Como salvar a un highlander
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CAPÍTULO 1
Que conste desde ya que no me caí por torpe. Me caí porque el universo, que me tiene ganas desde hace años, encontró por fin la ocasión perfecta.
El móvil pasó de una raya a dos y volvió a ninguna en el tiempo que tardé en maldecir.
—Me cago en mi vida —dije, con sentimiento, y di dos pasos más cuesta arriba, hacia donde el terreno se levantaba entre piedras viejas que en su día fueron algo importante y ahora eran una trampa para los tobillos.
La linterna del móvil alumbró lo justo para que no viera que el suelo donde iba a pisar no era suelo, sino una tapa de madera podrida sobre un agujero negro. La madera crujió de esa manera que después, mirándolo con calma, resulta una advertencia clarísima. Pero yo nunca miro después. Yo piso.
Y me caí.
Que nadie se imagine una caída elegante, porque no existen.
La gente se piensa que va a caerse como en las películas, despacito y con un gritito mono, y luego le toca caerse como un saco de patatas que encima habla, porque yo iba soltando "ay, ay, no, no, ay", que es el monólogo que se me activa en las emergencias y que ni con diez años de terapia he conseguido callar.
Aterricé de costado, se me fue el aire de los pulmones de golpe y me quedé un rato a oscuras escuchándome respirar.
Cuando miré arriba, el círculo de cielo estaba a unos cuatro metros, lo que me dejó claro que aquello era un pozo y que la noche iba a ser larga.
La bata había quedado para el arrastre y el móvil, de milagro, seguía vivo.
Yo también, aunque eso estaba por confirmar.
—Magnífico, Esther —le dije al pozo, porque hablar sola en una crisis es un mecanismo de autorregulación perfectamente válido y yo lo receto—. Caída de cinco estrellas. Como las reseñas de Amazon.
Empecé a subir agarrándome a los salientes, con los dedos despellejándose contra la piedra mojada y los pantalones de pinzas rindiéndose poco a poco.
A mitad de camino, el cielo cambió. No de color, sino de cantidad.
Se apagó el resplandor de las farolas solares que habían instalado los del castillo, desapareció ese zumbido eléctrico que tiene el mundo moderno y que no notas hasta que falta, y en su lugar aparecieron una luna que media hora antes no estaba y un frío que olía distinto.
Saqué la cabeza por el borde y el jardín ya no era el jardín.
No había valla, ni parking, ni las dichosas farolas por las que el del catering me había estado dando la brasa toda la semana.
Había hierba alta hasta la rodilla, había más estrellas de las que he visto en mi vida —y mira que hago retiros en sitios oscuros— y, a unos cien metros, había lumbre de verdad, antorchas, y voces.
Me quedé colgada del borde como un koala en plena crisis existencial, medio cuerpo fuera, pensando muy rápido y bastante mal.
—Esto es una recreación histórica —susurré, porque el cerebro, cuando no entiende algo, se inventa lo que sea—. Seguro. Los del castillo no me avisaron porque son unos sosos, pero es una recreación histórica.
Me lo creí cuatro segundos justos, hasta que salieron de entre los árboles dos tipos del tamaño de un armario empotrado cada uno, con faldas escocesas que no eran de disfraz, porque el poliéster de los disfraces se ve a kilómetros y aquella lana estaba gruesa y sucia de verdad, y con unas espadas que tampoco reflejaban la luna como reflejaría el atrezo. Me señalaron y dijeron algo.
Y aquí viene lo segundo importante de mi nueva vida: los entendí.
No hablaban español ni inglés, sino una lengua cerrada, de garganta, llena de erres arrastradas y de sonidos que no había oído nunca, y sin embargo el significado me llegó a la cabeza tan claro como el agua. ¿Quién anda ahí? Sal del pozo despacio.
—Hola —contesté, y la palabra me salió en su idioma, con un sonido que yo no sabía hacer, pero que era exactamente lo que quería decir—. Buenas. No pasa nada. Soy psicóloga.
Los dos armarios se miraron.
—¿Qué es eso? —preguntó el de la izquierda.
—¡Habla la lengua! —dijo el de la derecha, y no era un cumplido, sino una acusación—. Una mujer que cae de un pozo seco hablando la lengua, vestida de blanco como un espíritu. Es de los Drummond. Es una espía.
—No sé quiénes son los Drummond, pero te aseguro que no soy espía de nadie. Yo como mucho espío a mi vecina, y es porque tiene un novio que está buenísimo. Vamos a respirar todos un momento y a bajar el nivel, ¿de acuerdo? Inspiramos por la nariz contando hasta cuatro…
No bajaron el nivel. Me agarraron uno por cada brazo, me sacaron del pozo como se saca un corcho de una botella y me dejaron de pie sobre la hierba, con las piernas temblando y la bata colgando de un hombro.
Y entonces salió el tercero, que era otra cosa.
A lo largo de mi carrera he visto entrar por la puerta de la consulta a directivos que mueven millones, a tíos que dan miedo de verdad y hasta a un boxeador profesional, y he aprendido a no impresionarme con el envoltorio, porque la primera regla del oficio es que el que más grande viene más pequeño está por dentro.
Pues esa regla, en cuanto vi a este hombre, hizo las maletas y se fue de vacaciones.
Era enorme, pero no enorme de gimnasio, sino de los que nacen ya preparados para tapar puertas.
Tenía el pelo oscuro recogido a medias, una cicatriz que le bajaba de la sien y se le perdía en la barba, y unos ojos que eran directamente el problema, porque eran los de alguien que había visto cosas muy jodidas.
Esa mirada la conozco bien, la he tenido sentada enfrente muchas veces, pero nunca en un cuerpo capaz de partirme en dos sin despeinarse.
Se plantó delante de mí, me miró de arriba abajo, la bata, los pantalones y las botas de ante carísimas que en aquel contexto parecían de marciana.
—¿Una espía? —dijo, con una voz grave y baja.
—¡Habla la lengua, señor! —insistió el armario de la derecha—. Salió del pozo. Va de blanco.
El hombre no apartó los ojos de mí.
—¿Cómo te llamas?
Y yo, que en diez años de consulta he aprendido a sostener silencios eternos y a no contestar antes de tiempo para que el otro se desnude solo, abrí la boca y lo solté todo de carrerilla.
—Esther. Esther Ramírez. Soy de Sevilla, bueno, de Madrid, pero nací en Sevilla, que es distinto, y no me preguntes cómo he llegado hasta aquí porque no lo sé, te lo juro por mi madre que en paz descanse.
Parpadeó una vez, despacio, como quien asume que le ha tocado en suerte la prisionera más rara de toda su carrera.
—Encerradla —dijo.
—¿Cómo que encerradme? Si no he hecho nada, me he caído a un pozo. ¡Es algo que me ha pasado a mí!
No me escucharon. Me llevaron medio a rastras hacia las antorchas, hacia un edificio de piedra que era mi castillo, el Dunmore, pero sin la hiedra de las fotos, sin recepción y sin una chica majísima llamada Fiona dándote la llave de la habitación.
Bajamos unas escaleras, me empujaron dentro de un cuarto que olía a humedad y a animal, con paja en el suelo y una rejilla por ventana, y cerraron con un cerrojo que sonó tremendamente definitivo.
Me quedé de pie en medio de la celda y saqué el móvil. Cero rayas, cómo no. Lo que aún no sabía es que la cobertura no iba a volver en unos doscientos ochenta años.
Saqué también la libreta y el boli del bolsillo de la bata, me senté en la paja porque las piernas ya no daban más de sí, y por pura costumbre profesional, que es lo único que sé hacer cuando el mundo se me cae encima, abrí por una página en blanco y escribí con letra temblorosa, pero legible.
Sujeto varón, cuarenta años aproximados, líder del grupo. Hipervigilancia marcada. Afecto plano. La postura defensiva no es estrategia, es coraza, y la lleva puesta desde hace tanto que ya ni la siente. La cicatriz de la cara es un trauma antiguo.
Paré el boli y me miré la mano en la penumbra.
—Te acaban de encerrar en una mazmorra de no sé qué siglo y lo que haces es abrirle ficha al carcelero —me dije en voz alta, en aquella lengua rara que ahora me salía sola—. Necesitas ayuda, Esther, profesional, porque la tuya no cuenta.
Y lo peor, lo que no escribí en la libreta porque hay cosas que una no se confiesa ni el primer día, fue lo que pensé justo después, mirando la pared de piedra: que menudo caso tenía delante.
Apoyé la cabeza en la piedra fría. Desde algún rincón del castillo oí a aquel hombre enorme dar una orden con su voz grave que no necesitaba gritar, y noté, porque eso lo noto siempre, que debajo de la orden había cansancio. Mucho, pero no del físico.