Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 20Un compromiso roto
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CAPÍTULO 20Un compromiso roto

Un compromiso roto

Lucian

La habitación de Arabella está demasiado ordenada. Lo comprendo antes de abrir el armario.

No hay cintas sobre la cómoda, ni guantes abandonados en la silla, ni uno de esos alfileres que consigue dejar en los lugares más improbables.

El vestido verde sigue colgado, igual que los otros que compramos para la temporada.

Sobre la cama hay una bolsa pequeña con la parte del adelanto correspondiente a las semanas que ya no piensa cumplir.

Sus dos vestidos antiguos han desaparecido. También ella.

—Maldita sea.

Elsie aparece detrás de mí con los ojos enrojecidos. Lleva una cinta verde entre los dedos.

—Milord... intenté convencerla de que esperara.

—¿A qué hora se marchó?

—Antes de las seis. Dijo que no quería despertar a nadie. Wilkins llamó un coche de alquiler porque se negó a utilizar el carruaje de la casa.

Naturalmente. Incluso al huir ha encontrado el modo de discutir conmigo sin que yo estuviera presente.

—¿Llevaba equipaje?

—Solo su bolso y un hatillo, milord. Dejó casi todo lo que compró aquí.

Miro el armario otra vez. Los vestidos nuevos cuelgan en fila, absurdamente quietos.

Recuerdo la primera noche, cuando su equipaje cabía en las dos manos de una doncella.

Durante estos días he llenado ese armario como si la cantidad de tela pudiera demostrar que pertenecía a esta casa.

Arabella acaba de responderme llevándose únicamente aquello que ya era suyo.

Le doy las gracias a Elsie y espero a que salga antes de permitir que el silencio de la habitación me golpee de verdad. No suelo insultar en voz alta. Esta mañana hago una excepción. Sobre la almohada hay un sobre con mi nombre. Lo abro de pie.

«Lucian:

Si esperara a que bajaras a desayunar, discutiríamos. Tú intentarías convencerme de quedarme y yo intentaría convencerte de que marcharme es sensato. Como ambos somos insoportables cuando creemos tener razón, he decidido ahorrarnos la batalla.

No me voy porque me avergüence de lo que soy. Tampoco porque crea que tu apellido está demasiado alto para mí. Si esa fuera la razón, me quedaría solo por fastidiar a lady Ainsworth.

Me voy porque te he hecho daño decidiendo por ti y porque, desde que descubriste la verdad, tú ya estás intentando protegerme decidiendo por mí. No quiero que limpies el nombre de mi padre para pagar una deuda conmigo. Quiero que averigúes la verdad porque sea la verdad.

Y yo necesito recordar quién soy cuando no estoy interpretando a tu prometida.

No intentes recuperar el dinero que ya he ganado. Me lo he llevado. No soy idiota.

Lo siento por sir George, por Bexley, por el almacén y, sobre todo, por no haberte dicho la verdad cuando me la pediste.

Si esto hubiera sido solo un contrato, habría sido mucho más fácil quedarme.

Arabella»

Leo la última frase tres veces. No dice que me quiera. Tampoco hace falta.

Doblo la carta con demasiada precisión porque, si no ocupo las manos, quizá haga algo estúpido. Como pedir el carruaje, presentarme en casa de Martha y traerla de vuelta aunque tenga que cargarla al hombro.

De hecho, llego hasta el vestíbulo.

—Wilkins, prepare el carruaje.

El mayordomo inclina la cabeza, pero tarda una fracción de segundo de más en obedecer. Todos en esta casa parecen haberse contagiado de la costumbre de Arabella de opinar sin permiso.

—¿Hay algún problema? —pregunto.

—Ninguno, milord. Solo me preguntaba si desea que envíe primero un criado a preguntar si la señorita Hart quiere recibirlo.

Lo miro. Wilkins conserva una expresión impecable.

—¿También usted?

—No sabría a qué se refiere, milord.

Está mintiendo. Horriblemente. Arabella ha corrompido mi servicio. Estoy a punto de insistir cuando la voz de Agatha llega desde la escalera.

—No prepares nada, Wilkins.

La idea de ir a buscar a Arabella dura exactamente hasta que mi tía baja el último escalón y me mira como si estuviera a punto de cometer el mismo error por tercera vez.

—No está —digo.

Mi tía observa la habitación.

—Ya lo veo.

—Se ha marchado sin hablar conmigo.

—También lo veo.

—¿Va a decir algo útil?

—Depende. ¿Consideras útil que te diga que tienes una vena en la frente que parece a punto de declarar la independencia?

Le entrego la carta. Agatha la lee sin prisa. Yo camino hasta la ventana y vuelvo. Después otra vez.

—Voy a buscarla.

—No.

Me vuelvo.

—¿Perdón?

—He dicho que no.

—No puede impedirlo.

—Puedo esconder tus botas.

—Tía.

—Lucian, ¿qué harás cuando la encuentres?

—Hablar con ella.

—¿Y si no quiere volver?

La pregunta me enfurece.

—Esto no puede terminar con una nota.

—Estoy de acuerdo. Pero tampoco puede continuar porque tú aparezcas en su puerta y decidas que lo mejor para ambos es que ella regrese.

—No decidiría por ella.

Agatha me mira. La habitación parece llenarse de todas las ocasiones en que he hecho exactamente eso.

—Le ofrecí una elección desde el principio —digo.

—Le ofreciste dinero y una salida de la cárcel en el mismo día.

—Renuncié a utilizar la denuncia en cuanto aceptó.

—Sí. Y eso te honra. Después elegiste su ropa, su historia, sus modales y el modo en que debía entrar en sociedad.

—Porque era necesario para que el engaño funcionara.

—Exacto. Para que funcionara tu plan.

Aprieto la mandíbula.

—¿Está diciendo que todo esto es culpa mía?

—No. Estoy diciendo que los dos tenéis una costumbre espantosa de llamar protección a controlar al otro. Ella sabotearía un imperio para evitar que tomes una mala decisión.

Tú organizarías su vida entera para evitar que vuelva a pasar hambre. Los dos os sentiríais virtuosos mientras el otro busca una puerta de salida.

—Quería que estuviera segura.

—Lo sé. Y ella quería que no perdieras tu dinero con Bale. Las intenciones no son el problema. El problema es que ninguno preguntó al otro qué estaba dispuesto a arriesgar.

Pienso en la primera tarde en la confitería.

Le dije que podía marcharse cuando quisiera y me sentí satisfecho por haber convertido una amenaza en un trato.

Después, sin darme cuenta, empecé a imaginar qué haría con el dinero, qué vida podría ofrecerle, qué parte de su futuro sería más sensata.

Nunca se lo dije en voz alta. Eso no significa que no estuviera escribiendo el plan dentro de mi cabeza.

Me siento en el borde de una silla. No porque me haya convencido. Porque me ha dejado sin una defensa que no suene ridícula.

—Me mintió.

—Sí.

—Me dejó perder inversores sabiendo que ella había provocado las dudas.

—Sí.

—Robó documentos.

—Eso, reconozco, parece una afición difícil de erradicar.

La miro. Agatha se sienta frente a mí.

—Puedes estar enfadado, Lucian. Deberías estarlo. También puedes quererla. Las dos cosas caben en una misma habitación.

—No he dicho que la quiera.

—No. Solo llevas desde que entró en la casa mirándola como si hubieras descubierto que respirar era opcional.

—Oliver habla demasiado.

—Oliver no me ha dicho nada. Eso es peor.

Miro la carta otra vez.

—Anoche la defendí.

—Hiciste bien.

—Y aun así se marchó.

—Porque defenderla ante Caversham no repara que no confíes en ella. Ni que ella no confiara en ti.

—¿Qué se supone que debo hacer?

Agatha sonríe con una tristeza poco habitual en ella.

—Por una vez, algo que no tenga como objetivo conseguir que Arabella haga lo que tú quieres.

La respuesta llega antes de que pueda formularla. Thomas Hart. El padre de Arabella. Las cuentas. Bale. La carta.

—Averiguar la verdad.

—Sí.

—Aunque ella no vuelva.

—Especialmente si no vuelve.

La frase me obliga a aceptar una posibilidad que llevo evitando desde que abrí su carta: que puedo hacer todo bien a partir de ahora y aun así perderla.

No existe una cuenta que equilibrar, ni una cantidad que invertir para garantizar el resultado.

Es una idea difícil de sostener. También, sospecho, es la primera parte de entender lo que Agatha intenta decirme.

Me levanto.

La furia sigue ahí. También el dolor de encontrar una habitación vacía y comprender que la mujer que ha alterado cada rincón de mi casa ha conseguido irse sin hacer ruido. Pero debajo aparece algo más limpio: una dirección.

Bajo al despacho. Oliver llega menos de una hora después, todavía con ropa de montar y una expresión que abandona toda burla cuando le cuento que Arabella se ha marchado.

—¿Dónde está?

—Con Martha, supongo.

—¿Y no vas a buscarla?

—No todavía.

Oliver me mira con la sospecha de que alguien me ha sustituido durante la noche.

—¿Te encuentras bien?

—No.

—Ah. Eso sí parece normal.

Extiendo sobre el escritorio la carta de Thomas, las copias de la correspondencia antigua y las notas que he hecho sobre las cuentas de Bale.

—Necesito los libros de la antigua administración de mi padre, los recibos de los proveedores que sigan conservándose y cualquier correspondencia con los almacenes de entonces.

Oliver pierde la sonrisa.

—Eso son doce años de papeles.

—Lo sé.

—Podríamos tardar días.

—Entonces empezaremos hoy.

—¿Y Bale?

—No habrá trato hasta que esto termine.

—Puede presionarte con el arrendamiento.

—Que lo haga.

Oliver toma la carta de Thomas y la lee.

—Si Hart tenía razón...

—Quiero saberlo.

—¿Por Arabella?

Pienso en la nota que llevo doblada dentro del bolsillo interior de la levita. Justo donde solía guardar el reloj que intentó robarme.

—No —respondo—. Por Thomas Hart.

Oliver me observa un instante y después asiente. Entiende lo que quiero decir.

Si encuentro pruebas, no serán un regalo para recuperar a Arabella. No serán una moneda con la que comprar su perdón ni una forma de borrar mis errores. Serán la verdad que un hombre perdió hace doce años y que merece ser devuelta aunque su hija no vuelva a cruzar mi puerta.

Solo cuando lo haya hecho tendré derecho a preguntarme qué queda entre nosotros. Abro el primer libro de cuentas. Por una vez, no voy a perseguirla. Voy a intentar convertirme en un hombre al que ella pueda elegir regresar.