CAPÍTULO 23Cómo recuperar a una carterista
Cómo recuperar a una carterista
Lucian
Espero dos días antes de ir a buscar a Arabella. Agatha no me lo ordena.
Eso es importante porque, después de las últimas semanas, sospecho que mi desarrollo moral se mide por la cantidad de decisiones sensatas que tomo sin que mi tía tenga que esconderme las botas.
Dos días también resultan interminables.
Bale ya no forma parte de la operación. Carrow ha puesto sus documentos en manos de su abogado. Los antiguos registros de Whitmore contienen una rectificación firmada por mí: Thomas Hart no sustrajo los fondos cuya desaparición se le atribuyó.
Todo eso está hecho. Nada de eso responde a la pregunta que llevo dos noches evitando formular. ¿Qué queda entre Arabella y yo cuando ya no existe un fraude que resolver?
La calle donde vive Martha Finch parece más estrecha que la primera vez que la vi desde el carruaje.
Entonces no entré. Me limité a acompañar a Arabella hasta la esquina, demasiado convencido de que el mundo podía dividirse entre lugares a los que yo pertenecía y lugares que podía observar desde fuera.
Hoy subo la escalera. Llamo a la puerta. Martha abre con unas tijeras en la mano.
—Lord Whitmore.
—Señora Finch.
—Si viene a reclamar algo, le advierto que estas tijeras cortan muy bien.
Miro las hojas abiertas.
—Lo tendré presente.
—Y si viene a hablar, puede pasar.
Se aparta.
La habitación huele a té, tela planchada y cera. Hay vestidos doblados sobre una silla, cintas clasificadas por colores y tres bolsos alineados junto a la ventana.
Arabella está junto a la mesa, cortando una pieza de tela azul pálido. Levanta la cabeza. Durante un instante ninguno habla.
Lleva un vestido sencillo, el cabello pelirrojo recogido sin la precisión de las noches de sociedad y una mancha diminuta de tiza en la mejilla. Sus ojos verdes se abren un poco al verme y después se estrechan.
—Has tardado.
—Dos días.
—Los he contado.
No debería alegrarme. Lo hago.
—Pensé que era mejor no venir mientras todavía teníamos a Bale sentado en medio de todas nuestras conversaciones.
—Ya no está.
—No.
Martha recoge una cesta.
—Yo voy a adquirir el hábito de salir de una habitación cuando dos personas necesitan discutir sin testigos.
—No necesitamos discutir —dice Arabella.
Martha abre la puerta.
—Entonces terminaréis antes.
Nos deja solos. Arabella coloca las tijeras sobre la mesa.
—Gracias por mi padre —dice.
—No tiene que darme las gracias.
Entrecierra los ojos. Corrijo antes de que pueda empezar.
—Pero aceptaré que lo haga.
—Estás aprendiendo.
—Con dolor.
Una esquina de su boca se mueve.
—Mi tía me contó hace dos noches lo de su madre —digo—. La nota. Mi padre en el vestíbulo.
La sonrisa se le apaga un poco.
—Me dijo que lo haría.
—Yo tenía dieciséis años. No lo digo como excusa, sino para que sepa que no puedo jurar lo que habría hecho. Quiero creer que habría actuado. No es la clase de cuenta que se pueda comprobar.
—Ya. —Mira las tijeras, no a mí—. Gracias por no jurarlo.
—¿Y ahora qué?
Esa pregunta es la razón por la que he venido. También la que me ha mantenido despierto las últimas dos noches.
—Ahora quería preguntarle si podemos hablar de nosotros.
—Eso suena muy peligroso.
—Lo es.
—Bien. Al menos no mientes.
Miro la única silla libre. Ella señala con la barbilla.
—Puedes sentarte. No voy a cobrarte.
—Aprecio el gesto.
—No te acostumbres.
Me siento. Arabella permanece de pie un momento y después ocupa la silla frente a mí.
Entre nosotros hay una mesa con hilos, botones y un bolso a medio terminar.
Me resulta extrañamente apropiado que nuestra conversación más importante tenga que desarrollarse alrededor de objetos que ella ha construido con sus propias manos.
—No he venido a pedirle que vuelva a Whitmore House —empiezo.
—Ah.
No sé si ese «ah» significa alivio o decepción.
—Al menos no de esa manera —añado.
—Eso ya se parece más a ti.
—Arabella.
—Estoy escuchando.
Tomo aire.
—Estaba enfadado cuando se marchó.
—Lo imaginé.
—Sigo estándolo por algunas cosas.
Ella arquea una ceja.
—Esto mejora por momentos.
—Quiero hacerlo bien. No agradable.
La broma desaparece de su expresión.
—Entonces hazlo.
—Me mintió. Robó documentos, intervino en mis reuniones y tomó decisiones que podían costarme una fortuna sin darme la posibilidad de decidir si quería asumir ese riesgo.
Arabella no se defiende.
—Sí.
—Y yo convertí un acuerdo de seis semanas en un plan para su vida sin preguntarle si quería ese plan.
Pensé en cómo protegerla, dónde viviría, qué dinero necesitaría, qué debía aprender.
Incluso cuando dejé de verla como alguien a quien había contratado, seguí comportándome como si pudiera resolver su futuro mejor que usted.
—También es cierto.
—Detesto que esté de acuerdo tan deprisa.
—Podría discutir por educación.
—No ayudaría.
—No. Pero te sentirías en terreno conocido.
La comisura de mi boca se mueve. La suya también. El alivio que provoca ese gesto es tan intenso que tengo que recordar por qué he venido.
—No quiero volver a hacer eso —digo—. Si existe algo entre nosotros después de todo esto, no quiero que dependa de que usted se convierta en la mujer que yo considere adecuada.
Arabella mira alrededor.
—Estoy pensando en trabajar con Martha.
—Lo veo.
Señalo los bolsos alineados junto a la ventana.
—Tres, de hecho. Parecen esperar inspección militar.
—Es un diseño excelente.
—No lo dudo.
—Quiero venderlos. Y arreglar vestidos. Quizá hacer accesorios. Agatha dijo una vez que las damas pagan fortunas por objetos inútiles; yo pienso cobrarles un poco menos por objetos útiles.
—Suena razonable.
—No quiero que me compres una tienda.
—No pensaba hacerlo.
—Ni que pagues las deudas de Martha.
—No conozco sus deudas.
—Ni que contrates a alguien para llevar mis cuentas porque creas que voy a esconder dinero debajo del colchón.
—Arabella, he visto cómo negocia. Si alguien necesita protección en una transacción será la otra parte.
Ella intenta no reírse y fracasa.
—Hablas en serio.
—Completamente.
—¿Y si quiero seguir trabajando después de casarme?
La palabra aparece tan de repente que durante un segundo olvido respirar. Arabella también parece darse cuenta de lo que ha dicho. Se ruboriza, pero no aparta los ojos.
—Es una pregunta hipotética —aclara.
—Por supuesto.
—Muy hipotética.
—Entiendo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre que acaba de ganar una negociación sin haber abierto la boca.
—Le aseguro que no me siento vencedor de nada.
Eso la calma. Me inclino hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—Si se casara conmigo, podría trabajar. Podría tener su dinero, su negocio, sus decisiones y todas las discusiones con proveedores que considere necesarias. Si quiere mi ayuda, la tendrá. Si no la quiere, intentaré aprender a esperar a que la pida.
—Eso te va a costar.
—Muchísimo.
—¿Y Agatha?
—Agatha intentará financiarla.
—Lo sabía.
—Puede negarse.
—También intentará vestir a las clientas.
—Eso será más difícil de impedir.
Arabella se ríe. Esta vez la risa dura poco. Cuando se apaga, vuelve el silencio que hemos estado rodeando desde que entré.
—Lucian, no quiero que te cases conmigo por mi padre.
—No lo haría.
—Ni porque pienses que me debes una reparación.
—No se la debo a usted. La reparación era a Thomas Hart.
—Ni porque todo Londres sepa ya que fui tu prometida y sea más cómodo convertir la mentira en verdad.
—Eso sería una razón espantosa para pasar el resto de mi vida con alguien.
—Los aristócratas hacen cosas más tontas.
—Sin duda. Yo ya he cubierto mi cuota al contratar a una carterista como prometida.
Arabella juguetea con un botón de nácar.
—Entonces, ¿por qué?
He preparado respuestas. Ninguna sirve ahora.
—Porque te quiero.
Arabella deja de mover el botón. Durante un segundo parece haberse olvidado de respirar.
—Me has tuteado.
Tardo un instante en comprender que tiene razón. La barrera que he mantenido incluso cuando la besaba acaba de desaparecer sin que yo haya decidido apartarla.
—Sí.
—Bien.
La palabra le tiembla apenas. Esta vez no retrocedo detrás de la cortesía.
—No.
La palabra me golpea con tanta fuerza que me incorporo.
—¿No?
—No lo digas así y ya está. Explícalo.
La miro, desconcertado.
—¿Quieres que argumente mi declaración?
—Eres un hombre de cuentas. Presenta pruebas.
Por primera vez en días, me río de verdad.
—Muy bien. Te quiero porque desde que entraste en mi casa todo resulta menos previsible y, contra mi voluntad, mucho más interesante.
Porque puedes detectar una mentira a veinte pasos y, sin embargo, crees que nadie nota cuándo estás asustada.
Porque discutes con mi tía como si hubieras nacido para hacerlo.
Porque robaste una carta delante de Oliver y él todavía habla de ello con admiración.
Porque el día que creíste que mi negocio podía hacerme daño intentaste detenerlo de la peor manera posible, lo cual me enfurece, pero también significa que te importaba lo suficiente como para arriesgarte a que te odiara.
Arabella tiene los ojos brillantes. Sigo antes de perder el valor.
—Te quería antes de saber quién era tu padre.
Antes de encontrar los recibos. Antes de que Londres decidiera que tu pasado era un entretenimiento.
Creo que empecé a quererte en algún punto entre el momento en que destrozaste mis zapatos aprendiendo a bailar y aquella cena que intentaste arruinar y terminaste salvando.
No lo sé con precisión. Y eso me molesta, porque prefiero las cosas que pueden fecharse.
Una lágrima escapa por su mejilla. Arabella la limpia con irritación.
—Eso ha sido muy largo.
—Me has pedido pruebas.
—Podrías haber resumido.
—No quería que cuestionaras la metodología.
Se ríe entre lágrimas. Yo me pongo en pie y doy un paso hacia ella. Me detengo antes de tocarla.
—No he venido a recuperarte —digo—. Esa palabra implica que alguna vez me perteneciste. He venido a preguntarte si quieres elegirme después de saber exactamente qué hombre estás eligiendo.
Arabella se levanta también.
—Uno insoportable.
—Sí.
—Controlador.
—Estoy trabajando en ello.
—Con tendencia a usar el «usted» cuando besa a una mujer como si quisiera olvidarse de todos sus modales.
—Me ha parecido prudente conservar alguna barrera.
—No te está funcionando.
—Lo he notado.
Está tan cerca que puedo ver las pecas sobre su nariz. No la toco todavía.
—Arabella Hart —digo—, sin licencia especial, sin carruaje y sin presupuesto: ¿te casarás conmigo?
Ella me observa durante varios segundos. No hay bromas en sus ojos. Solo una seriedad que conozco bien: la misma con la que negoció sus condiciones en la confitería, la misma con la que me exigió libertad para marcharse.
—Sí —responde—. Pero con condiciones.
Cierro los ojos.
—Por supuesto.
—Trabajaré si quiero.
—Sí.
—Martha formará parte de nuestra vida.
—Por supuesto.
—No volverás a decidir qué me conviene sin preguntarme.
—Lo intentaré.
—No. Lo harás.
—Lo haré.
—Y no quiero que vuelvas a usar mi pasado para protegerme de nada. Si alguien pregunta quién fui, decidiré yo qué contar.
—De acuerdo.
—Y otra cosa.
—¿Cuántas condiciones quedan?
—No te quejes. La primera vez negocié seis semanas. Ahora estoy negociando décadas.
—Es un argumento excelente.
Arabella se aproxima hasta que su falda roza mis botas.
—La última condición es que, si vas a besarme, no preguntes como si solicitaras una audiencia.
—¿Eso significa que puedo...?
Me agarra por las solapas y me besa.
La pregunta queda sin terminar, lo cual probablemente sea lo mejor.
La rodeo por la cintura y la acerco, pero esta vez no hay prisa ni público, ni una amenaza escondida en el siguiente cuarto, ni un acuerdo que determine cuándo debe terminar el gesto.
Solo está Arabella, riéndose contra mi boca cuando intento decir algo y decidiendo que no me permitirá hacerlo.
Cuando nos separamos, Martha está en la puerta. No sé cuánto tiempo lleva allí.
—Las tijeras no han sido necesarias —dice.
Arabella apoya la frente en mi pecho.
—Martha.
—Solo quería comprobarlo.
—¿Comprobar qué?
—Que el conde sabía pedir las cosas sin comprarlas.
No tengo una respuesta digna. Arabella sí.
—Ha necesitado unas semanas, pero aprende deprisa.
Martha asiente, satisfecha, y vuelve a salir. Miro a mi prometida. Esta vez de verdad.
—¿Eso significa que volverás a Whitmore House?
Arabella ladea la cabeza.
—He dicho que me casaré contigo. No que vaya a mudarme hoy porque tú tengas prisa.
Respiro hondo.
—¿Cuándo te gustaría volver?
Su sonrisa aparece despacio.
—Mira qué bien. Otra lección aprendida.
—No abuses.
—Mañana. Tengo que terminar el vestido de la señora Pierce.
—¿Quién es la señora Pierce?
—Una clienta.
—¿Y es imprescindible que lo termines?
Arabella entrecierra los ojos. Levanto las manos.
—Retiro la pregunta.
Ella vuelve a reírse. Y comprendo que esto será mi matrimonio: no una vida ordenada alrededor de Arabella, sino una vida en la que tendré que hacerle sitio una y otra vez, incluso cuando ocupe más del que imaginaba.
No puedo pensar en nada que desee más.