CAPÍTULO 6
Eachann me dejó tranquila tres días, lo justo para que bajara la guardia, y al cuarto me arrinconó en la despensa.
Había bajado yo a por una tira de tela limpia para Tam, que se había cortado ayudando a su padre en la fragua y prefería que le curara yo antes que el del pantano.
La despensa estaba al final de un pasillo apartado, con una sola lámpara de sebo y las paredes forradas de sacos de grano y quesos colgados, y allí, en mitad del olor a curado, oí cerrarse la puerta a mi espalda.
—Te he estado observando, sabia —dijo Eachann, apoyado en la madera con esa sonrisa que ya le tenía calada—. Te mueves por la casa como si fueras de aquí. Hablas con todos. Y debajo de ese chal prestado hay más de lo que dejas ver.
—Lo que hay debajo del chal es una mujer que ha venido a por una tira de tela y que ahora mismo se va a ir con ella —contesté, sin moverme, midiéndolo.
Los hombres como Eachann reaccionan al miedo igual que los perros, así que lo primero es no enseñárselo aunque te suba por las piernas—. Aparta, anda.
No se apartó. Dio un paso hacia dentro, y otro, y el segundo me dejó la espalda contra los sacos de grano.
—Mi primo te tiene aquí guardada como guarda las cosas que no sabe usar —dijo, bajando la voz, acercándose—. Es un desperdicio. Alasdair no sabe qué hacer con una mujer ni aunque se la sirvieran en bandeja. Yo sí.
—Qué suerte la mía, encontrar al experto.
—No te hagas la lista. —Me agarró la muñeca, y el cambio de tono fue tan rápido como el del armario en el pilón, esa manera que tienen algunos hombres de pasar de la sonrisa al apretón sin escala intermedia—.
Aquí no tienes a nadie, sabia. No eres de ningún clan, no tienes hombre que responda por ti, no tienes nada.
—Suéltame la muñeca.
—¿O qué? —Se rió, y se acercó más, y noté su aliento a cerveza y el peso de su cuerpo cortándome la única salida—. ¿Vas a embrujarme?
Tenía la libreta en el bolsillo y el corazón a mil, y la cabeza, que es lo único que nunca me falla del todo, buscando a toda prisa la frase que parara aquello, porque la fuerza la tenía perdida de antemano contra alguien del doble de mi tamaño.
Y la encontré, porque a la gente como Eachann lo único que de verdad le duele es lo que se piensa de ella.
—Vas a soltarme —dije, muy despacio, mirándolo fijo— porque mañana toda la casa va a saber que el gran Eachann, el que recluta hombres y cuenta batallas, necesitó arrinconar a una mujer en una despensa para que le hicieran caso.
Y eso, primo del señor, a ti te va a doler más que cualquier embrujo.
Porque tú vives de que te quieran. Y a los que viven de eso, lo único que les mata es el ridículo.
Funcionó un segundo. Vi cómo dudaba, cómo el cálculo le cruzaba la cara. Pero el orgullo herido empuja igual que la cobardía, y en lugar de soltarme, apretó más y me empujó contra los sacos.
—Aquí no te oye nadie —dijo.
—Te oigo yo —dijo otra voz desde la puerta.
Alasdair llenaba el hueco entero, y no había hecho ruido al llegar, lo cual en un hombre de su tamaño es una habilidad que da escalofríos.
No miraba a Eachann con rabia. Miraba con una frialdad lisa, sin temperatura, que era mil veces peor que cualquier grito, la cara de alguien que ha decidido algo por dentro y solo está esperando a ver si hace falta ejecutarlo.
Eachann me soltó la muñeca y se separó con una agilidad que delataba que no era la primera vez que lo pillaban.
—Primo —dijo, recomponiendo la sonrisa—. No es lo que parece. La sabia y yo estábamos…
—La prisionera —cortó Alasdair— es mía. Cayó en mis tierras, la encerré yo, la solté yo, y responde ante mí.
Si resulta ser una espía de los Drummond, la mato yo.
Si resulta ser útil, la uso yo. Lo que no va a pasar es que la toque nadie de esta casa sin mi permiso, porque eso sería tocar lo que es mío, y lo que es mío lo decido yo.
—Dio un paso adentro, y la lámpara le marcó la cicatriz—.
¿Te ha quedado claro de quién es la despensa, Eachann?
Porque a mí me ha parecido que se te había olvidado en qué castillo estás.
Era una obra maestra, y me di cuenta mientras la escuchaba.
Alasdair no había dicho ni una palabra sobre mí, sobre lo que valía yo, sobre que estuviera bien o mal lo que Eachann había intentado.
Lo había convertido todo en una cuestión de propiedad y de jerarquía, en una pelea de machos por quién manda en la casa, en el único idioma que Eachann sabía hablar y que no dejaba al descubierto nada de lo que de verdad estaba pasando.
A ojos de su primo, Alasdair defendía su autoridad.
A ojos de cualquiera que entrara, defendía su territorio.
No defendía a una mujer. Defendía un principio.
Y sin embargo había llegado sin hacer ruido y demasiado rápido para alguien a quien solo le preocupaba la jerarquía.
Eachann sostuvo la mirada un momento, lo justo para no irse del todo humillado, y luego inclinó la cabeza con una sonrisa torcida.
—Tuya es, primo. Faltaría más. —Me dedicó una última ojeada al pasar—. Que descanses, sabia.
Y se fue, dejándonos solos en la despensa, con la lámpara chisporroteando y mi muñeca marcada de rojo donde me había agarrado.
Esperé a que Alasdair dijera algo. Un "¿estás bien?", aunque fuera. Lo que dijo, sin acercarse, con la misma voz fría con la que había despachado a su primo, fue otra cosa.
—No bajes sola a sitios apartados.
—Ah. Conque es culpa mía por bajar a por una venda.
—No he dicho eso.
—Pues lo has dejado caer bastante bien...
Se quedó mirándome, y por debajo de aquella frialdad de propietario que acababa de representar tan bien había algo que le costaba mantener a raya, una tirantez en la mandíbula que no encajaba con el discurso que le había soltado a Eachann.
Llevaba años leyendo desajustes así, y aquel era de los grandes: la cara decía "eres una propiedad y un fastidio" y todo lo demás decía otra cosa que él se negaba a dejar salir.
—Eachann es peligroso —dijo al fin, más bajo—.
No por lo que acabas de ver. Por lo de antes.
Quiere la guerra con los Drummond porque la guerra lo hace importante, y la gente lo escucha.
Si te señala como espía y la casa lo cree, no podré pararlo aunque quiera.
Así que no le des motivos. No estés a solas con él.
No le contestes en la mesa. —Tragó—. Hazte pequeña una temporada.
—Hacerme pequeña no es lo mío.
—Ya lo he visto. —Y juro que ahí, por una décima de segundo, se le escapó algo a la comisura que en otro hombre habría sido una sonrisa—. Por eso te lo pido.
Cogió la tira de tela del estante, me la puso en las manos sin rozarme los dedos, y se fue hacia la puerta. Antes de salir, sin volverse del todo, soltó lo último, y lo soltó tan bajo que casi tuve que adivinarlo.
—La muñeca. Que te la mire Beathag.
Se marchó. Y yo me quedé en la despensa, apretando la venda contra el pecho, con la muñeca dolorida y la cabeza hecha un lío.
Intenté ordenar lo que acababa de pasar.
Por un lado, Eachann se había pasado y Alasdair lo había detenido.
Por otro, lo que nadie había dicho: que un hombre no aparece tan deprisa y sin hacer ruido en una despensa apartada solo por defender su autoridad.