CAPÍTULO 19El escándalo de la señorita Hart #2
Nos movemos, pero el rumor ya está allí. Lo noto en las miradas. En una joven que deja de acercarse. En una madre que aparta a su hija con una excusa. En dos hombres que me observan las manos.
Mis manos.
El gesto me produce un frío distinto.
Bale no se ha limitado a hablar de mi padre.
Al otro extremo del salón alguien ríe y escucho la palabra «bolsillos».
Lucian también la oye.
—Nos marchamos —dice.
—No.
—Señorita Hart.
—Si me voy ahora, parecerá que han acertado.
—No me importa lo que parezca.
—A mi sí.
—Por una vez, permita que...
Se detiene antes de terminar la frase.
—Permita que decida por usted.
Los dos la hemos oído aunque no la pronuncie.
—Puedo soportarlo —digo.
—No debería tener que hacerlo.
—Esa es una idea preciosa. También inútil.
Agatha nos mira a ambos.
—Cinco minutos. Saludamos a los anfitriones y nos marchamos con dignidad. Nadie huye y nadie mata a lady Ainsworth. Es mi última oferta.
Aceptamos.
No llegamos a cumplirla.
Lady Bexley es amable conmigo, quizá porque su marido se siente culpable por retirarse de la operación de Lucian, quizá porque realmente no le importa de dónde vengo. Estoy agradeciéndole la invitación cuando una voz masculina detrás de nosotros pregunta:
—Whitmore, ¿sabías que tu prometida tiene cierta experiencia con relojes de bolsillo?
El salón no se queda en silencio, pero mi mundo sí.
Me vuelvo.
El hombre que ha hablado es lord Caversham, uno de esos caballeros que confunden riqueza con ingenio. Sonríe. Cerca de él, Bale sostiene una copa y observa.
No necesito más pruebas para saber de dónde ha salido la historia.
Lucian se coloca entre Caversham y yo.
—Mida sus palabras.
—No pretendía ofender. Solo repetir algo que circula por Londres. Al parecer la señorita Hart ha tenido una vida muy... activa.
—Y usted una tarde muy vacía si la ocupa repitiendo rumores. Caversham pierde la sonrisa.
—¿Lo niegas? Lucian no puede negar lo que es verdad.
Yo podría mentir. Se me da bien. Podría inventar un malentendido, una hermana, una confusión, cualquier cosa. Estoy cansada.
—No —digo.
Lucian gira la cabeza.
—Arabella.
—No. No voy a dejar que otro cuente mi vida como si yo no estuviera aquí.
—Miro a Caversham—. He robado para comer.
He dormido en habitaciones que usted no alquilaría ni para guardar botas.
Me crió una actriz mejor persona que muchos caballeros que conozco.
Y si su siguiente pregunta es si me avergúenzo, ahórresela.
Alguien inspira con fuerza. Caversham parece no haber previsto que yo respondiera.
Bale sí. Sus ojos permanecen tranquilos.
—Qué declaración tan admirable —dice—. Aunque quizá lord Whitmore habría preferido conocer todos esos detalles antes de comprometer su nombre.
Lucian se vuelve hacia él.
—Mi nombre no es asunto suyo.
—Lo será si nuestros negocios dependen de su reputación.
—Nuestros negocios no dependen de nada. No hay acuerdo.
Ahora sí se produce un silencio verdadero alrededor de nosotros. Bale palidece.
—Whitmore.
—He dicho que revisaré las cuentas. Hasta entonces no vuelva a utilizar a la señorita Hart para presionarme.
Su mano encuentra la mía. No me agarra. Solo la ofrece.
—Nos vamos. Esta vez acepto.
El trayecto de regreso es dolorosamente silencioso. Agatha viaja en el otro carruaje con Oliver, que nos recibió al entrar y se quedó hasta el final del desastre. Lucian y yo estamos solos.
Durante varias calles ninguno habla.
—No tenías que hacer eso —digo al fin.
—¿Defenderla?
—Romper con Bale delante de todos.
—No he roto nada que no estuviera ya en duda.
—Ahora media ciudad creerá que lo has hecho por mí.
—Que crean lo que quieran.
—Tu reputación importa.
—También la suya.
Me río sin humor.
—Mi reputación acaba de entrar por la puerta y salir por una ventana.
—No haga bromas para evitar esto.
Lo miro.
—¿Evitar qué?
—Que está pensando en marcharse.
El corazón se me encoge.
—No sabes lo que pienso.
—Empiezo a reconocer esa expresión.
—Y yo empiezo a cansarme de que creas conocerme mejor que yo.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Todos lleváis semanas decidiendo qué debo aprender, qué debo vestir, cuándo debo sonreír y cómo debe explicarse mi vida para que no incomode a nadie.
—Y usted lleva días decidiendo qué debo saber, con quién debo hacer negocios y cuándo tengo derecho a conocer la verdad.
La frase me deja sin aire.
Lucian cierra los ojos un momento.
—Eso no era lo que quería decir.
—Pero es verdad.
—Sí.
Agradezco que no intente arreglarlo. Me dura exactamente una calle.
—Hay una manera de zanjar esto —dice entonces Lucian.
Reconozco el tono. Es el que reserva para los libros de cuentas cuando ha dado por fin con la columna que no cuadraba.
—¿Cuál?
—Casarnos. De verdad. Con licencia especial, esta misma semana. Con mi apellido nadie volverá a repetir una palabra sobre usted, y lo de Bale quedará reducido a lo que es: el berrinche de un comerciante acorralado.
Lo dice sin vacilar, con las manos quietas sobre las rodillas. Lo tiene pensado. Y lo tiene pensado, además, desde antes de preguntármelo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lady Ainsworth sonrió.
—O sea, que lo resolviste en la puerta de los Bexley, mientras yo contestaba a Caversham.
—Lo pensé en la puerta de los Bexley. Es distinto.
—No lo es. —Respiro—. Me estás pidiendo en matrimonio con la voz con que me presentarías un presupuesto de reformas.
—Es una propuesta sincera.
—Es una propuesta eficaz. Las dos cosas pueden ser ciertas, pero estoy muy cansada de ser el problema que alguien resuelve, aunque lo resuelva con cariño.
Él abre la boca y la cierra. Me ofrece abrigo, no compañía, y dudo de que alguien le haya explicado nunca la diferencia.
Miro por la ventanilla. Las calles pasan oscuras, conocidas de una forma que Whitmore House nunca será. Podría volver a ellas esta noche y saber exactamente dónde pisar. Lo que no sé es cómo quedarme en la casa de Lucian sin convertirme en una deuda que él cree obligado a pagar.
—¿Te arrepientes? —pregunto.
—¿De qué?
—De haberme llevado a casa aquel día. Tarda tan poco en responder que la respuesta duele más.
—No.
—Incluso ahora.
—Especialmente ahora.
Trago saliva.
—No puedes arreglarme la vida con una licencia especial, ni porque mi padre trabajara para tu familia.
—Te he pedido que te cases conmigo. No es un arreglo.
—Es el primero de la lista. Después buscarás pruebas, limpiarás su nombre, pagarás lo que creas que se debe y pensarás que eso nos deja en paz.
—¿Y qué propone usted?
—No lo sé.
Es la respuesta más sincera que he dado en días.
Cuando llegamos a Whitmore House, subo a mi habitación. Elsie pregunta si necesito ayuda para desvestirme. Le digo que no.
Me siento en el borde de la cama y observo el armario lleno de ropa que no me pertenece. Sobre la cómoda está la cinta que Agatha me prestó para el primer baile. En una silla, el vestido verde. En el cajón, la remuneración que Lucian ha ido entregándome según el acuerdo.
No me voy porque lady Ainsworth crea que soy vulgar. He sobrevivido a opiniones peores.
No me voy porque piense que no merezco a Lucian. Esa sería otra forma de permitir que la sociedad decidiera por mí.
Me voy porque he convertido la vida de un hombre al que quiero en un tablero donde mover piezas sin su permiso.
Y porque él, con toda su buena intención, empieza a mirarme como un problema que debe resolver.
Y porque me ha ofrecido su apellido en un carruaje, con la voz con que se cierra un contrato, una hora después de que cien personas me llamaran ladrona.
No digo que no quiera ser su esposa. Digo que no quiero serlo así.
Si nos quedamos así, terminaremos confundiéndolo todo: la culpa con el amor, la reparación con una promesa, la protección con el derecho a elegir por el otro.
Saco papel del escritorio.
Por primera vez en mi vida, huir no parece cobardía.
Parece dejar de hacer daño.