CAPÍTULO 24El robo del siglo #2
Lady Ainsworth parpadea. Yo sonrío. Lucian espera a que se aleje antes de inclinarse hacia mí.
—¿Eso ha sido necesario?
—No.
—Bien.
—Pero ha sido agradable.
Su boca se curva.
Es una victoria pequeña. No porque haya dejado de defenderme, sino porque me ha permitido hacerlo primero.
No hemos avanzado tres pasos cuando sir George Mellor aparece acompañado por el señor Bexley.
Por un instante creo que vienen a felicitarme.
Después veo la carpeta bajo el brazo de Bexley y comprendo que ningún hombre lleva documentos a una boda por afecto.
—Whitmore —dice sir George—. ¿Podemos robarle cinco minutos?
—En este momento la palabra «robar» resulta poco prudente —respondo.
Bexley se ríe. Lucian me mira.
—¿Quieres acompañarnos?
La pregunta me sorprende. Semanas atrás habría respondido por mí. O me habría enviado con Agatha mientras él hablaba de cifras. Ahora espera.
—Sí —digo.
Nos apartamos hacia una sala pequeña contigua al salón. Oliver intenta seguirnos y sir George le cierra la puerta delante de la nariz.
—Esto empieza a gustarme —murmuro.
—Concéntrate —dice Lucian.
—Estoy casada. Ya no necesito fingir que tus negocios me interesan.
—Nunca fingiste demasiado bien.
Bexley abre la carpeta.
—Hemos revisado las copias que envió Wetherby. También hemos hablado con dos de los comerciantes que pensaban participar en la operación original.
Lucian deja de bromear.
—¿Y?
Sir George se apoya en el borde de una mesa.
—Bale era el problema.
La frase queda en el aire. No porque sea una revelación. Porque es la primera vez que uno de aquellos hombres lo dice con tanta claridad.
—Eso ya lo sabemos —responde Lucian.
—Sabemos algo más —continúa Bexley—. La estructura no era mala. El plan de diversificar almacenamiento y transporte sigue teniendo sentido. Lo que no queremos es que dependa de una sola empresa ni de un solo intermediario.
Lucian mira los documentos. Yo lo miro a él. Ocho meses.
Recuerdo aquella noche en que me dijo que no se trataba solo de un almacén, sino de no dejar que un mal año agrícola arrastrara a familias enteras. Recuerdo también que fui yo quien empujó a estos mismos hombres a desconfiar.
Sir George continúa.
—El almacén original ya no está disponible.
Lucian asiente. No intenta fingir que no le importa.
—Lo imaginaba.
—Pero Bexley ha encontrado dos edificios más pequeños cerca de los muelles. No son tan convenientes.
—Ni tan caros —añade Bexley—. Y nos permitirían repartir el riesgo.
Lucian toma la primera hoja.
—¿Quién llevaría la administración?
—Un hombre nuestro y uno suyo. Cuentas separadas. Revisión trimestral. Ningún pago aprobado por una sola firma.
Lucian levanta la vista.
—Han aprendido deprisa.
Bexley sonríe sin alegría.
—Bale ha sido un profesor caro.
Yo permanezco callada. No porque no tenga nada que decir. Porque esto le pertenece a Lucian y quiero ver qué hace cuando nadie lo empuja. Pasa las páginas.
—No utilizaré el nombre de Whitmore como garantía para deudas ajenas.
—De acuerdo —dice sir George.
—Y no adelantaré capital hasta que Wetherby revise los contratos.
—También.
—Quiero hablar con los hombres que trabajan en los almacenes antes de decidir cómo se organiza el transporte.
Bexley arquea una ceja.
—Eso no estaba en la propuesta anterior.
—Debería haberlo estado.
Pienso en la cena de Whitmore House. En aquellos hombres que empezaron a hablar de verdad solo cuando dejaron de intentar impresionarse unos a otros. En una ruta incómoda. En un cochero perdido. En cosas pequeñas que Lucian había escuchado demasiado tarde.
—Y si la gente que mueve las cajas dice que una ruta es absurda —añado—, quizá convenga creerla antes de construir un negocio alrededor.
Los tres hombres me miran.
—¿Qué? —pregunto—. Estuve en aquella cena.
Sir George sonríe.
—Precisamente por eso queríamos hablar hoy.
Lucian vuelve la cabeza hacia él.
—¿Cómo?
—La primera vez que nos sentamos a discutir el proyecto, todos llevábamos cifras preparadas. La noche que cenamos aquí terminamos hablando de los problemas que intentábamos ocultar. Su esposa tuvo bastante culpa.
—No estoy segura de que «culpa» sea la palabra adecuada en mi boda.
—Contribución —corrige Bexley.
—Mucho mejor.
Lucian sigue leyendo. Conozco ya su manera de ordenar una decisión: primero descarta lo que no puede aceptar, después busca lo que queda. Finalmente cierra la carpeta.
—No prometo nada hoy.
Sir George asiente.
—No se lo estamos pidiendo.
—Mañana enviaré a Wetherby las condiciones. Si los números resisten la revisión, hablaremos.
—Eso esperábamos.
Bexley le ofrece la mano. Lucian la estrecha. Sir George hace lo mismo. No hay brindis. No hay música.
Solo tres hombres acordando volver a una mesa sin Edmund Bale. Y, sin embargo, noto que algo termina de encajar. Cuando se marchan, Lucian permanece un momento con la carpeta en la mano.
—Ocho meses —digo.
—Lo recuerdo.
—Pensé que los habías perdido.
—Perdí un almacén.
—Y un socio.
—Eso fue una ganancia.
Sonrío.
—¿El negocio sigue vivo?
Lucian mira la carpeta.
—Si las cuentas son buenas.
—Por supuesto.
—Y si el plan protege las propiedades como debería.
—Naturalmente.
—Y si nadie sabotea a los inversores.
Me llevo una mano al pecho.
—Qué falta de confianza en tu esposa, milord.
Se acerca.
—He decidido confiar en ti con precaución.
—Eso suena muy parecido a nuestro primer acuerdo.
—Espero que este sea menos caro.
—Yo no.
Lucian niega con la cabeza, pero sonríe. Esta vez, cuando regresamos al salón, la carpeta se queda cerrada sobre una mesa. El negocio puede esperar hasta mañana. La boda no.
Agatha aparece para arrastrarme hacia un grupo de damas interesadas en los bolsos que Martha y yo hemos empezado a enseñar a algunas conocidas.
No hemos abierto una tienda. Todavía. Pero ya tenemos seis encargos y una lista de mujeres que desean «cierres discretos para evitar accidentes», expresión elegante para decir que Londres contiene demasiadas personas como yo fui.
Lucian se ha ofrecido a revisar las cuentas. Yo me he ofrecido a lanzárselas por la ventana si las revisa sin permiso.
Nuestro matrimonio empieza sobre bases firmes.
A media tarde consigo escapar unos minutos al jardín.
Necesito aire y silencio. O, para ser exacta, necesito cinco minutos en los que nadie me pregunte si pienso dedicarme a mejorar la vida social del conde de Whitmore. Me apoyo en la balaustrada de piedra.
—Te has fugado de tu propia boda.
La voz de Lucian llega desde detrás de mí.
—Me he tomado un descanso.
—Sin avisar.
—Esto va a ser un matrimonio muy largo si piensas llevar la cuenta de todas las veces que hago algo sin avisar.
Se coloca a mi lado.
—Ya he renunciado a llevar esa clase de cuentas.
—¿De verdad?
—Estoy aprendiendo a concentrarme en pérdidas asumibles.
—Qué romántico.
Nos quedamos en silencio, contemplando el jardín.
La música de la casa llega amortiguada a través de las ventanas abiertas.
Por un momento, podría olvidar que hay más de cien personas al otro lado de los cristales celebrando que una ladrona y un conde han tomado una decisión sensata por primera vez en sus vidas.
Entonces veo la cadena. Oro. Asoma del bolsillo de su chaleco. Lo miro. Lucian mira al frente. La cadena cuelga de una forma casi ofensiva.
—No —dice.
—No he hecho nada.
—Lo estás pensando.
—No puedes saber lo que pienso.
—Te conozco.
—Eso es una afirmación peligrosa en un marido recién estrenado.
Me acerco un poco. Él no se mueve.
—Arabella.
—Lucian.
—No.
—Qué desconfiado eres.
Dejo que mis dedos rocen el borde de su levita. La cadena está ahí, a un movimiento de distancia. La primera vez tardé menos de tres segundos.
Esta vez necesito uno. Tiro. Su mano se cierra sobre mi muñeca. Exactamente como en Bond Street. Me echo a reír antes de poder evitarlo. Lucian también sonríe, aunque intenta mantener una dignidad que ya no engaña a nadie.
—¿Otra vez intentando robarme, señora Blackwell?
—No seas ridículo. Lo tuyo ya es mío.
—Esa interpretación del matrimonio me preocupa.
—Deberías haber leído la letra pequeña.
Abre mi mano y deposita el reloj en la palma.
—En realidad, esta vez no necesitas robarlo.
Lo miro. Es el mismo reloj. Reconozco la cubierta dorada, la pequeña marca junto a la bisagra, incluso la cadena que me delató el día que nos conocimos.
—Lucian...
—Ábrelo.
Presiono el cierre. Dentro, bajo la tapa, hay una inscripción.
«Para Arabella. Esta vez, puedes quedártelo».
Me quedo sin palabras. Es irritante.
—Esto es trampa —digo al fin.
—¿Por qué?
—No puedo robar algo que me regalas.
—Confío en que encuentres otras formas de entretenerte.
—Podría empezar con los botones de tu chaleco.
—Preferiría que esperaras a que no hubiera invitados.
Lo miro. Él me mira con esa calma que ya sé reconocer como el instante exacto antes de que deje de ser calmado.
—Milord —murmuro—, creo que acaba de hacer una insinuación impropia.
—Estoy casado con una mujer que intentó robarme en plena calle. Mis estándares han cambiado.
Guardo el reloj en el bolsillo secreto de mi vestido. Lucian baja la vista hacia el lugar donde desaparece.
—¿Tienes un bolsillo en el vestido de novia?
—Por supuesto.
—Agatha dijo que no lo tendría.
—Agatha no lo sabe todo.
—Voy a disfrutar mucho viendo cómo se lo explica.
—No pienso explicárselo.
—Entonces tendré que guardar el secreto.
—¿Puedes?
—He aprendido de la mejor.
Lo beso antes de que pueda ponerse demasiado satisfecho consigo mismo.
Y mientras dentro de la casa Oliver empieza a llamarnos porque Agatha amenaza con organizar una búsqueda, pienso que quizá esto sea lo más parecido a una vida respetable que voy a conseguir.
Por suerte, nadie dijo que la respetabilidad tuviera que ser aburrida.