Como salvar a un highlander CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Me desperté en una cama casi de verdad y tardé un rato largo en recordar por qué eso era una noticia.

El cuarto era pequeño, con una ventana estrecha por la que entraba una luz gris de amanecer y un frío que se colaba por todas partes.

Había una jofaina con agua, una manta de lana que pesaba como un muerto y, doblada sobre un arcón, una muda de ropa que alguien me había dejado mientras dormía: una camisa basta, una falda de lana y un chal.

Mi bata blanca había desaparecido, y con ella mis pantalones de pinzas, mis botas de ante y la última prueba visible de que pertenecía a otro mundo.

Me dio una punzada tonta, porque aquella bata era ridícula y me había metido en el lío en que estaba, pero también era lo único mío que me quedaba.

La que entró sin llamar fue una mujer de unos sesenta años, baja, ancha, con cara de haber discutido con la vida y haberle ganado. Dejó un cuenco de gachas sobre el arcón y me miró de arriba abajo con un repaso que me hizo sentir como una vaca en una feria.

—Así que tú eres la del pozo —dijo.

—Esa soy.

—Beathag. Llevo esta casa desde antes de que el señor tuviera dientes. —Señaló la ropa con la barbilla—. Póntelo. No voy a tener a una mujer paseándose por mi castillo medio en camisón de hombre, que ya tengo bastante con lo que tengo.

Las gachas estaban grises y sosas y me las comí enteras, porque cuatro días de pan duro le quitan a una el derecho a ser quisquillosa.

Mientras comía, Beathag se quedó en la puerta con los brazos cruzados, fingiendo que recogía cosas pero vigilándome, y yo, que reconozco a una guardiana cuando la tengo delante, decidí no darle conversación todavía.

A las guardianas no se las gana hablando. Se las gana dejando que vean.

Me vestí como pude, peleándome con lazos y cintas que no tenían ningún sentido para alguien criado con cremalleras, y bajé detrás de Beathag a la sala grande, que de día era otra cosa.

Había hombres entrando y saliendo, mujeres acarreando agua, perros enormes durmiendo junto al fuego, y un olor a humo, a pan y a animal que en cuatro días había dejado de revolverme el estómago, lo cual me preocupó más que cuando me lo revolvía.

Tam estaba sentado en un banco, envuelto en una manta, comiendo.

Pálido todavía, pero comiendo. Me vio y me hizo un gesto tímido con la mano, y a su lado un hombre enorme y tiznado de hollín se levantó de golpe y vino derecho hacia mí.

El herrero, deduje. El padre. Pensé que igual me iba a echar la culpa de algo, porque la gente, cuando está asustada, suele repartir culpas a quien tenga más a mano, pero el hombre se paró delante de mí, se quitó el gorro y agachó la cabeza.

—Mi hijo ha hablado esta mañana —dijo, con la voz tomada—. Llevaba ocho días sin decir una palabra. Esta mañana me ha pedido el desayuno.

—Me alegro mucho. Es un chico fuerte.

—Lo que tú tengas, mujer, lo que tú seas… —Buscó las palabras y no las encontró, así que hizo lo que hacen los hombres que no saben hablar de estas cosas: me cogió la mano entre las suyas, que eran como dos yunques, y me la apretó hasta casi rompérmela—. Gracias.

Y ahí, en mitad de la sala, empezó lo que yo no vi venir, aunque visto lo visto debí verlo.

Porque la conversación entre el herrero y la del pozo la oyó media casa, y la otra media se enteró antes de comer.

Para media mañana, una mujer me había parado en el pasillo para preguntarme por su marido, que dormía mal y gritaba dormido.

Para el mediodía, una abuela me había arrinconado junto al fuego para contarme que su nieta no quería casarse y que ella creía que era cosa de un mal de ojo.

Y a media tarde, un guerrero de tamaño considerable se sentó a mi lado sin decir nada durante un cuarto de hora, hasta que soltó de carrerilla que su hermano había muerto en la última batalla y que él no había vuelto a dormir bien, y que si yo sabía algo de eso.

Sabía. Vaya si sabía. El problema es que sabía de eso en un despacho con dos butacas, un seguro de responsabilidad civil y una caja de pañuelos, no sentada en un banco de piedra con un chal prestado y media docena de personas esperando turno como si fuera la consulta de la Seguridad Social un lunes por la mañana.

—Vamos a ver, Esther —me dije en voz baja, en un hueco entre paciente y paciente—.

No tienes formación en trauma de guerra, no tienes supervisión, no tienes ni una colega a quien llamar, y la única herramienta que te queda es escuchar.

Pues escucha, anda. Que ya es más de lo que ha hecho nadie por esta gente en su vida.

Y puede que no puedas hacer otra cosa en la tuya…

Beathag me observaba desde el otro lado de la sala con el ceño cada vez menos fruncido.

A media tarde se acercó, me puso delante un cuenco de caldo sin que se lo pidiera y se quedó mirando cómo atendía a la abuela del supuesto mal de ojo.

Cuando la abuela se fue tranquila, sin que yo le hubiera quitado ningún mal de ojo, pero habiéndole dejado claro que su nieta no estaba embrujada sino simplemente harta de que le organizaran la vida, Beathag soltó un gruñido que me costó interpretar.

—No eres lo que pareces —dijo.

—Casi nadie lo es. Es prácticamente mi profesión.

Se fue sin contestar, pero esa noche el caldo tenía un trozo de carne dentro, y de Beathag eso era una declaración de amor en toda regla.

Al jefe no lo vi en todo el día. Lo oí, eso sí, porque a aquel hombre se le oía por toda la casa aunque no levantara la voz, dando órdenes sobre vigías y sobre fronteras y sobre los Drummond, siempre los Drummond.

Por las conversaciones sueltas que pesqué fui atando cabos: los dos clanes llevaban generaciones matándose, el último robo de ganado había dejado dos muertos por cada bando, y lo de Tam y el chico Drummond no era un caso aislado sino la última gota de un barril que llevaba años llenándose.

Se hablaba de guerra abierta como se habla del invierno, con resignación y con miedo, dando por hecho que iba a llegar y que no había nada que hacer salvo prepararse para enterrar a los de siempre.

Lo crucé a la hora de la cena, en el pasillo que daba a las cocinas. Venía de la muralla, con el pelo mojado de niebla y cara de no haber descansado, y se paró al verme con la ropa de Beathag.

—Te sienta mejor que lo blanco —dijo. Y antes de que yo decidiera si aquello era un piropo o una pulla, añadió—: Tam ha comido tres veces hoy.

—Lo sé. Estuve con él. Y con media casa, parece. Aquí la gente carga con mucho y no tiene dónde dejarlo.

Se me quedó mirando con esos ojos que ya no eran del todo un muro, valorando algo, decidiendo cuánto soltar.

—Alasdair —dijo al fin.

—¿Cómo?

—Mi nombre. Es Alasdair.

—Am… es bonito. Yo Esther.

Asintió.

—Lo de anoche. Lo que dijiste de hablar más veces. —Tardó en encontrar las palabras, y el esfuerzo de buscarlas le costaba más que cargar una espada—. No. Pero gracias.

Y se fue hacia la sala, dejándome en el pasillo con el nombre nuevo dándome vueltas y la sospecha de que aquel "no" no era un no del todo, sino un "todavía no" que él aún no sabía que era, pero yo.

Lo cual, tratándose del hombre que me había encerrado en una mazmorra, me dejaba en una posición profesional francamente comprometida.

—Estupendo —murmuré para mí, camino de las gachas—. Te has buscado un caso del que no puedes cobrar, en un siglo del que no puedes irte, con un paciente que podría partirte en dos. Enhorabuena, Esther. Tu mejor jugada hasta la fecha.