CAPÍTULO 22Una ladrona honrada #2
El correcto tiene despacho sobre un almacén cerca del río. La escalera huele a humedad, cuerda mojada y café malo. Un escribiente con mangas manchadas de tinta intenta detenerme.
—El señor Carrow no recibe sin cita.
—Dígale que vengo de parte de Edmund Bale.
No es exactamente verdad. Tampoco es exactamente mentira si una considera que Bale es la razón por la que estoy aquí. Cinco minutos después, Carrow aparece en la puerta interior.
Es un hombre de unos cincuenta años, ancho de hombros, con patillas grises y la expresión de quien lleva demasiado tiempo prestando dinero a personas que sonríen antes de pedirlo.
Reconozco las patillas: es el hombre que hablaba con Bale en casa de los Bexley.
—¿El señor Bale la envía?
—No.
Su cara se cierra.
—Entonces ha mentido a mi escribiente.
—He sido imprecisa. Estoy intentando abandonar ciertos hábitos poco rentables.
—Buenos días, señorita.
Se dispone a cerrar la puerta.
—Bale le debe una suma que vence en breve. Hay un pagaré y mercancías dadas como garantía. Usted rechazó otro aplazamiento basado en la entrada de capital de Whitmore.
La puerta deja de moverse. Carrow me mira.
—¿Quién es usted?
—Arabella Hart.
El apellido no le dice nada.
—La prometida de lord Whitmore —añado.
Eso sí.
—La prometida de Whitmore no suele llegar sola a despachos de los muelles.
—Está descubriendo por qué el compromiso ha resultado complicado.
—¿Cómo conoce mi carta?
Decido que una mujer que acaba de prometer no volver a decidir qué verdad conviene a otros debería empezar pronto.
—La robé del bolsillo de Bale durante una recepción. La leí y la devolví.
Carrow parpadea.
—¿Perdón?
—Fue una noche larga.
—Salga de mi despacho.
—Si sale adelante el acuerdo con Whitmore, ¿Bale le ha prometido pagarle con ese dinero?
—Eso no es asunto suyo.
—Puede que sí. Porque Bale presentó a lord Whitmore una relación de mercancías y obligaciones. Si las mismas mercancías que le garantizan a usted aparecen allí como libres, usted tiene un problema aunque me eche ahora mismo.
Carrow deja de señalar la puerta. No sé si he acertado. Pero he conseguido que piense.
—¿Qué relación? —pregunta.
—La que acompaña el acuerdo que Bale quiere cerrar con Whitmore.
—¿La ha visto?
—Parte.
Eso es cierto. No añado que la mayor parte de mis conocimientos comerciales consisten en mirar papeles que no debía mirar. Carrow entra de nuevo en el despacho.
—Cierre la puerta.
Obedezco.
Sobre su mesa hay dos libros, una caja fuerte pequeña y una montaña de correspondencia atada con cintas. Carrow abre un cajón y saca un documento.
No me lo entrega. Lo coloca ante él.
—Esta es mi garantía.
Me inclino.
No entiendo la mitad de las abreviaturas. Sí entiendo las marcas junto a tres partidas: una V dentro de un círculo y los números cuarenta y siete, cincuenta y dos y cincuenta y tres.
—¿Qué son?
—Lotes depositados en un almacén del río. Lona, cáñamo y una partida de brea. Si Bale no paga, puedo reclamar esas mercancías hasta cubrir la deuda.
—¿Están a nombre de Bale?
—Su compañía tiene derecho sobre ellas.
—¿Y podría haberlas ofrecido también a otra persona?
Carrow me lanza una mirada digna de un insulto a su madre.
—No legalmente.
—No he preguntado eso.
El silencio cambia. Carrow baja la vista al documento.
—Bale viene esta tarde.
—¿Aquí?
—Ha pedido otro aplazamiento.
—Pensaba que no aceptaría ninguno.
—No he dicho que vaya a aceptarlo.
Se me ocurre algo.
—¿Me permite copiar las marcas?
—No.
—¿Por qué?
—Porque acaba de confesar que roba cartas.
—Las devuelvo.
—Eso no mejora la frase.
Tiene razón. Saco el guante y el lápiz pequeño.
—No necesito llevarme su documento. Solo tres números.
Carrow observa el guante.
—¿Escribe en la ropa?
—Los bolsillos están sobrevalorados.
Por primera vez parece a punto de sonreír. No lo hace.
—Puede copiar las marcas. Nada más.
Lo hago. Cuando salgo, Martha no sabe dónde estoy exactamente, pero sí sabe que he ido a ver a Carrow. Lucian no sabe nada. Todavía. Me repito esa palabra mientras espero en una cafetería desde la que se ve la puerta del despacho. Todavía no es ocultar.
Todavía es reunir algo que merezca ser contado. Una hora después, Bale llega.
Lo reconozco antes de que baje del carruaje. Camina rápido, sin la elegancia medida de las recepciones. Entra en el edificio con una cartera de cuero bajo el brazo.
Sale cuarenta minutos después sin ella. No. La cartera está en manos de su escribiente. Bale lleva algo distinto en el bolsillo interior de la levita. Un bulto estrecho. Papeles doblados. También lleva la expresión de un hombre al que acaban de decir que el mundo no piensa obedecerle.
Carrow aparece un instante en la puerta detrás de él. Me ve al otro lado de la calle. No hace gesto alguno. Bale empieza a andar. Yo también. No he planeado robarlo.
Eso es importante. Durante al menos treinta pasos.
La calle está llena. Dos descargadores empujan un carro, una mujer vende naranjas y un muchacho atraviesa corriendo con una caja que debería pesar más que él. Bale se aparta para evitar una rueda.
Yo tropiezo con él.
—¡Perdón!
Me sujeta por el brazo para evitar que caiga. Sus ojos se clavan en mi cara.
—Señorita Hart.
—Señor Bale.
La sorpresa dura menos de un segundo. Su mano va al bolsillo. Demasiado tarde.
—¿Qué hace aquí?
—Pasear.
—Por los muelles.
—Me gustan las vistas.
—Whitmore la ha enviado.
—Lord Whitmore no sabe que estoy aquí.
Eso le gusta. Lo veo.
—Entonces quizá haya comprendido por fin dónde están sus intereses.
—Estoy empezando a comprender muchas cosas.
Me separo. Bale me observa un momento más y sigue andando. Yo doblo la esquina. No corro. La primera regla después de robar algo es no parecer una persona que acaba de robar algo.
La segunda es comprobar qué has conseguido antes de felicitarte.
Entro en un callejón, me apoyo contra una pared y saco el pequeño portadocumentos de piel que acabo de extraer de su levita.
No contiene una confesión. Por supuesto.
Contiene recibos, dos notas, una lista de pagos y un inventario doblado en cuatro.
Leo deprisa. Reconozco el encabezado. Whitmore. Debajo aparece una relación de mercancías que Bale pretende incluir como respaldo de la operación. Busco las marcas.
V dentro de un círculo. Cuarenta y siete. Cincuenta y dos. Cincuenta y tres. Las tres.
Las mismas que garantizan la deuda de Carrow. Siento una descarga de triunfo. Dura poco. Porque mi primer impulso es pensar qué puedo hacer yo con esto. Mi segundo impulso es recordar por qué me marché de Whitmore House.
Guardo los papeles. No voy a ver a sir George. No voy a buscar a Bexley. No voy a mandar una nota anónima ni a esconder un documento para detener una firma. Voy a Lucian.
La idea da más miedo que robar a Bale. Eso me parece una señal excelente.
Whitmore House está a una distancia que un carruaje convertiría en razonable. Yo no tengo carruaje y me niego a gastar parte de mi dinero en uno cuando puedo caminar deprisa y arrepentirme durante el trayecto.
Al llegar, Wilkins abre la puerta. Su expresión impecable se rompe durante medio segundo.
—Señorita Hart.
—No he vuelto.
—No he preguntado, señorita.
—Lo estabas pensando.
—Jamás me atrevería.
Mentiroso.
—¿Está Lucian?
—En el despacho con lord Pembroke.
Me mira el sombrero torcido, las botas manchadas y el bolso que aprieto contra el costado.
—¿Desea que anuncie su llegada?
—Sí.
Doy dos pasos y me detengo.
—Wilkins.
—¿Señorita?
—Anúnciala.
No sé por qué necesito que lo haga. Tal vez porque entrar a escondidas sería demasiado parecido a la mujer que fui aquí. Wilkins inclina la cabeza.
—Desde luego.
Cuando abre la puerta del despacho y dice mi nombre, Lucian se pone en pie tan deprisa que la silla roza el suelo. Oliver deja de sonreír. Yo me quedo en el umbral. Durante cuatro días he imaginado muchas veces cómo sería volver a verlo. En ninguna llevaba en el bolso algo que acabo de robar.
—Señorita Hart —dice Lucian.
El «usted» sigue ahí. Por alguna razón, me tranquiliza.
—Necesito enseñarte algo.
Sus ojos bajan a mi bolso.
—¿Es peligroso?
—Depende de cuánto valore Edmund Bale sus pertenencias.
Oliver se pasa una mano por la cara.
—Oh, no.
Entro y cierro la puerta.
—Antes de que empieces: sí, lo he robado.
Lucian cierra los ojos un instante.
—Por supuesto.
—Pero he venido directamente aquí.
Los abre. Eso sí lo nota. Dejo el portadocumentos sobre la mesa y saco el guante.
—Carrow.
Oliver se incorpora.
—Íbamos a buscarlo mañana.
—Yo tenía la dirección más cerca.
—¿En un guante?
—No critiques mi sistema si el tuyo necesita dieciséis horas y siete cajas de papeles.
Lucian no sonríe, pero casi. Le cuento todo.
La carta de Bale, robada en casa de los Bexley. El despacho de Carrow. La garantía. Las tres marcas. La reunión de esta tarde. El portadocumentos de Bale.
No omito el robo. No lo justifico. Lucian vuelve la cabeza hacia Oliver, que ha descubierto de pronto algo fascinante en el techo.
—Tú estabas allí.
—Había mucha gente.
—Oliver.
—La vi sacarle la carta del bolsillo —confiesa—. Le dije que no convirtiera a mi mejor amigo en daño colateral.
—Y a mí no pensabas decírmelo.
—Me pareció que llegaría solo. —Abre las manos—. Las cosas de esta casa suelen hacerlo.
Cuando termino, Lucian abre el inventario que he traído. Después busca una carpeta de su mesa. La compara. Su expresión cambia.
—Son las mismas partidas.
Oliver se acerca.
—¿Seguro?
—Mismas marcas. Mismos números. Aquí Bale las presenta como mercancía disponible para respaldar nuestra operación.
—Y Carrow tiene derecho a reclamarlas si no le pagan —digo.
Lucian vuelve a mirar el papel.
—Si este documento fuera el único que tenemos, Bale diría que usted lo ha alterado.
La frase pincha. Porque es verdad.
—Carrow conserva el original de su garantía.
—¿Hablará?
—Si cree que las mismas mercancías están comprometidas dos veces, sí.
Oliver ya está cogiendo el sombrero.
—Voy.
Lucian asiente.
—Pídele que venga y trae el documento. No una copia.
Oliver sale. Nos quedamos solos. No era parte de mi plan. Tampoco tenía plan. Eso debería aprenderlo más a menudo.