CAPÍTULO 24El robo del siglo
El robo del siglo
Arabella
Antes de la boda hay un té, y el té es peor.
Lo organiza lady Margaret, sin consultarme, con una nota de tres líneas que concluye «No traiga excusas». Es la clase de invitación que una acepta cuando está a punto de casarse con la familia.
—No tienes que ir —dice Lucian en el carruaje.
—Lo sé. Pero hice una condición, ¿recuerdas? Decidiré yo qué se cuenta de mí. Prefiero hacerlo antes de que lo haga lord Caversham.
Me aprieta la mano un segundo sin añadir nada. Me deja en la puerta de Park Lane y se va al despacho de Wetherby con el gesto de un hombre dispuesto a esperar tres horas bajo la lluvia, y no lo hace porque ha prometido no hacerlo.
Catorce mujeres me esperan en el salón con las cortinas descorridas, que es el modo que tiene Londres de anunciar que no piensa perderse nada.
Reconozco a lady Bexley, que me sonríe con una prudencia de buen augurio; a lady Fairburn y a su hija Cecily; y a las tres madres cuyas esperanzas canceló lady Margaret con una carta cada una, que han venido, supongo, por curiosidad científica.
Lady Ainsworth ha declinado la invitación, y se lo agradezco: me habría obligado a ser educada.
Lady Margaret, desde el sillón más alto de la sala, ni siquiera se levanta.
—Señoras, mi futura nuera desea decirles algo. He prometido que nadie la interrumpirá, incluida yo, lo cual constituye el mayor sacrificio de mi vida.
Me pongo en pie. Tengo las manos vacías y a la vista, que en mi caso es una declaración de buena fe.
—Les ahorraré el trabajo de preguntármelo en el pasillo —empiezo—.
Es cierto que he robado. Carteras, sobre todo.
Un reloj, una vez, aunque fracasé. Es cierto que crecí en una habitación de un tercer piso con una actriz que me enseñó a leer en programas de teatro y a contar con las monedas que traía.
Y es cierto que mi padre, Thomas Hart, fue contable de los Whitmore y que lo señalaron hace doce años por una falta que no cometió.
Miro a lady Bexley.
—Eso último no lo digo yo. Lo dice, desde el lunes, la rectificación que lord Whitmore ha enviado, con su firma, a todas las casas que recibieron la acusación.
Nadie se mueve. Una de las madres de las cartas canceladas deja la taza en el plato con un cuidado que roza la devoción.
—No les pido que me quieran —sigo—. Les pido que la próxima vez que alguien les cuente mi vida recuerden que existe otra versión, con la ventaja de que la he vivido yo.
Me siento. El silencio dura exactamente lo que tarda lady Bexley en decidirse.
—Mi marido recibió la carta el lunes —dice—. Henry asegura que en treinta años de comercio no ha visto a un noble corregir un libro en contra de su propia familia. Se la ha leído a la cocinera.
Alguien se ríe. Después otra. Una señora de buen peso y mejor lengua, a quien no conozco, declara que a mi edad ella robaba manzanas y que no ha tenido nunca ni el valor de confesarlo ni el dinero para que se lo perdonaran.
Cecily se levanta. Se alisa la falda con una dignidad que le cuesta, y lo agradezco más por eso.
—Le debo una disculpa, señorita Hart. No por haber dudado del compromiso, que era razonable, sino por el tono.
—Acepto la disculpa —respondo—. El tono me lo quedo, por si algún día lo necesito.
Cecily sonríe de verdad. No tenía registrado ese gesto en ella.
La conversación se desordena, que es la señal de que ha funcionado.
Me entero, entre dos tazas, de que Bale ha salido de Londres «por motivos de salud», lo cual en estos salones es lo más parecido a un funeral sin música, y de que lord Caversham ha descubierto que lo invitan a menos casas de las que creía.
Alguien pregunta por el bolso que llevo colgado del brazo.
Lady Fairburn, con un interés que no es del todo social, quiere saber si es cierto que en esos cierres no puede entrar mano ajena.
—Ninguna ajena —respondo—. Las propias, con práctica.
Para cuando se marcha la última tengo cuatro encargos y una lista de nombres que Martha va a bendecir y maldecir a partes iguales. Lady Margaret me retiene al pie de la escalera. Me toma las manos, igual que la noche en que nos conocimos, y esta vez no hay inspección.
—Agatha me ha contado la versión corta y mi hijo la larga. No necesito que me expliques cómo empezó. —Me mira con los ojos de Lucian—. Una vez te pregunté si mi hijo te hacía reír.
—Y le dije que estaba trabajando en ello.
—Lo oigo desde la escalera cada vez que vienes. No pensaba volver a oírlo antes de morirme.
No sé qué responder. Por una vez, no necesito hacerlo.
Salgo de Park Lane con cuatro encargos, una invitación a cenar y la certeza de que Londres cambia de opinión con la misma rapidez con que la forma. Es la única lección de sociedad que me parece plenamente útil.
Lady Agatha organiza una boda como otros generales organizan una campaña militar: con mapas, órdenes, horarios y una convicción absoluta de que cualquier resistencia será interpretada como traición.
—No necesitamos tantas flores —le digo por quinta vez.
—No son tantas.
Miro el salón. Hay rosas en las ventanas, rosas en las mesas, rosas alrededor de la chimenea y una composición floral junto a la puerta que podría ocultar a un hombre adulto.
—Agatha, si desaparece un invitado, tendremos que buscarlo entre los rosales.
—No seas exagerada.
Martha, sentada frente al tocador mientras ajusta un pliegue de mi vestido, suelta una risa.
—Yo no discutiría con ella hoy.
—Tú estás de su parte porque te ha dado acceso a una modista que cobra más por una cinta que nosotras por arreglar un vestido entero.
—Y he aprendido muchísimo.
—Traición.
Agatha me contempla a través del espejo.
—Querida, si de verdad quisiera traicionarte, habría permitido que mi sobrino eligiera la decoración.
Eso me hace callar. Lucian habría elegido tres flores blancas, perfectamente alineadas, y un programa por escrito para indicar a cada invitado cuándo respirar.
Sonrío al pensar en él. El gesto aparece sin permiso y Agatha lo ve.
—Ahí está —dice.
—¿Qué?
—La expresión que llevas intentando esconder desde que te levantaste.
—No escondo nada.
Martha me clava un alfiler cerca de la cintura.
—No te muevas cuando mientas.
—Todo el mundo está insoportable hoy.
—Te casas con el peor —responde Agatha—. Es normal que los demás nos permitamos un pequeño esfuerzo.
Mi vestido no es tan ostentoso como ella quería ni tan sencillo como yo pretendía.
Hemos llegado a un acuerdo, lo cual considero una prueba de que los milagros existen.
Es marfil, de talle alto y caída ligera, con un bordado diminuto de hojas verdes en el borde de las mangas.
Martha ha cosido dentro un bolsillo secreto.
Agatha casi sufrió un desmayo cuando lo descubrió.
—Una novia no necesita bolsillos —declaró.
Yo no le expliqué que una mujer siempre necesita bolsillos. Hay cosas que la aristocracia todavía debe aprender.
La ceremonia transcurre en una iglesia pequeña, con más gente de la que yo habría elegido y menos de la que Agatha considera necesaria. Oliver ocupa un banco delantero y me guiña un ojo cuando entro. Martha camina conmigo hasta el pasillo y, justo antes de soltar mi brazo, murmura:
—Todavía puedes correr.
—¿Crees que llegaría lejos con este vestido?
—He dejado las costuras resistentes por si acaso.
Lucian nos ve hablar y frunce el ceño desde el altar.
—Ya está intentando controlar la conversación —susurro.
—Buena suerte —dice Martha.
La condesa viuda de Whitmore ocupa el primer banco junto a Agatha. Cuando nuestras miradas se cruzan, lady Margaret me sonríe y se lleva un pañuelo a los ojos con una discreción tan escasa que Lucian lo ve desde el altar.
—Mi madre está llorando —murmura.
—Espero que de alegría.
—Con ella nunca se sabe.
No necesito suerte. Eso es lo extraño. Durante años he asociado la seguridad con saber escapar.
Una puerta abierta, una calle conocida, una moneda escondida en el dobladillo.
Hoy camino hacia un hombre del que no necesito huir porque, por primera vez, quedarme es una decisión que he tomado sin hambre, sin miedo y sin un trato esperando al final.
Lucian está más guapo de lo que debería permitirse en un día en que ya tiene demasiadas ventajas.
Lleva una levita oscura y un chaleco claro; el cabello moreno se niega a permanecer tan ordenado como él quisiera.
Cuando llego a su lado, sus ojos grises recorren mi rostro y se detienen un instante en los míos.
—Estás preciosa —murmura.
—Eso dijiste la primera vez que me vestí como una dama.
—Dije que estaba muy bien.
—Cierto. Has progresado.
El sacerdote carraspea. Oliver se tapa la boca. Lucian mueve apenas la cabeza.
—Procura no convertir la ceremonia en una negociación.
—No prometo nada.
Nos casamos sin que nadie tropiece, huya ni descubra un delito antiguo. Considero el resultado un éxito rotundo. La recepción en Whitmore House resulta más peligrosa.
Todo Londres parece haber decidido aceptar la invitación para comprobar con sus propios ojos que lord Whitmore se ha casado con la mujer a la que, apenas unas semanas atrás, varios salones consideraban un escándalo.
Algunas personas me felicitan con afecto sincero.
Otras lo hacen con la fascinación que dedicarían a una actriz que hubiera aparecido por error en la Cámara de los Lores.
No me importa. Lady Ainsworth se me acerca hacia el mediodía. Lleva malva otra vez. Empiezo a sospechar que posee un armario entero del color de las preguntas indiscretas.
—Señora Blackwell —dice, con una sonrisa demasiado pulida—. Qué transformación tan extraordinaria.
—Lady Whitmore —corrijo con la misma dulzura—. Pero no se preocupe; los títulos son confusos cuando una está más interesada en el escándalo que en la etiqueta.
—Gracias.
—Debe de resultarle extraño encontrarse ahora en una posición tan distinta.
Lucian, a mi lado, se tensa. Le rozo la mano antes de que responda por mí.
—No tanto —digo—. Sigo reconociendo perfectamente a las personas que meten la mano donde no deben.