Como salvar a un highlander CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Hacerme pequeña me duró exactamente hasta el jueves.

Lo intenté, que conste. Bajaba la vista en la mesa, no le contestaba a Eachann, atendía a mis pacientes en rincones discretos y procuraba no opinar de nada en voz alta, que para una mujer como yo es lo más parecido a respirar por una pajita.

Beathag me observaba hacer el esfuerzo con una sorna que no se molestaba en disimular.

—Pareces una gata metida en un saco —me dijo el segundo día—. Se te ve venir el zarpazo a una legua.

—Estoy siendo discreta.

—Estás siendo otra cosa que no sé cómo se dice, pero discreta no es.

El jueves se acabó la discreción, porque a media tarde sonó el cuerno de la muralla y el castillo entero se puso en movimiento.

Una partida de hombres del clan que había salido a vigilar la frontera del este volvía antes de tiempo, y volvía mal.

Lo supe sin que nadie me lo dijera, por cómo corría la gente hacia la puerta y por el ruido que hacen los cascos de un caballo cuando lo traen al límite.

Entraron cuatro donde habían salido seis.

Dos venían heridos, uno de ellos colgando del lomo como un saco, y los otros traían en el rostro esa cosa que ya conocía, la mirada de quien acaba de ver algo terrorífico.

El curandero salió con su bolsa de pantano y se lanzó sobre el peor, que sangraba por un costado, y a partir de ahí todo fue gritos, agua hirviendo y gente estorbando.

A mí, el cuerpo herido no me correspondía.

De eso entendía el del pantano más que yo, que lo mío nunca fue coser carne.

Pero junto a la puerta, sentado en el suelo con la espalda contra la piedra, había un muchacho de la partida al que nadie atendía porque no sangraba por ningún sitio visible.

Tenía las manos llenas de sangre que no era suya y miraba al frente sin ver, con esa respiración corta y rápida que avisa de que el cuerpo está a punto de cerrarse en falso.

Lo conocía de la casa. Domhnall, se llamaba. Diecinueve años.

Me arrodillé delante de él.

—Domhnall. Soy Esther. Mírame, hijo. No mires al suelo, mírame a mí.

—Le puse las manos en los hombros, despacio—.

Estás aquí, en el castillo. Eso de las manos no es tuyo, ¿lo ves?

No te duele nada porque no es tuyo. Respira conmigo.

Coge aire como si olieras el pan de Beathag.

Largo. Así. Y ahora suéltalo despacio, como si soplaras la sopa.

Lo repetimos cinco veces, diez, hasta que el aire le entró entero y la mirada le volvió a la cara. Cuando volvió, volvió llorando, que es lo que tiene que pasar, porque el cuerpo no puede llorar mientras está ocupado en sobrevivir y solo se permite el lujo cuando entiende que ya está a salvo.

—Era Coll —dijo entre hipidos—. El del caballo. Es Coll. Yo lo tenía sujeto y se me iba, se me iba en las manos y yo no sabía…

—No se va por tus manos. Tú lo has traído hasta aquí. Lo que pase ahora ya no depende de ti, depende del curandero. Tú has hecho lo tuyo, y lo tuyo era traerlo, y lo has traído.

No sé si Coll sobrevivió esa noche. El del pantano se lo llevó a una sala y trabajó hasta el amanecer, y por la mañana seguía respirando, que en aquel siglo y con aquella herida era casi un milagro.

Pero a Domhnall lo saqué del agujero, y eso lo vieron unos cuantos, y entre los que lo vieron estaba Alasdair, plantado en la puerta con el peso del clan sobre los hombros.

Más tarde, cuando la casa se calmó y los heridos quedaron donde tenían que quedar, salí a la muralla a respirar, porque después de una tarde así una necesita cielo aunque haga un frío de pelar.

Y allí estaba él, solo, mirando la oscuridad hacia el este, hacia la frontera de donde habían vuelto sus hombres rotos.

No me fui. Me coloqué a unos pasos, lo justo para que supiera que había alguien sin obligarlo a hablar, y me apoyé en el muro a mirar lo mismo que él, que no era nada, solo la noche.

—Cuatro —dijo al rato, sin volverse—. Han salido seis y han vuelto cuatro enteros. Y uno de los cuatro a lo mejor no ve mañana.

—Lo sé.

—Yo mandé esa patrulla. Yo elegí esa frontera. —La voz le salía plana, pelada, la de un hombre que recita una cuenta que se hace todos los días—. Cada hombre que entierro lo enterré yo el día que le di la orden…

Podía haberle dicho que no era culpa suya, que él no había empezado aquella guerra de generaciones, que un jefe que cuida tanto a su gente como para contarse cada muerto era justo lo contrario de un mal jefe.

Habría sido verdad y no le habría servido de nada, porque a un hombre que carga la culpa como única forma de seguir vivo no se le quita la culpa de un empujón.

Así que dije lo único que sí podía hacerle algo.

—Domhnall pensaba que Coll se le iba por sus manos.

Que era culpa suya por no sujetarlo mejor.

Y no era verdad, lo sujetó todo lo que se podía sujetar.

—Lo miré de lado—. Tú estás haciendo lo mismo que él, pero con un clan entero en las manos.

Y la cuenta que te haces no es justa, porque te cobras lo que sale mal y nunca te abonas lo que sale bien.

Los que han vuelto enteros también volvieron por tus órdenes. Ésos no te los apuntas.

Tardó en contestar. El viento le movía el pelo y le traía olor a humo de la sala donde el curandero seguía peleando por Coll.

—Es más fácil llevar la cuenta de los muertos —dijo—. Los vivos no te miran por las noches.

Y ahí, en esa frase, me dejó ver más de lo que me había dejado ver en doce días, porque un hombre no le suelta así, de pasada, a una desconocida que los muertos lo miran por las noches, salvo que lleve mucho tiempo necesitando decírselo a alguien y no encuentre a nadie que no se asuste de oírlo.

Yo no me asusté. En tanto tiempo de oficio me han contado cosas que harían palidecer a sus muertos, y aprendí pronto que lo peor que puedes hacerle a alguien que por fin se atreve a enseñarte el sótano es poner cara de horror.

—¿Quiénes? —pregunté, bajito—. ¿Quiénes te miran?

Y noté que iba a contestar. Lo noté en cómo cogió aire, en cómo aflojó un punto los hombros. Iba a decirme un nombre, quizá el de un amigo, quizá el del chico Drummond, quizá una lista entera. Estuvo a esto de hacerlo.

Y entonces se oyeron pasos en la escalera de la muralla, y la voz de Eachann llamando a su primo, y Alasdair se cerró delante de mí como se cierra una puerta de roble, de golpe y para rato.

Se irguió, recompuso la cara de jefe, y para cuando Eachann asomó la cabeza ya no quedaba ni rastro del hombre que un momento antes contaba muertos a la intemperie.

—Aquí estás —dijo Eachann, ignorándome con un desprecio estudiado—. Hay que hablar de la respuesta. Los hombres están furiosos. Esto no puede quedar así, primo. Es el momento de…

—Mañana —cortó Alasdair—. Mañana se habla.

—Mañana los Drummond ya estarán contando que nos han hecho correr.

—He dicho mañana.

Eachann me miró a mí, luego a su primo, y en esa mirada vi cómo ataba cabos que no le convenían a nadie: el jefe en la muralla, de noche, con la sabia, hablando vaya usted a saber de qué. Sonrió, hizo una reverencia mínima y se fue escaleras abajo a sembrar lo suyo.

Alasdair y yo nos quedamos otra vez solos, pero el momento se había ido con Eachann y los dos lo sabíamos. Me aparté del muro.

—Buenas noches, Alasdair.

—El chico —dijo, cuando ya me iba—. Domhnall. Lo que has hecho con él. —Buscó la palabra y eligió la más segura, la que no lo comprometía a nada—. Sirve. Para los hombres. Saber que hay alguien que los recoge después. —Una pausa—. No solo el del pantano.

No era gran cosa. Pero viniendo de un hombre que tres días antes me había administrado como a una herramienta delante de su casa, ese "no solo el del pantano" era un escalón. Pequeño, resbaladizo, con vértigo por debajo. Pero un escalón.