CAPÍTULO 22Una ladrona honrada #3
Lucian apoya ambas manos en el escritorio.
—Gracias.
—Todavía no sabemos si sirve.
—Ha venido.
—Dije que si encontraba algo te lo traería.
Él alza la vista.
—¿A quién se lo dijo?
—A Martha.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Ese «ah».
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Por primera vez desde que entro, los dos sonreímos. Dura poco.
—He encontrado algo sobre su padre —dice.
Mi respiración se detiene. Lucian señala los libros abiertos.
Me explica los recibos. Las cifras reales y las alteradas. Los proveedores. Las correcciones de Bale. No dice «su padre era inocente» hasta que termina de enseñarme por qué.
Cuando lo dice, tengo que sentarme.
—Thomas Hart no se quedó con ese dinero.
Miro una cifra que no entiendo y una firma que sí. E. Bale. Durante años he querido oír esa frase. Ahora que está aquí, no suena como imaginaba. No hay música.
No desaparece el hambre de mi infancia. No vuelve mi madre. Pero algo dentro de mí deja de apretar.
—¿Estás seguro?
—Sí.
No «creo». No «todo indica». Sí. Trago saliva.
—Entonces no necesitabas lo de Carrow para mi padre.
—No.
—¿Para qué lo necesitas?
Lucian toca el inventario actual de Bale.
—Para saber qué está haciendo ahora. Y para que, cuando retire mi dinero, no sea Carrow quien descubra mañana que las mercancías que garantizaban su deuda han desaparecido detrás de otra operación.
Eso me sorprende.
—Podrías limitarte a cancelar el trato.
—Podría.
—Y no lo haces.
—Estoy intentando abandonar ciertos hábitos poco rentables.
Lo miro. Reconozco mis propias palabras.
—Eso ha sido mío.
—Me pareció útil.
Oliver vuelve una hora después con Carrow. El comerciante me ve y frunce el ceño.
—Usted otra vez.
—Empieza a parecer una relación.
—Preferiría que no.
Trae su documento original. Lucian coloca junto a él la relación de mercancías que Bale le entregó para la operación. Las marcas coinciden. No hay que interpretar nada. Carrow se queda muy quieto.
—Ese miserable.
—Esa conclusión sí parece segura —dice Oliver.
—¿Puede demostrar que esta lista viene de Bale? —pregunta Carrow.
Lucian abre otra carpeta.
—La entregó mi escribiente junto con el borrador del acuerdo y está mencionada en su correspondencia. No necesito el papel que la señorita Hart tomó para probar que me presentó esas mercancías como libres.
Miro a Lucian. Ha hecho exactamente lo que debía. Ha usado mi robo para encontrar la pregunta. No para sustituir la respuesta. Cuando mandan llamar a Bale, tengo tiempo suficiente para arrepentirme de quedarme.
Me quedo. Bale entra en el despacho con el rostro endurecido. Su mano va al bolsillo interior de la levita antes de que la puerta termine de cerrarse. Me ve. Después ve a Carrow.
Por último, el portadocumentos que he dejado sobre la mesa.
—Ladrona.
No se molesta en saludar.
—Sí —respondo—. Ya nos conocíamos.
Lucian se coloca a mi lado. No delante. A mi lado.
—Señor Bale —dice—, creo que reconoce al señor Carrow.
—Esto es absurdo. Esa mujer me ha robado documentos privados.
—Y se los devolverá.
Cojo el portadocumentos y se lo tiendo. Bale no lo toma.
—¿Después de copiarlos?
—No ha hecho falta —dice Lucian.
Carrow deja su garantía sobre la mesa. Lucian coloca al lado el inventario que Bale entregó días atrás para el acuerdo. Mismas marcas. Mismos lotes. Misma mercancía.
Bale mira ambos papeles.
—Hay una explicación.
—Espero que sea excelente —dice Carrow—. Porque una de esas explicaciones contiene mi dinero.
Bale recupera el portadocumentos de mi mano.
—Whitmore, no puede permitir que una carterista destruya una operación seria por algo que no comprende.
Hace un mes esa frase habría conseguido que Lucian mirara los papeles otra vez antes de mirarme a mí. Hoy no.
—La señorita Hart no está destruyendo nada —dice—. Usted presentó como libres bienes que ya había ofrecido como garantía. El señor Carrow conserva el documento original. Mi carpeta conserva la relación que usted me entregó. Son dos fuentes independientes.
—Se trataba de una sustitución prevista.
—Que no comunicó a ninguna de las partes.
—Porque aún no estaba cerrada.
—Precisamente.
Carrow da un paso.
—Mi garantía tampoco estaba abierta a sustituciones sin mi consentimiento.
Bale lo ignora y mira los libros antiguos.
—¿Y qué tiene que ver esto con Hart?
Lucian abre el libro mayor.
—Nada. Esa es la parte que debería preocuparle más.
Le muestra los recibos y las diferencias. Oliver añade las copias de proveedores. No hay una carta que confiese el fraude. No hay una frase mágica que transforme doce años en justicia.
Hay cifras. Fechas. Firmas. Y demasiadas coincidencias para esconderlas debajo de una sola persona muerta.
Bale discute cada una. Dice que los escribientes cometían errores. Que Thomas era descuidado. Que él corrigió cuentas ajenas. Que mi memoria de la pobreza ha convertido un conflicto comercial en una tragedia personal.
Lucian lo escucha. Después cierra el libro.
—Thomas Hart no recibió ese dinero. Las alteraciones se hicieron después de sus anotaciones y bajo su autorización. Eso basta para corregir los archivos de mi familia.
Bale palidece.
—No puede hacerlo.
—Puedo y lo haré.
—Su padre tomó la decisión.
—Mi padre tomó una decisión con información falsa.
—Eso no significa que yo…
—Significa que no habrá acuerdo entre nosotros.
El silencio cae de golpe. Bale mira a Carrow.
—Podemos resolver su deuda.
—Ahora sí tiene prisa —responde él.
—Carrow…
—Hable con mi abogado mañana.
Bale se vuelve hacia mí. Su odio ya no está escondido detrás de modales.
—Se arrepentirá de esto.
—Tendrá que esperar turno —respondo—. Últimamente hay bastante gente decepcionada conmigo.
Lucian no sonríe. Oliver sí. Bale se marcha.
Esta vez Wilkins está preparado en el vestíbulo y consigue obligarlo a ponerse el abrigo antes de salir. Considero eso una victoria menor, pero satisfactoria.
Carrow se queda el tiempo necesario para acordar con Lucian el intercambio de copias y la revisión de las mercancías. Después se marcha con el documento pegado al pecho y la expresión de un hombre que ya está calculando cuánto cuesta confiar en alguien.
Oliver recoge su sombrero.
—Supongo que mi presencia deja de ser imprescindible.
—Hace horas —dice Lucian.
—Qué agradable sentirse valorado.
Me guiña un ojo al salir. Por fin quedamos solos. Lucian no se acerca. Yo tampoco. Sobre el escritorio están los papeles de mi padre.
—Voy a escribir a todas las personas que recibieron la acusación —dice—. La anotación se corregirá en los archivos de Whitmore. No puedo devolverle lo que perdió, pero puedo dejar constancia de lo que no hizo.
Asiento.
—Gracias.
—No tiene que…
—Lucian.
Se detiene.
—Gracias.
Esta vez acepta la palabra.
—De nada.
Miro la puerta. Él también. No me pide que me quede. Eso duele un poco. Y me alegra mucho.
—Esto arregla lo de mi padre —digo.
—Sí.
—No arregla lo nuestro.
—Lo sé.
—Bien.
—No me parece especialmente bien.
La risa se me escapa. Lucian baja la vista un instante. Cuando vuelve a mirarme, no intenta convertir la risa en una promesa.
—¿Volverá con Martha?
—Sí.
—¿Necesita un carruaje?
Abro la boca para negarme por principio. La cierro.
—Sí.
Lucian llama a Wilkins. Nada más. Mientras espero en el vestíbulo, saco el guante del bolso. Carrow sigue escrito por dentro, junto a los números de las mercancías. No lo borro. Tampoco lo necesito ya.
Esta vez he robado algo y no he utilizado lo que encontré para decidir por otra persona. He llevado la pieza donde tenía que estar y he dejado que encajara con las demás.
No sé qué dice eso de mi futuro como mujer honrada.
Probablemente que será complicado. Cuando subo al carruaje de Lucian, él no sale a despedirme.
No porque no quiera. Porque le he dicho que esto aún no arregla lo nuestro y, por primera vez, ninguno de los dos intenta resolver la frase antes de tiempo.
Esta vez no huyo de Whitmore House. Me marcho. La diferencia es pequeña. Para mí lo cambia todo.