CAPÍTULO 5
Esa misma noche aprendí que un hombre que te da su nombre a las ocho puede arrepentirse de habértelo dado a las ocho y cuarto.
A la mañana siguiente Alasdair no me dirigió la palabra.
Bajé a la sala, lo encontré junto al fuego rodeado de hombres, y cuando crucé la puerta levantó la vista, me localizó un instante y volvió a lo suyo sin un gesto, como si la conversación del pasillo la hubiera tenido con otra persona en otra vida.
No me sorprendió, la verdad. Lo había visto venir desde que se alejó hacia la sala el día anterior con el paso un poco más rápido de lo necesario.
Un hombre que lleva años sin enseñarle a nadie lo de dentro no se queda tan tranquilo después de enseñar una esquina, por pequeña que sea.
Lo normal es que recoja, eche el cerrojo y monte guardia el doble de tiempo por si acaso. Y eso fue justo lo que hizo.
A media mañana lo comprobé del todo. Beathag me mandó llevar una jarra de cerveza a la sala donde Alasdair se había encerrado a hablar de la frontera con sus hombres, y entré sin pensar, porque a esas alturas ya me movía por el castillo como si tuviera derecho. Error.
—Fuera —dijo, sin levantar la voz, en cuanto me vio asomar.
—Solo traía la…
—Fuera.
Lo dijo delante de seis hombres, y lo dijo con un tono que no admitía réplica ni matices, un tono pensado precisamente para que aquellos seis hombres entendieran que la mujer del pozo no entraba donde se decidían las cosas importantes, que la mujer del pozo seguía siendo la mujer del pozo aunque hubiera curado a un crío.
Dejé la jarra en una mesa junto a la puerta, me di la vuelta y salí con toda la dignidad que pude reunir, que con falda prestada y mejillas ardiendo no era mucha.
Beathag me esperaba en el pasillo con cara de haberlo oído todo.
—Ayer nos dimos el nombre —le dije.
—Eso da igual. —Me quitó la jarra de las manos para devolverla a la cocina—.
Llevo a ese hombre criado desde que me llegaba a la rodilla.
Lo conozco mejor que lo conocía su madre.
Y te voy a decir una cosa para que no te hagas ilusiones tontas.
Alasdair no se acerca a la gente. Así que no te lo tomes como algo tuyo, porque no lo es.
Es algo suyo, de hace mucho, y tú solo has tenido la mala suerte de ponerte delante.
Era el discurso más largo que me había soltado Beathag, y el más amable, aunque viniera envuelto en regañina. Lo agradecí, porque me ahorró tres días de darle vueltas a si había hecho algo mal. No había hecho nada mal. Había hecho lo único que se puede hacer con un hombre así, que es estar.
El problema fue que Alasdair no fue el único que reculó.
Esa tarde llegó al castillo un primo suyo, un tal Eachann, que volvía de recorrer las tierras del sur reclutando hombres.
Lo vi entrar y me bastó un repaso para ficharlo: un tipo guapo, de los que lo saben, con una sonrisa fácil que no le llegaba a los ojos y una manera de saludar a todo el mundo que tenía más de cálculo que de afecto.
De esos que entran en una habitación midiendo quién manda y dónde se sienta uno para quitarle el sitio.
La gente lo recibió con cariño y con una pizca de alivio, porque Eachann era todo lo que Alasdair no era: hablaba, reía, contaba batallas, y cuando hablaba de los Drummond lo hacía con un fuego que encendía a los jóvenes.
A mí me localizó enseguida, porque los hombres como Eachann localizan al instante cualquier cosa que pueda hacerles sombra.
—Conque esta es la sabia —dijo esa noche, en la cena, en voz alta para que lo oyera toda la mesa—.
La mujer que cayó de un pozo hablando nuestra lengua.
—Me dedicó la sonrisa de no-llega-a-los-ojos—.
Dime una cosa, sabia. ¿De qué pozo se cae hablando una lengua que no es la suya?
Porque yo he viajado mucho, y no conozco ese pozo.
La mesa se quedó pendiente. Hasta Alasdair, en la cabecera, levantó la vista.
—No lo sé —contesté, porque era verdad y porque las verdades, en una emboscada, son lo único que no se vuelve contra ti—. Te juro que daría lo que fuera por saberlo. He intentado explicarlo cuatro veces y no me cree nadie, así que ya he dejado de intentarlo.
—O quizá lo explicas mal a propósito. —Se inclinó hacia delante—.
Los Drummond son listos. Mandarían a alguien que supiera escuchar, que se ganara a las viudas y a los críos, que se metiera en la casa por la puerta de atrás, por la del dolor, que es la que nunca cerramos.
—Sonrió más—. Sería una buena estrategia. Yo lo haría así.
Y ahí estaba el veneno, servido con elegancia.
Porque lo peor de lo que dijo Eachann no era que fuera falso, sino que dicho así, en voz alta, delante de una casa entera de gente asustada, sonaba razonable.
Vi cómo algunas caras que habían empezado a mirarme con confianza volvían a dudar.
Vi a la mujer del marido que gritaba dormido apartar un poco la vista.
El miedo es muy obediente, y Eachann sabía darle órdenes.
Esperé a Alasdair. Esperé a que dijera algo, que era jefe y era el único que podía cortar aquello de un tajo. Y Alasdair, que la noche anterior me había dado su nombre en un pasillo a oscuras, dejó pasar un momento largo, me miró, miró a su primo, y dijo:
—Es útil con los enfermos. Por eso está aquí. Lo demás se verá. —Y volvió a su plato.
"Lo demás se verá." Tres palabras que me dejaban exactamente donde Eachann quería: tolerada, vigilada, sin garantías. Alasdair no me había defendido. Me había administrado, como se administra una herramienta de la que aún no te fías y que no quieres romper todavía por si hace falta.
Me terminé la cena sin levantar la cabeza, porque lo que no le iba a dar a Eachann era el gusto de verme temblar. Pero esa noche, en mi cuarto, saqué la libreta y no escribí ninguna ficha de nadie. Escribí, para mí, lo que llevaba todo el día tragándome.
Alasdair no me defiende porque defenderme sería reconocer delante de su gente que confía en mí, y todavía no confía, y aunque confiara no sabría decirlo. Esto va para largo.
Tachado eso, escribí debajo una línea más corta, que era la única que importaba y la que menos me apetecía mirar.
Y lo peor es que quiero ganármelo. Sé que puedo hacer algo por él.
Cerré la libreta, soplé la vela y me quedé a oscuras escuchando el castillo, que de noche crujía como un barco viejo.
En algún lugar de aquella mole de piedra dormía un hombre que me había encerrado, me había soltado, me había dado su nombre y me había vuelto a colocar en mi sitio en menos de un día.
Y yo, que me gano la vida diciéndole a la gente que no se complique con quien le hace eso, estaba allí tumbada haciendo precisamente eso. Complicarme.