Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 19El escándalo de la señorita Hart
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CAPÍTULO 19El escándalo de la señorita Hart

El escándalo de la señorita Hart

Arabella

El miedo le dura a Edmund Bale menos de un parpadeo.

Lo veo aparecer cuando reconoce el nombre de mi padre y desaparecer antes de que Lucian tenga tiempo de preguntar qué significa. Un segundo después vuelve a ser el comerciante correcto, bien vestido y dueño de una sonrisa que no entrega nada.

—Thomas Hart era su padre —repite.

Esta vez no dejo que el silencio conteste por mí.

—Sí.

Bale baja la vista a la carta sobre el escritorio. No puede leerla desde donde está, pero ha visto la firma. Es suficiente.

—Lamento saberlo. Fue una situación desagradable para todos.

—Sobre todo para él.

La sonrisa no cambia. Sus ojos sí.

Lucian se interpone sin hacerlo de una manera evidente. Apenas un paso. Lo conozco ya lo bastante para saber que, en su caso, un paso puede equivaler a cerrar una puerta.

—La reunión ha terminado, señor Bale.

—Eso ha dicho.

Bale empieza a recoger sus papeles. El escribiente que lo acompañaba aparece en el umbral con la cartera bajo el brazo. Es un hombre delgado, de cabello claro y nariz estrecha. Hasta ese momento no le había prestado atención.

Bale coloca dentro la última carpeta y se vuelve hacia mí.

—Londres tiene una memoria extraordinaria, señorita Hart. A veces recuerda historias que uno creía enterradas.

Lucian deja de moverse.

—¿Es una amenaza?

Bale parece sorprendido.

—Una observación.

—Entonces procure que la siguiente sea sobre sus cuentas.

Por primera vez desde que entró, Bale no intenta sonreír.

Se marcha.

Oigo sus pasos y los de su escribiente alejarse por el corredor. Después la puerta principal. Después nada.

Lucian no me mira de inmediato.

Ordena los papeles que Bale ha dejado sobre la mesa, aunque ya estaban ordenados. Uno. Dos. Tres. Alinea los bordes con tanta precisión que comprendo que sigue furioso.

—No voy a firmar nada —dice.

—Lo sé.

—Revisaré los libros antiguos, la carta de su padre y cada documento que Bale haya puesto delante de mí.

—Bien.

Ahora sí levanta los ojos.

—Y necesito que, si existe una sola cosa más que no me haya contado, lo haga ahora.

La pregunta duele porque me la he ganado.

Pienso en Carrow, en el pagaré, en la carta que robé y devolví, en cada pequeña decisión que fui tomando sola hasta convertirlas en una pared entre nosotros.

—No hay nada más.

Lucian asiente.

No dice que me crea.

Tampoco dice que no.

Eso resulta peor.

A la mañana siguiente, Martha aparece en Whitmore House antes de las diez.

No envía una nota. No espera a que la anuncien correctamente. Wilkins llega al salón con la expresión resignada de un hombre que ha comprendido que mi vida anterior no piensa respetar las normas de la casa.

—La señora Finch desea verla, señorita Hart.

—Martha no es señora de nadie.

—Ha insistido en que hoy sí.

Eso basta para que me levante.

La encuentro en el salón pequeño con el sombrero todavía puesto y una furia que le da diez años menos.

—Un hombre ha estado preguntando por ti.

Se me enfría el estómago.

—¿Qué hombre?

—Uno que paga demasiado por respuestas que no valen nada. Estuvo ayer por la tarde cerca del mercado. Preguntó por una pelirroja llamada Hart que vivía con una actriz. Después quiso saber si alguna vez habías tenido problemas por meter la mano donde no te llamaban.

—Eso reduce bastante la lista de conocidos.

Martha no sonríe.

—También preguntó por relojes.

Ahí dejo de bromear.

—¿Quién te lo ha contado?

—La señora Cole, la que vende cintas junto a Covent Garden. El imbécil tuvo la delicadeza de decir que hacía averiguaciones para un cliente comercial. Y llevaba una cartera con el nombre de Bale y Compañía estampado en el cierre.

La imagen del escribiente del día anterior vuelve a mí: delgado, cabello claro, la cartera bajo el brazo.

Lucian entra en ese momento. Detrás de él aparece Agatha.

Martha los mira y decide cuál de los dos será más útil.

—Bale está buscando barro —dice.

Lucian no pregunta cómo ha entrado sin esperar en el vestíbulo. Empieza a conocerla.

—¿Puede demostrar que era uno de sus hombres?

—Puedo demostrar que el tipo llevaba su nombre en una cartera. Si quiere una declaración jurada, tendrá que esperar a que la señora Cole aprenda qué es una.

Agatha se sienta.

—No necesitamos una declaración para entender lo que pretende.

Lucian me mira.

—No irá a casa de los Bexley esta noche.

—Sí iré.

—Señorita Hart.

—No voy a esconderme porque Bale haya contratado a un hombre para preguntar si sé abrir bolsillos.

—No se trata de esconderse.

—Claro. Se trata de protegerme.

La palabra cae entre nosotros con toda la conversación del día anterior detrás.

Lucian aprieta la mandíbula.

Agatha interviene antes de que volvamos a discutir.

—En realidad, se trata de no regalarle a Londres una ausencia que pueda convertir en confesión. La invitación de los Bexley sigue en pie. Iremos, saludaremos, permaneceremos el tiempo suficiente para que nadie pueda decir que hemos huido y volveremos a casa.

Lucian la mira.

—No me gusta.

—Eso ocurre con frecuencia cuando tengo razón.

Martha se vuelve hacia mí.

—¿Quieres ir?

La pregunta es tan sencilla que durante un segundo nadie habla.

Quiero.

No porque crea que puedo ganar a los rumores en un salón. No porque lady Ainsworth vaya a cambiar de opinión sobre mí. Quiero ir porque llevo demasiados años sobreviviendo a lo que otros deciden que soy para empezar a esconderme ahora.

—Sí.

Lucian exhala.

—Entonces iremos.

No decide por mí.

Es una diferencia pequeña.

La noto.

Dos noches después descubro que hay una diferencia importante entre entrar en un salón sabiendo que una miente y entrar sabiendo que todos los demás conocen la mentira.

En el primer caso, una controla la historia.

En el segundo, la historia la controla a una.

El carruaje avanza hacia casa de los Bexley y yo llevo varios minutos observando mi reflejo en la ventanilla.

Agatha ha elegido un vestido color crema con bordados verdes.

Lucian espera frente a mí con esa cortesía exasperante que utiliza desde nuestra pelea: ofrece el brazo, pregunta si necesito algo, comprueba que el brasero del coche esté encendido y evita cualquier frase que pueda convertirse en una discusión.

Preferiría que me gritara.

—Puedes dejar de mirarme con miedo a que me rompa —digo.

—No la estoy mirando así.

—Entonces tienes una cara muy desafortunada.

Agatha, sentada a nuestro lado, finge interesarse por la oscuridad tras la ventanilla.

Lucian exhala.

—Estoy intentando no discutir con usted antes de llegar.

—Qué considerado.

—No lo convierta en una provocación.

—No todo gira alrededor de ti.

—Eso ha quedado bastante claro.

La frase duele porque la merezco.

Agatha interviene antes de que convierta el trayecto en otra batalla.

—Si vais a comportaros como un matrimonio desgraciado, al menos esperad a casaros. Es más respetable.

No volvemos a hablar hasta llegar.

La casa de los Bexley está llena. Demasiado.

En cuanto nos anuncian, noto que las conversaciones cambian de ritmo.

No se detienen, porque la buena sociedad jamás reconoce abiertamente que está cotilleando.

Solo baja la voz en el instante justo para que la persona mencionada sepa que lo está haciendo.

Conozco esa clase de crueldad. En los mercados, la gente insulta de frente. Aquí lo hacen detrás de un abanico.

Oliver aparece a nuestro lado antes de que hayamos avanzado diez pasos. No trae su sonrisa habitual.

—No hagáis caso a nadie que se acerque con expresión de pésame —murmura—. Nadie ha muerto y, aun así, hay unas quince personas deseando consolaros.

—¿Qué se dice? —pregunto.

Oliver duda. Eso me da más miedo que cualquier respuesta rápida.

—Que tu padre salió de la casa Whitmore bajo sospecha. Que creciste fuera de la sociedad. Y algunas versiones más creativas que no merecen repetirse.

—¿Creativas como qué?

—Arabella —interviene Lucian.

—Si voy a ser el entretenimiento de la noche, al menos quiero conocer el argumento.

Oliver baja la voz.

—Alguien afirma que te han visto robar en mercados y calles. No hay nombres ni fechas. Solo suficientes detalles para que la gente disfrute completándolos.

Miro a Lucian. Su mandíbula se endurece.

—Bale —digo.

—No podemos demostrar que Bale diera la orden —responde él.

—No hace falta para saberlo. Su escribiente lleva dos días haciendo preguntas y él sabe qué vio en su despacho y qué apellido oyó.

Oliver se aleja para interceptar a un conocido que ya viene hacia nosotros con demasiada curiosidad.

Lady Ainsworth es la primera en lograr pasar.

Por supuesto.

—Señorita Hart —dice con una sonrisa delicada—. Qué sorpresa verla.

—También yo estoy sorprendida de verme. Nos estamos proporcionando una velada emocionante.

Sus ojos bajan a mi vestido. Agatha ha elegido uno color crema con bordados verdes. No pertenece a una carterista, pero tampoco me hace sentir disfrazada. Eso, al menos, es una victoria.

—He oído cosas muy interesantes sobre su familia —continúa lady Ainsworth.

Lucian se tensa a mi lado.

—Entonces ha tenido una semana más entretenida que yo —respondo.

—No sabía que su padre hubiera trabajado para los Whitmore. Ahí está.

—Hace muchos años.

—Ni que hubiera abandonado el servicio en circunstancias tan... delicadas.

Varias personas cercanas dejan de fingir que no escuchan.

Lucian da un paso.

—Lady Ainsworth, si desea información sobre asuntos de mi familia, puede preguntármela a mí.

—Oh, no pretendo entrometerme. Solo me preocupa la señorita Hart. Debe de haber sido una infancia difícil después de aquello.

La compasión fingida es peor que el veneno abierto.

—Sobreviví —digo.

—Sí. Eso también he oído.

Un caballero mayor se acerca. No recuerdo su nombre, pero sí que en la recepción anterior habló durante veinte minutos de caballos.

—¿Es cierto que vivió con una actriz? —pregunta, sin ninguna delicadeza.

—Es cierto que una actriz me dio un hogar.

—Vaya.

—Una palabra muy útil, ¿verdad? Sirve para expresar sorpresa sin tener que pensar una opinión.

Agatha se coloca a mi otro lado.

—Arabella, querida, ven conmigo. Lady Bexley desea saludarte.