Como salvar a un highlander CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El curandero del clan resultó ser un hombre menudo, con barba de tres colores y una bolsa de cuero llena de cosas que olían a pantano. Estaba arrodillado al otro lado de la camilla y me vio llegar con la cara de quien ve aparecer a la competencia en su propio negocio.

—Le he dado raíz de valeriana y le he sangrado el brazo —me informó, a la defensiva—. No despierta del todo.

—Ya veo. Vamos a probar otra cosa, si te parece. —No le parecía, se le notaba, pero el gigante seguía de pie detrás de mí y eso le quitó las ganas de discutir.

Me senté en el heno al lado del muchacho, ni muy cerca para no agobiarlo ni muy lejos para que notara que había alguien.

Lo primero que hace una en estos casos no es hablar, es bajar el ritmo de todo lo demás, así que le pedí al curandero que retirara una de las antorchas, porque la luz fuerte a un chico en ese estado lo único que le hace es meterle más miedo en el cuerpo.

El curandero miró al gigante, el gigante asintió, y la sala se quedó más oscura.

—¿Cómo se llama? —pregunté en voz baja, sin dejar de mirar al chaval.

—Tam —dijo el gigante—. Es el hijo del herrero. Tiene dieciséis años.

Dieciséis. Le había echado veinte por el tamaño, que estos muchachos de las Highlands crecen como si quisieran adelantar a los robles, pero por dentro era un crío. Y los críos rotos son los peores de recoger, porque no tienen todavía las costras de los mayores, lo tienen todo en carne viva.

—Tam —dije, y me coloqué de manera que, si decidía mirar a algún sitio, fuera mi cara y no el techo—.

Tam, soy Esther. No te voy a tocar ni te voy a sangrar nada, eso te lo prometo.

Solo voy a estar aquí. ¿Puedes apretarme la mano?

No tienes que hablar, solo apretarme la mano para que yo sepa que me oyes.

Nada. El chaval seguía con la mirada perdida arriba, viendo algo que no estaba en aquella sala. Detrás de mí oí al gigante removerse, impaciente, y levanté un poco la mano hacia atrás, despacio, pidiéndole tiempo sin volverme. Para mi sorpresa, se quedó quieto.

—Vale, no pasa nada —seguí, con el mismo tono con el que se habla a alguien que está al borde de un tejado—.

No hace falta que aprietes. Pero te voy a pedir un favor distinto.

¿Notas el heno debajo de las manos? Pica un poco, ¿verdad?

Quiero que me cuentes cuántas cosas distintas puedes tocar ahí abajo sin levantar la cabeza. El heno es una. ¿Qué más hay?

Pasó un rato largo. Y entonces, con una voz que parecía venir desde el fondo de un pozo —y de pozos yo ya entendía un rato—, el chaval susurró:

—Lana.

—Muy bien. El heno y la lana. ¿Qué más?

—Mi… mi mano. La otra mano.

—Perfecto, Tam. El heno, la lana y tu propia mano. Tres cosas, aquí, ahora, en esta sala. —Le hablaba lento, dándole tiempo a que cada palabra hiciera de ancla—. ¿Hay fuego cerca? ¿Lo oyes crepitar?

—Sí.

—Eso es de la chimenea de esta casa. No es otro fuego. Es el de aquí. Estás en casa.

Y ahí el muchacho parpadeó. Bajó la vista del techo y me encontró a mí, y se le llenaron los ojos de golpe, como se le llenan a un niño cuando lleva mucho rato aguantando y por fin hay alguien delante

—Estaba allí otra vez —dijo—. He cerrado los ojos y estaba allí otra vez.

—Lo sé. ¿Quieres contarme dónde es allí?

Y entonces habló. Despacio, a trompicones, parándose, arrancando de nuevo.

Contó que habían ido a la frontera del este a recuperar unas cabezas de ganado que los Drummond les habían robado, que era su primera salida con los hombres y que su padre estaba orgulloso.

Contó que hubo pelea, que él no sabía bien ni cómo se sujetaba la lanza que le habían dado, y que en el lío se encontró delante a un chico del otro clan, un Drummond, más o menos de su edad, igual de asustado que él.

Contó que los dos se quedaron mirándose un segundo, los dos temblando, los dos sin querer estar allí.

Y contó que uno de los hombres mayores de su clan pasó por detrás y resolvió el asunto sin pensárselo, y que la sangre del chico Drummond le salpicó la cara, y que desde entonces, cuando cerraba los ojos, seguía teniendo esa cara delante.

—Era igual que yo —dijo Tam, y se le rompió la voz del todo—. Tenía la misma cara que tengo yo. Y ahora está muerto y yo no.

La sala entera estaba escuchando. Los dos hombres de la antorcha, el curandero, y de pie a mi espalda el gigante, todos paralizados oyendo a un crío de dieciséis años decir en voz alta lo que probablemente la mitad de ellos llevaba años sin atreverse a nombrar.

—Tam, mírame. —Esperé a que lo hiciera—.

Lo que sientes tiene un nombre. No estás loco, ni embrujado, ni eres un cobarde, que seguro que esas tres cosas te las has dicho ya.

Lo que te pasa es que viste morir a alguien que era como tú, y tu cabeza no encuentra el modo de guardarlo en ningún sitio, así que te lo enseña una y otra vez buscando que tenga sentido.

Pero no lo tiene. Y no pasa nada porque no lo tenga.

No tienes que entenderlo. Solo tienes que dejar de cargarlo tú solo.

—¿Y cómo se hace eso?

—Contándolo. Como ahora. Cada vez que lo cuentas pesa un poquito menos.

No desaparece, te miento si te digo que desaparece, pero deja de aplastarte.

—Le tendí la mano, esta vez del derecho, ofreciéndola sin obligar—.

Y se hace comiendo, porque un cuerpo que no come no tiene fuerzas ni para llorar como Dios manda.

El chaval me miró la mano un momento y la cogió. Apretó fuerte. Y luego, con los ojos todavía mojados, dijo lo que dijo, que me lo voy a llevar a la tumba:

—Hueles raro.

—Llevo cuatro días en una mazmorra, criatura. Tú tampoco hueles a rosas.

Se le escapó media risa entre el llanto, esa risa fea y húmeda que es la mejor señal del mundo, porque significa que alguien acaba de salir a respirar después de mucho rato debajo del agua.

Le pedí al curandero un poco de caldo, del que tenían al fuego, y mientras se lo traía me quedé con la mano de Tam entre las mías, sin soltarlo, dejando que el temblor se le fuera bajando solo.

Bebió. Despacio, pero bebió. Y cuando terminó el cuenco, se quedó dormido de verdad, no ido sino dormido, con la respiración de un niño que ha descargado un peso que le venía grande.

Me levanté con las rodillas hechas un cristo de tanto heno y tanta piedra, y me volví.

El gigante seguía donde lo había dejado, mirando al chaval dormir.

Tenía la mandíbula tensa y los brazos cruzados, y se le notaba que le estaba costando un esfuerzo titánico mantener la cara de jefe que no se inmuta por nada.

No lo conseguía del todo. Había algo en él removido, algo que el relato de Tam le había tocado por dentro en un punto que conocía demasiado bien.

—Necesitará hablar más veces —le dije—. Esto no se arregla en una noche. Pero saldrá adelante, es fuerte.

El gigante tardó en contestar. Cuando lo hizo, no me miraba a mí, sino al muchacho.

—El hombre que mató al Drummond era yo —dijo.

Ahí estaba. El punto que le había tocado.

Y de repente entendí por qué me habían sacado de la celda en plena madrugada, por qué un jefe de clan que llevaba cuatro días tratándome como a una espía había decidido jugársela a que una desconocida que cayó de un pozo supiera arreglar a un crío roto. No lo hacía solo por Tam.

—Lo hiciste para protegerlo —dije—. Para que no tuviera que hacerlo él.

—Lo hice sin pensar. Es lo que sé hacer. —Por fin me miró, y aquellos ojos que llevaban cuatro días siendo un muro tenían ahora una grieta fina—. Y le he arruinado al chico lo mismo que me...

Se cortó antes de terminar.

Quise decirle muchas cosas, pero llevaba diez años en este oficio y sé reconocer cuándo un hombre no está listo para que le quiten el peso, porque el peso es lo único que cree merecer.

Así que no le solté el discurso. Me limité a sostenerle la mirada un momento más de lo cómodo y a decirle lo único que iba a poder oír esa noche.

—Tú también necesitarías hablar más veces.

No contestó. Apretó la mandíbula, descruzó los brazos y dio media vuelta hacia la puerta. Pero antes de salir, sin volverse, dijo en voz baja:

—No volverás a la celda. Que le preparen un cuarto.

Y se fue, dejándome de pie en aquella sala enorme, con un crío dormido a mis pies, un curandero mirándome como a una aparición y la sensación incomodísima de que acababa de ganarme la confianza del hombre más peligroso del castillo justo por el sitio por donde más le dolía.