Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 21El verdadero ladrón
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CAPÍTULO 21El verdadero ladrón

El verdadero ladrón

Lucian

A la una de la madrugada, Oliver Pembroke ha dejado de considerar los libros de cuentas una forma de escritura y ha empezado a tratarlos como enemigos personales.

—Si vuelvo a encontrar una columna de cifras que termine en nueve chelines, voy a desafiarla a duelo —anuncia desde el otro lado del escritorio.

—Procura que sea al amanecer. A esa hora quizá hayamos terminado.

—No le encuentro la gracia.

—No pretendía tenerla.

Llevamos casi dieciséis horas revisando papeles y el despacho parece haber sufrido una tormenta.

Los libros de la antigua administración de mi padre ocupan una mesa entera; las cajas de correspondencia comercial, otra.

Wilkins ha conseguido que aparezcan café, pan, carne fría y dos velas nuevas sin hacer una sola pregunta.

Yo he perdido la cuenta de las tazas de café. No de las cifras. Las cifras empiezan a contar una historia.

La nota de Thomas Hart hablaba de diferencias entre los importes registrados en las cuentas de Whitmore y los comprobantes que llegaban desde los almacenes.

Durante horas no encontramos nada que pasara de sospechoso.

Hay correcciones, cantidades tachadas, recibos sin copia y cartas que mencionan mercancías entregadas doce años atrás como si aquello pudiera significar algo para dos hombres nacidos sin el don de conversar con el pasado.

Hasta que Oliver encuentra el primer recibo.

—Lucian.

Levanto la cabeza. Su tono ha cambiado. Me tiende una hoja amarillenta de un proveedor de cuerda y lona que trabajaba con nuestros almacenes del río. La cantidad pagada aparece clara en la parte inferior.

Busco la entrada correspondiente en el libro mayor. No coincide. La cuenta de Whitmore registra casi cuatrocientas libras más.

—Podría ser un error —digo.

—Podría.

Buscamos el siguiente documento del mismo proveedor. La diferencia es menor, pero vuelve a favorecer a quien controlara el pago. El tercero repite el patrón.

Y, junto a cada corrección introducida en el libro después de la anotación inicial de Thomas Hart, aparece la misma rúbrica. E. Bale. Me recuesto en la silla.

—Thomas anotaba la cifra que recibía del proveedor.

Oliver acerca el libro.

—Y después alguien la cambiaba.

—Las órdenes de pago las aprobaba Bale.

—Necesitamos más.

—Lo sé.

Hay un papel más sobre mi escritorio, y llevo horas sin atreverme a mirarlo con la atención que dedico a los libros. Es la nota sin firma que Arabella dejó junto a la carta de su padre. La coloco al lado de una de las correcciones del libro mayor.

Oliver se inclina sobre mi hombro.

—¿Qué miramos?

—La «q».

Tarda un momento en verla. Quien tachó «quinientas» para escribir «trescientas» hacía el rabo de la «q» con un rizo que se enrosca sobre sí mismo. Es la misma «q» de «que», con el mismo rizo, doce años después, con la tinta más negra y la mano más segura.

—Ante un tribunal no valdría gran cosa —dice Oliver.

—No. —Guardo la nota en el cajón—. Pero es una confesión, aunque no lleve nombre.

No basta con que el dibujo se parezca a lo que Arabella sospechaba. Si voy a devolverle a un muerto su nombre, no pienso hacerlo con otra suposición. Thomas Hart ya pagó demasiado por las suposiciones de otros.

A la mañana siguiente, Oliver sale con una lista de antiguos proveedores que todavía existen o cuyos negocios han pasado a hijos y socios. Yo me quedo con los registros de la casa.

Reviso años, no días.

Encuentro mercancías que llegan a los muelles con un valor y aparecen en nuestros libros con otro; gastos de transporte duplicados; pagos anotados semanas después de que Thomas hubiera advertido que faltaban justificantes. Cada discrepancia aislada podría explicarse.

Juntas parecen un método. A media tarde Agatha entra en el despacho, contempla las facturas extendidas por la alfombra y hace una mueca.

—Pensaba que Arabella era la única persona capaz de convertir esta casa en un escenario de crimen.

—No es un crimen.

Mi tía mira un montón de papeles caído junto a la pata del sofá.

—Entonces el papel ha decidido suicidarse en grupo.

Deja una bandeja con comida.

—No he venido a molestarte. He venido a comprobar que recuerdas que tienes cuerpo además de principios.

—He comido.

—El café no cuenta.

No pregunta por Arabella. Precisamente por eso la habitación se llena de ella: la silla que prefería junto a la ventana, un libro de poesía que nunca devolvió a su sitio, una cinta verde que llevo dos días evitando mirar.

—¿Has encontrado algo? —pregunta Agatha.

Le enseño los recibos. Lee sin interrumpirme.

—Entonces Thomas Hart decía la verdad.

—Todo indica que sí.

—No uses «todo indica» cuando hables con ella.

—No hablaré con ella hasta poder demostrarlo.

Agatha asiente.

—Eso está mejor.

Cuando se marcha, abro otra caja. Dentro encuentro una carta de un almacenista que se quejaba, doce años atrás, de que las cantidades facturadas por Bale no coincidían con lo entregado.

La respuesta de mi padre está archivada junto a ella: breve, cortés, confiada.

Dice que el señor Bale resolverá cualquier diferencia.

Mi padre confió en el hombre equivocado. Thomas Hart lo advirtió y perdió su empleo. Yo he estado a punto de repetir el error. Oliver regresa entrada la tarde siguiente con barro en las botas, mal humor y una cartera tan llena que temo por las costuras.

—Si alguna vez vuelves a pedirme que visite a seis comerciantes jubilados en un solo día, recuerda que puedo negarme.

—No puede.

—Ya. Eso es lo peor.

Vacía el contenido sobre la mesa. Hay copias de recibos conservados en libros de negocio, cartas y dos declaraciones firmadas por hombres que recuerdan las disputas de entonces. Ninguna pieza resuelve el asunto por sí sola.

Juntas sí permiten afirmar algo. Thomas Hart no se benefició de aquellas diferencias.

Uno de los proveedores conserva la cifra real de una partida de madera.

Nuestro libro refleja una suma mayor. Otro guarda una copia de una factura distinta de la versión archivada por Whitmore.

En dos casos, las supuestas firmas de proveedores están trazadas por una mano que se parece demasiado a la de las correcciones internas.

Bale puede discutir cada pieza. Le costará explicar todas. Oliver se deja caer en el sillón.

—No me gustan las cuentas —dice—, pero incluso yo puedo ver que Hart no estaba robando.

—Sí.

La palabra debería aliviarme. No lo hace del todo. Porque hay otra pregunta encima del escritorio. La operación actual.

Abro la carpeta de Bale. Inventarios, previsiones, compromisos, mercancías disponibles para respaldar el acuerdo que quiere firmar conmigo. Todo parece limpio porque, cuando un hombre sabe falsificar una historia durante doce años, también aprende a presentar una carpeta ordenada.

Busco el nombre que Arabella pronunció durante nuestra discusión. Carrow. No aparece.

—¿Qué buscas? —pregunta Oliver.

—Una deuda que Bale no incluyó aquí.

—¿La de la carta que Arabella robó?

—Sí.

Reviso la lista de obligaciones declaradas. Hay tres acreedores. Ninguno es Carrow.

La carta que Arabella vio hablaba de un pagaré, de mercancías dadas como garantía y de un plazo que Bale había conseguido utilizando mi futura entrada de capital.

Eso no demuestra el fraude de hace doce años. Pero demuestra que, mientras me enseñaba estas cuentas, ocultaba una obligación actual.

—¿Sabemos quién es Carrow? —pregunta Oliver.

—Comerciante. Acreedor de Bale. Poco más.

—Puedo averiguarlo mañana.

Asiento.

Entonces reparo en una hoja situada al final del inventario de Bale. Una relación de partidas almacenadas con pequeñas marcas junto a cada lote: letras, números, símbolos usados para identificar mercancías sin describirlas de nuevo en cada documento.

No significan nada para mí. Aún.

—No llamaremos a Bale —digo.

Oliver me observa con sorpresa.

—Creía que llevaba dos días esperando ese placer.

—Tenemos suficiente para limpiar el nombre de Thomas Hart. No suficiente para saber qué está haciendo Bale ahora.

—Podrías cancelar el trato de todos modos.

—Lo haré si es necesario. Pero si está utilizando mi nombre para sostener otras deudas, quiero saber a quién más deja debajo cuando retire el mío.

Oliver mira la carpeta.

—Carrow.

—Carrow.

Cierro el libro de cuentas de mi padre. Por primera vez desde que Arabella se marchó, tengo una verdad que podría llevarle. No lo hago. Aún falta una pieza. Y por primera vez también comprendo que encontrarla no me da derecho a decidir quién debe colocársela en las manos.