daba escalofríos.

—Antes hablabas distinto, primo —dijo—. Antes no dudabas.

Yo no sé qué te ha pasado estas semanas.

—Una pausa medida, dejando que cada cual la rellenara con lo que quisiera—.

Aunque hay quien lo sabe. Hay quien dice que desde que cierta mujer cayó del pozo, el señor del clan ha perdido el filo.

Que se la ve hablándote por los rincones.

Que un guerrero no se vuelve prudente solo, que eso se lo meten dentro.

—Bajó la voz hasta el punto justo para que sonara a confidencia y se oyera igual—.

Yo no creo en brujerías. Pero los hombres sí.

Y los hombres están empezando a preguntarse qué le susurra al oído la sabia a su jefe.

La cazuela se me quedó quieta en las manos.

Porque eso era veneno del bueno, del que no necesita ser verdad para matar.

Eachann no me acusaba de espía, que ya no colaba después de lo de Tam y lo de Domhnall.

Me acusaba de algo más resbaladizo y más eficaz: de ablandar al jefe, de robarle el filo, de ser la causa de que Alasdair dudara de ir a la guerra.

Y lo peor es que en aquella sala, para un hombre asustado que necesitaba creer que su jefe seguía siendo de hierro, era una explicación cómoda.

Más cómoda que la verdad, que era que Alasdair dudaba porque había enterrado a demasiada gente y no le quedaban ganas de cavar más hoyos.

Esperé la respuesta de Alasdair con el barreño olvidado.

—Mi filo —dijo él, despacio— lo van a comprobar Eachann y cualquiera que repita esa historia el día que me harten.

La mujer cura enfermos. No decide guerras.

Las guerras las decido yo, y las decidía igual de despacio antes de que cayera de ningún pozo.

El que diga lo contrario es que me cree tan flojo como para dejarme mandar por una desconocida, y al que me crea tan flojo le ofrezco una espada y un patio cuando quiera.

Era una defensa, otra vez disfrazada de amenaza.

Y otra vez funcionaba a medias, porque cerraba la boca a los hombres pero no borraba la idea, que ya estaba sembrada y echaría raíz a su ritmo.

Lo supe por cómo terminó el consejo: sin decisión, aplazado, con Eachann marchándose satisfecho porque a él no le hacía falta ganar el consejo de hoy, le bastaba con plantar la semilla para ganar el de dentro de un mes.

Beathag volvió a la cocina con cara de funeral.

—¿Lo has oído?

—Hasta la última palabra. Para eso me has puesto a fregar al lado del tabique.

—Niña. —Se sentó delante de mí—. Esto que acaba de hacer Eachann es de las cosas que no se deshacen.

Aquí la gente entierra a sus hijos y necesita echarle la culpa a algo.

Si Eachann les da una bruja a la que culpar de que el clan se ablande, la van a coger con las dos manos, porque es más fácil odiar a una forastera que mirar de frente lo que pasa de verdad.

He visto cómo acaban estas cosas. He visto a más de una mujer salir de una casa atada a un poste.

—Beathag, no soy bruja. Soy psicóloga. Lo único que hago es escuchar a la gente.

—Ya lo sé, criatura. Pero ellos no saben qué es eso que tú dices, y lo que no se sabe nombrar, aquí, se quema.

—Me cogió la mano, la de la muñeca que Eachann me había marcado—.

Tienes que tener más cuidado que nunca con el señor.

No por lo que la gente vaya a pensar de ti.

Por lo que vaya a pensar de él. Cuanto más te acerques tú, más fácil se lo pones a Eachann para hundirlo a él.

Y esa fue la patada en el estómago que no me esperaba. Porque hasta ese momento había estado calculando lo que me jugaba yo, mi sitio, mi seguridad, mi medio peldaño ganado en la muralla. No había pensado que cada paso que diera hacia Alasdair era un paso que Eachann podía usar para tirarlo a él.

Lo crucé esa tarde en el patio. Iba hacia las cuadras y yo venía de tender ropa, y por un momento los dos aflojamos el paso, ese titubeo mínimo que hacen dos personas que quieren pararse a hablar y saben que no deben.

Él fue el que no se paró. Siguió andando, y al pasar a mi lado, sin mirarme, casi sin mover los labios, soltó cuatro palabras.

—No me busques en público.

No fue cruel, aunque sonara seco. Era un hombre apartándome para protegerme a mí y protegerse él, diciéndome con el menor número de palabras posible que el juego había cambiado, que ahora la distancia entre nosotros no era desconfianza sino estrategia.

Lo entendí. Y le contesté igual, sin mirarlo, hablándole a la ropa tendida como si la estuviera contando.

—Tranquilo. Soy muy buena haciendo como que no existe la gente. Tengo años de práctica.

No sé si lo oyó. Siguió hacia las cuadras y yo seguí hacia la casa, y los dos hicimos el paripé de no haber hablado, que era lo que tocaba.