Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 22Una ladrona honrada
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CAPÍTULO 22Una ladrona honrada

Una ladrona honrada

Arabella

Descubro que dejar de robar resulta mucho más caro de lo que parece.

No por la comida, ni por el alquiler, ni siquiera por el carbón.

Es caro porque, cuando una decide ganarse la vida con agujas y tela, necesita hilo, botones, cierres, un lugar donde trabajar y una cantidad ofensiva de paciencia con mujeres que creen que una costura torcida puede destruir su reputación.

—No está torcida —digo por tercera vez.

Martha gira el vestido de la señora Pierce sobre la mesa.

—No.

—Entonces ¿por qué lo miras así?

—Porque ella lo mirará así.

—La señora Pierce mira así hasta el pan.

—Y paga por ello.

Eso termina la discusión.

Han pasado cuatro días desde que abandoné Whitmore House.

Nuestra habitación vuelve a parecer demasiado pequeña.

No porque haya cambiado, sino porque yo sí lo he hecho.

Antes conocía cada grieta y cada ruido de la escalera.

Ahora también sé cuánto espacio ocupa una cama en la que una puede extender los brazos sin tocar la pared.

Es un conocimiento inútil. Y muy irritante. Martha no pregunta si echo de menos a Lucian. En lugar de eso me pone a trabajar.

La hija del panadero quiere mangas nuevas. La señora Pierce quiere un bajo que ya está recto. Y yo he empezado a coser un bolso con dos cierres y un bolsillo interior escondido donde una mujer podría guardar dinero sin ofrecérselo al primer par de dedos rápidos que encuentre.

Martha lo examina.

—Una carterista fabricando bolsos contra carteristas.

—Una mujer que conoce el problema desde dentro.

—Eso suena más respetable.

—No te acostumbres.

Alguien llama a la puerta con tres golpes secos y educados.

—Es la casera —dice Martha, sin levantarse.

—La casera no llama. Patea.

Martha abre. En el umbral, con un sombrero de plumas grises y un cesto de bordado en el brazo, está lady Agatha.

—He dejado el coche en la esquina —anuncia—. Me han dicho que aquí se hace así.

Martha me mira. Yo miro a Martha. Wilkins pagó mi coche de alquiler por adelantado y tuvo la delicadeza de anotar adónde iba, lo cual dice mucho de su eficacia y muy poco de nuestra discreción.

—No vengo a llevarte de vuelta —dice Agatha antes de que yo abra la boca—. Un sobrino mío ya ha aprendido esa lección, aunque tarde, y con uno de nosotros en penitencia me basta.

Se sienta en la única silla buena, la de Martha, sin que nadie se lo ofrezca, y examina el bolso que he dejado sobre la mesa. Le da la vuelta, abre el bolsillo interior, cierra el broche dos veces para comprobar el chasquido.

—Esto es excelente.

—No es para usted.

—Todo lo excelente acaba siendo para mí. Es una de las ventajas de ser tía.

Martha recoge su chal.

—Voy a bajar a por pan.

—Todavía queda pan —digo.

—Entonces voy a bajar a que no quede.

Sale. Agatha le dedica un gesto de agradecimiento que Martha, ya en la escalera, finge no ver.

Agatha deja el cesto en el suelo. No saca ninguna labor. Durante un momento no dice nada, y es la primera vez en todas las semanas que la conozco que lady Agatha Blackwell tiene el aspecto de una mujer que no ha ensayado su entrada.

—Arabella, voy a contarte una cosa y te pido que no me interrumpas hasta que acabe. Después puedes decirme lo que quieras. Tienes derecho a todas las palabras que conoces, y sé que son muchas.

Asiento.

—Hace doce años, en octubre, una mujer llamó a la puerta principal de Whitmore House. No a la de servicio, aunque habría sido más cómodo para todos. A la principal. Llevaba un abrigo demasiado ligero para la estación y de la mano a una niña pelirroja con las rodillas peladas.

Tengo que sostenerme en el borde de la mesa.

—Yo estaba en el rellano de la escalera.

Tenía treinta y cuatro años, ninguna opinión que nadie me hubiera pedido y la costumbre de escuchar.

La señora preguntó por mi hermano. El mayordomo respondió que el conde no recibía.

Ella dijo que esperaría. Esperó cuatro horas en el vestíbulo, de pie, porque se negó a sentarse en una casa que ya no le daba derecho a sillas.

—La niña mordió a un lacayo. En la mano, y con convicción. Lo recuerdo porque el pobre muchacho llevó el brazo vendado una semana, y mi hermano, que rara vez advertía nada que no figurase en un libro de cuentas, dijo que la mocosa tenía más carácter que todo su servicio junto.

No me acuerdo. Creo que no me acuerdo. Pero la boca me sabe un instante a lana y a cera, y una hebilla de plata brilla muy cerca de mis ojos.

—Por fin bajó el conde. Ella le dijo que su marido no había robado nada y que él lo sabía. No gritó. Tu madre tenía una voz grave y sin prisa, de las que han decidido no alzarse aunque motivos no les falten.

—Mi hermano no lo negó. Esa es la parte que he tenido que llevar estos doce años.

No dijo que estuviera equivocada. Dijo: «Lo que yo sepa o deje de saber, señora, no saldrá de esta casa.

Bale me conviene y su marido era un empleado.

Un escándalo no beneficia a nadie». Y le ofreció una bolsa por los años de servicio.

Agatha mira sus propias manos.

—Ella no la tomó. Dejó sobre la mesa del vestíbulo este papel, doblado en cuatro, y se fue con la niña. Mi hermano me ordenó que lo quemara. Lo metí en el bolsillo de mi vestido y no lo quemé. Tampoco hice nada más.

Saca del cesto un papel que ha cambiado de color con los años y me lo tiende. Tardo en cogerlo.

Cuatro líneas. «Dígale a su hermano que Thomas Hart no ha robado nada y que él lo sabe. Mary Hart». La letra se inclina hacia la derecha, rápida y contenida. Es la misma prisa disciplinada que tenían sus dedos con la aguja.

No recuerdo su voz, pero reconozco su mano.

—Lo sabías —digo.

Me sale pequeño y duro.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche en que Lucian pronunció el nombre de tu padre en mi salón.

Tardé una noche entera en entender por qué lo conocía.

Después me acordé del mordisco. Y entonces comprendí por qué te quedabas mirando el retrato de mi hermano en la escalera con la cara de una ladrona que calcula el valor de un marco.

—¿Y por qué ahora?

—Porque mi sobrino va a limpiar el nombre de tu padre, y es lo justo, y es obra suya. Yo tengo que limpiar otra cosa. —Se encoge de hombros con una elegancia que le ha costado años—. No me pidas que me explique mejor. No soy una persona con muchas explicaciones buenas, solo con muchas opiniones.

—¿Y Lucian lo sabe?

—Lo sabrá esta noche. Quería que lo supieras tú primero. Es lo único que he decidido en toda esta historia sin consultar a nadie, y por una vez creo que está justificado.

Quisiera gritarle. Tengo las palabras, todas, ordenadas desde hace doce años por si algún día aparecía alguien a quien dirigirlas.

Pero la mujer que tengo delante no es el conde.

Es una señora de cuarenta y seis años con un sombrero ridículo, sentada en la silla de Martha, que ha subido una escalera con olor a humedad para ponerse delante de una carterista y decirle que lo sabía.

—No sé qué hacer con esto —confieso.

—Nadie lo sabe. Guárdalo hasta que lo sepas. —Se levanta, recoge el cesto y vuelve a mirar el bolso—. Y encárgame doce. Mis amigas necesitan dónde esconder lo que no deberían haber leído.

En la puerta se vuelve.

—Tu madre tenía razón en todo, Arabella. Lo único que se equivocó fue en esperar algo de nosotros.

Cuando se marcha, me quedo largo rato con la nota entre los dedos. Después la doblo en cuatro, por donde estaba doblada, y la guardo en el bolsillo interior del bolso nuevo. Es el único sitio en el que sé que nadie puede quitármela.

Martha regresa con un pan y la discreción de haber tardado exactamente lo necesario. No pregunta. Se sienta, coge la aguja y espera.

Busco una tira de cinta en mi hatillo, más que nada para tener las manos ocupadas. Al sacar un pañuelo cae al suelo uno de los guantes de seda de la recepción de los Bexley; debí de meterlo en el bolso aquella noche sin darme cuenta.

El izquierdo. Está arrugado y tiene una mancha de tinta cerca de la muñeca. Lo recojo pensando que debería tirarlo. Entonces veo la escritura en el interior. Carrow. Una fecha.

Dos palabras que apenas caben junto a la costura.

«Pagaré. Mercancías».

Me quedo inmóvil. Martha deja la aguja.

—Esa cara nunca trae nada bueno.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara de haber criado a una niña que considera una pared una sugerencia.

Extiendo el guante sobre la mesa.

Recuerdo la recepción. El bolsillo de Bale. La carta doblada. La frase que me hizo copiar el nombre: «No aceptaré otro aplazamiento basado en la entrada de capital de Whitmore».

Carrow había dado tiempo a Bale porque Bale le hizo creer que el dinero de Lucian resolvería su deuda. La fecha está demasiado cerca.

—Lucian sabe lo de Carrow —dice Martha cuando se lo explico.

—Sabe el nombre.

—Y tiene hombres que pueden buscarlo.

—También tiene hombres que llaman a las puertas por él, abogados que escriben cartas por él y un mayordomo capaz de conseguir un carruaje antes de que termine una frase.

—¿Y eso te molesta?

—Muchísimo.

Martha espera. Suspiro.

—No por eso.

—Ya.

Miro el guante.

Me marché porque llevaba semanas decidiendo qué debía saber Lucian, qué debía ignorar y qué riesgos podía permitirse. Sería bastante ridículo convertir la primera mañana de mi nueva vida en otra operación secreta.

—Voy a buscar a Carrow —digo.

—¿Y después?

—Después volveré aquí.

Martha entrecierra los ojos.

—No era lo que preguntaba.

—Si encuentro algo que afecte a Lucian, se lo llevaré.

—¿A él?

—A él.

—Sin sabotear primero un negocio.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Tengo una memoria excelente.

Guardo el guante en el bolso. Encontrar a Carrow tarda menos de lo que esperaba y más de lo que me gustaría admitir.

No necesito un título ni un secretario. Necesito tres preguntas en una taberna cercana a los muelles, dos peniques a un chico que conoce a todos los recaderos de la zona y la paciencia de escuchar a un hombre explicar durante diez minutos por qué existen cuatro comerciantes llamados Carrow aunque yo solo busque a uno.