Como salvar a un highlander CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El primer día me dieron pan duro y agua turbia.

Me la trajo un crío de doce años que abrió la rejilla, dejó el cuenco y me miró como se mira a un bicho feo antes de largarse.

—Gracias, majo —le dije igualmente, porque que se acabe el mundo no es excusa para perder los modales.

Pasé la mañana repasando las opciones, que eran tres.

La primera, que lo estaba soñando; la segunda, que estaba muerta; la tercera, que la cosa iba en serio.

Descarté las dos primeras enseguida, porque en los sueños no duelen las costillas y porque los muertos no tienen hambre y yo tenía un hambre de pensar en croquetas.

Me quedé con la tercera a regañadientes, que por algo la había dejado para el final.

El segundo día bajó el gigante, y lo oí venir mucho antes de verlo porque aquella pisada llegaba sola. Abrió la rejilla y se quedó en el umbral, llenándolo entero.

—¿Para quién trabajas? —preguntó como si tuviese todo el tiempo del mundo y ninguna gana de gastarlo.

—Para una mutua de seguros, técnicamente, aunque las sesiones privadas las facturo aparte. ¿Por?

Dio un paso y la sombra entró antes que él.

—Los Drummond mandan espías de muchas formas: curanderas, mendigas, mujeres que fingen no entender. Pero ninguna había caído de un pozo seco hablando la lengua de la tierra.

—Eso a mí también me descoloca, no te creas. —Me aparté el pelo de la cara—. Voy a ser sincera contigo. No sé quiénes son los Drummond, no sé dónde coño estoy, y hace un rato he intentado pedir un taxi y no hay cobertura.

Me miró un buen rato buscando la mentira, y la buscó con método, como quien ha interrogado a mucha gente y sabe sacarle lo que quiere por las buenas o por las otras.

No la encontró, sencillamente porque no estaba, y eso lo lió más que cualquier mentira que yo hubiera podido inventarme.

Se le cruzó algo por la mandíbula durante medio segundo, frunció el ceño y volvió a hablar:

—No comerás hasta que digas la verdad —zanjó, y se dio la vuelta.

—Pero si te la estoy diciendo, ese es justo el problema —le grité a la espalda mientras se alejaba.

Echó el cerrojo de nuevo y aproveché para sacar la libreta.

Día 2. Interroga buscando el engaño porque el engaño es lo único que espera ya de la gente. Proyecta. Alguien le mintió, y alguien de quien no se lo esperaba. Desde entonces no espera otra cosa de nadie.

Levanté el boli y me reñí en voz baja, porque a alguna parte de mí le venía bien oírlo: estaba muerta de hambre, encerrada en una mazmorra, y lo que hacía era abrirle ficha al carcelero.

El tercer día fue el malo de verdad. Vino a buscarme el armario empotrado de la derecha, el mismo que me había llamado espía, y me sacó del brazo apretando más de lo necesario. Me llevó por el pasillo y escaleras arriba hasta un patio interior donde había un pilón de piedra lleno de agua.

—El señor dice que vas a hablar —anunció.

—El señor y yo hemos tenido una conversación muy productiva, aunque él todavía no lo sep…

Me metió la cabeza en el agua antes de que terminara la frase. No estaba fría, estaba lo siguiente, y me la tuvo dentro el rato justo para que el cuerpo, que es muy primitivo, se olvidara de las croquetas y empezara a pensar solo en aire. Me sacó, tosí media vida, y volvió a meterme.

—¿Para quién trabajas?

—Para una mutua, ya te lo he dicho, qué pesados sois con la mutua —escupí entre toses.

A la tercera, debajo del agua y con los pulmones ardiendo, no me entró el pánico que tocaba, sino un cabreo monumental, andaluz, de los que suben desde el estómago, porque morir ahogada en un pilón por culpa de un malentendido y encima, en lo que parecía un siglo que no era el mío me pareció una falta de respeto a mi currículum.

Me sacó, y antes de coger aire del todo le solté lo que llevaba cuatro días viendo.

—A tu jefe le pasa algo gordo y tú lo sabes.

Se quedó con la mano en mi nuca, a medio camino del cuarto chapuzón.

—Lo sabes —repetí, chorreando—. Lleva años así, y tú le obedeces en todo y le ahogas a quien él te diga.

Fijo que él te salvó de algo y desde entonces te sientes en deuda.

Nadie en este castillo se atreve a decir en voz alta que vuestro jefe está roto por dentro, porque es el que manda, pero tú lo ves y te lo callas.

El patio se quedó en un silencio raro mientras me soltaba y daba un paso atrás. Me miraba ahora con algo nuevo que no llegaba a ser miedo, pero vivía en el mismo barrio.

—¿Por qué sabes eso? ¡Bruja! —gritó.

—Psicóloga, que es parecido, pero con colegiación.

No hubo cuarta vez. Me llevó de vuelta a la celda casi con cuidado, sin apretarme el brazo y manteniéndose un poco lejos, como quien transporta algo que no entiende y prefiere no tocar demasiado por si acaso.

El cuarto día no bajó nadie a interrogarme. Llegó la comida, con un pan menos duro y un trozo de queso, y hasta el crío se atrevió a sonreír un poco antes de irse, pero ningún hombre volvió a preguntarme para quién trabajaba.

Por la tarde lo oí cruzar el patio de arriba, porque su pisada ya la tenía fichada, y justo encima de mi celda el peso se detuvo y se quedó quieto un momento de más, como si dudara si bajar. No bajó.

Día 4. La curiosidad le ha podido al miedo, porque quiere bajar y no baja. Debe llevar tanto tiempo solo dentro de su cabeza que la idea de que alguien lea ahí dentro le aterra. Seguro que el armario, el que me cree bruja, ya le ha contado lo que pasó en el patio.

Debajo, más pequeño, escribí otra cosa, porque a las cuatro de la madrugada de lo que ya estaba casi segura que era un siglo equivocado una también se siente sucia: que ojalá pudiera ducharme.

Me dormí con la libreta sobre el pecho.

Me despertaron a empujones, en la noche cerrada, con una antorcha en la cara y dos hombres que no eran el armario, hablando atropellado.

—Levanta, que el señor te llama.

—¿Ahora? ¿Sabéis vosotros qué hora es? Claro que no, si aquí no lo sabe nadie nunca.

—¡Levanta!

Me sacaron escaleras arriba, por un pasillo y a través de otra puerta, hasta una sala enorme con una chimenea del tamaño de un coche y el gigante de pie en el centro.

A sus pies, sobre una camilla improvisada de mantas y heno, había un muchacho que no tendría más de veinte años, pálido como el papel, con los ojos clavados en el techo, la boca apretada y un temblor fino recorriéndole las manos.

No tenía sangre encima ni herida visible, pero estaba ido, lejísimos, en un sitio donde el calor de la chimenea ya no le llegaba.

Ese sitio lo conozco bien porque lo he visto cien veces en consulta.

El gigante me miró, y por primera vez en cuatro días aquellos ojos perdidos tras algún trauma, no me miraban con desconfianza, sino otra cosa más difícil de sostener que en él debía de pesar como una traición a sí mismo: una súplica.

—El curandero no sabe qué tiene —dijo, con voz seca—. No hay fiebre ni golpe, no habla y no come desde que volvió de la frontera. —Tragó saliva—. Tú sabes lo que hay dentro de las personas —No me llamó bruja como su amigo, pero casi lo insinuó.

Miré al chico, luego al gigante y luego al heno, al fuego y al siglo entero que se me había caído encima por buscar cobertura, y supe con esa certeza tonta y total que dan las tantas de la madrugada que ya no había vuelta atrás.

Me acerqué a la camilla y me arrodillé al lado del muchacho despacio, para no asustarlo, y le hablé bajito, solo para él, como había hecho mil veces antes.

—Hola. Me llamo Esther. No tienes que contarme nada todavía, solo voy a quedarme aquí contigo un rato, ¿de acuerdo? Aquí, a tu lado, sin moverme.

No me contestó, pero giró la cabeza un milímetro hacia mí, y a mi espalda, junto al fuego, el gigante soltó un aire que llevaba conteniendo desde que entré.