CAPÍTULO 18Una firma, un desastre y una carterista
Una firma, un desastre y una carterista
Lucian
Arabella lleva sombrero dentro de mi despacho.
No debería ser el detalle que más me preocupe, pero después de casi un mes viviendo con ella he aprendido que cualquier desviación pequeña puede anunciar una catástrofe considerable.
—Señorita Hart —digo por segunda vez—, ¿ocurre algo?
—Sí.
—¿Puede esperar diez minutos?
—Podría. No quiero.
Bale, sentado frente a mi escritorio, deja escapar una breve risa.
—Su prometida tiene carácter.
—Eso no es noticia —respondo.
Arabella no sonríe. Ahí está el verdadero problema.
He aceptado esta reunión adelantada porque Bale insiste en que necesita cerrar ciertos compromisos antes de que venza nuestra opción sobre el almacén.
Después de lo sucedido con Bexley, no pienso firmar nada sin revisar cada cifra.
Se lo he dicho con claridad. Él ha llegado con un escribiente, copias de correspondencia y una prisa que aumenta mi desconfianza en lugar de reducirla.
Aun así, necesito saber si la operación puede salvarse.
—Cinco minutos —le digo a Arabella—. Después hablaremos a solas.
Ella mira los documentos.
—¿Y si dentro de cinco minutos ya es tarde?
Bale se vuelve hacia ella.
—Para los negocios siempre parece tarde cuando se observan desde fuera, señorita Hart.
Los ojos verdes de Arabella se afilan.
—Y desde dentro a veces parece pronto aunque el edificio ya esté ardiendo.
—Arabella.
No la tuteo. No lo hago ni siquiera cuando deseo sacarla de la habitación antes de que convierta una negociación comercial en una batalla personal.
Ella respira, se obliga a asentir y se dirige a la puerta.
—Cinco minutos.
—Tiene mi palabra.
Me lanza una mirada que no sé interpretar y sale.
Bale continúa explicando la situación de sus obligaciones. Habla de pagos pendientes, mercancías comprometidas y capital que llegará en cuanto nuestra participación sea pública. No hay nada ilegal en necesitar liquidez. Sí hay algo que me incomoda en que su estabilidad dependa tanto de mi nombre.
Durante meses me ha presentado la operación como una asociación conveniente para ambos: él aporta experiencia comercial y contactos; yo, capital y una estructura de transporte que puede crecer.
Esta tarde, sin embargo, cada explicación termina en la misma idea: una vez que Whitmore figure junto a Bale, otros dejarán de hacer preguntas.
No me gusta ser la respuesta a preguntas que todavía no conozco.
—Quiero revisar los recibos originales —digo.
—Los tendrá mañana.
—Antes de cualquier firma.
Bale apoya dos dedos sobre la carpeta.
—Whitmore, si esperamos cada documento secundario, perderemos el almacén.
—Entonces perderemos el almacén. Por primera vez su sonrisa desaparece.
—Pensaba que comprendía la importancia de actuar con rapidez.
—Comprendo mejor la importancia de no actuar con prisa.
El escribiente carraspea. Bale lo mira y anuncia que necesita enviar un mensaje a su oficina. Sale con él al corredor.
Apenas la puerta se cierra, escucho un ruido en la biblioteca pequeña contigua. Me quedo inmóvil. La puerta entre ambas estancias está entornada.
—Señorita Hart —digo.
Silencio. Camino hasta la biblioteca y la encuentro junto a una mesa auxiliar, con una de las hojas de la carpeta de Bale entre los dedos. Durante un segundo ninguno habla. La escena tiene una familiaridad irritante.
—No puede ser —murmuro.
Arabella aprieta los labios.
—Puedo explicarlo.
—La primera vez dijo que el reloj se había enganchado a su manga.
—Esta vez no pensaba usar esa excusa.
—Me tranquiliza comprobar que nuestro trato ha ampliado su repertorio. Extiendo la mano.
—Deme el papel.
Ella no lo hace.
—Si falta una hoja, no podrá firmar —dice.
—No voy a firmar hoy.
Arabella parpadea.
—¿Qué?
—Acabo de decirle a Bale que no habrá firma hasta revisar los originales.
Arabella mira el documento que tiene en la mano. Después a mí.
—Ah.
—Sí. «Ah» parece apropiado.
La furia que siento no es por el papel. Es por la certeza brutal de que todo lo que he sospechado durante días estaba justificado. Ella sabía algo. Ha intervenido. Y aun después de anoche, cuando le pregunté directamente, ha preferido actuar a mis espaldas otra vez.
—¿Cuántas veces? —pregunto.
—Lucian...
—¿Cuántas veces ha tocado mis negociaciones sin decírmelo? —insisto.
Me entrega la hoja.
—Más de una —admite.
—Una cifra extraordinariamente precisa —respondo.
—No me hables como si fuera una niña.
—No lo hago. Si fuera una niña, esto sería mucho más fácil de perdonar.
Ella retrocede como si hubiera levantado la voz, aunque no lo he hecho.
Me obligo a aflojar la mano que aprieta el documento.
No quiero herirla por el placer mezquino de que comprenda cuánto me ha herido a mí.
Tampoco pienso suavizar lo ocurrido hasta convertirlo en una de nuestras discusiones divertidas.
Esta vez no estamos peleando por un vals ni por el modo correcto de dirigirse a un duque.
El golpe le llega. Lo veo.
Me arrepiento de la dureza, pero no retiro la frase.
Arabella cierra los dedos alrededor de su bolso.
—Mi padre se llamaba Thomas Hart.
El nombre detiene todo.
Lo conozco. No bien. Como se conocen ciertos apellidos que aparecen en conversaciones familiares antiguas y se abandonan cuando entra un niño en la habitación.
—Thomas Hart trabajó para mi padre.
—Llevaba cuentas comerciales de tu familia.
—Sí.
—Y lo acusaron de hacer desaparecer dinero.
No respondo de inmediato.
La versión que recuerdo es borrosa: irregularidades, un empleado despedido, mi padre furioso, un asunto resuelto sin proceso público. Yo tenía dieciséis años y ninguna participación en las cuentas familiares.
—Nunca hubo una acusación formal —digo.
—No hizo falta. Le quitaron el trabajo y el nombre. Después nadie quiso contratarlo.
Arabella abre el bolso y saca una hoja doblada. Sus manos tiemblan apenas.
—Esto lo escribió antes de que todo se viniera abajo.
Leo.
No necesito más de una vez para comprender lo esencial: Thomas detectó diferencias, pidió documentos, Bale controlaba registros que no coincidían con recibos. No prueba un desfalco. Sí contradice la idea de un empleado sorprendido alterando cuentas por su propia iniciativa.
—¿Dónde encontró esto?
—Martha lo guardó entre las cosas de mi madre.
—¿Y los otros documentos?
Arabella traga saliva.
Ahora llega la verdadera confesión.
Me habla del libro antiguo de la biblioteca. De la correspondencia de 1808. De una carta de Bale que robó y devolvió durante una recepción. De Carrow. De la deuda. De la conversación con sir George.
—¿Fue usted? —pregunto.
—Sí.
No elevo la voz. Me cuesta más mantenerla baja.
—Bexley se retiró por la duda que usted sembró.
—Quería que preguntaran por Bale.
—Puso en riesgo ocho meses de trabajo.
—Lo sé.
—Anoche no lo sabía.
—Anoche ya lo sabía y por eso casi te lo conté.
—Casi.
Arabella cierra los ojos un instante.
—Sí. Casi. Fui una cobarde.
La honestidad no me alivia tanto como debería.
Después deja sobre el escritorio un papel doblado en tres.
—Esto llegó con mi desayuno hace unos días. No lleva firma.
Lo leo. «Los libros viejos descansan mejor cerrados». Dos veces. Tres. Una amenaza redactada con la cortesía de un pésame.
—¿Y no me lo dijo?
—Pensé que te plantarías delante de Bale. —Alza la barbilla—. Y que él esperaba exactamente eso.
Tiene razón en lo segundo. En lo primero, también, y no me gusta.
—¿Por qué no vino a mí cuando encontró el nombre de su padre?
—Porque eres un Whitmore.
—Eso no es una respuesta.
—Para mí sí. —Da un paso hacia mí—. Yo recordaba a mi madre diciendo que los Whitmore nos habían destruido.
Entré en esta casa pensando que quizá tu padre había hecho exactamente eso.
Después encontré a Bale en tus papeles y pensé que estabas a punto de asociarte con el hombre que podía haber arruinado al mío.
¿Qué querías que hiciera? ¿Que te entregara todo y confiara en que elegirías a una carterista antes que al apellido de tu familia?
—Quería que me permitiera elegir por mí mismo.
Se queda callada.
La frase se instala entre nosotros.
—Pensé que te protegía —dice al fin.
—No. Pensó que sabía mejor que yo lo que debía hacer.
—Y tú me contrataste para decidir cómo debía vestirme, hablar y comportarme.
—Eso no es lo mismo.
—No, claro. Cuando lo hace un conde se llama planificar.
La respuesta me enfurece porque contiene una parte de verdad.
—No convierta esto en una discusión sobre modales. Usted alteró una negociación, robó correspondencia y ocultó información que afectaba directamente a mi familia.
—Lo sé.
—Y anoche, cuando le pregunté si ocurría algo, decidió dejarme creer que nada de esto era culpa suya.
Arabella baja la cabeza.
—Eso es lo peor que hice.
No esperaba que lo admitiera tan rápido. Me deja sin una réplica preparada. Respiramos en silencio. Finalmente doblo la carta de Thomas y la dejo sobre la mesa.
—No firmaré con Bale hasta comprobarlo todo.
Arabella alza la vista.
—¿Me crees?
—Creo que este documento merece ser investigado. Creo que las irregularidades que ha encontrado merecen ser revisadas. Y creo que usted me ha mentido durante días.
Su rostro se endurece.
—Eso también es verdad.
—Necesito honestidad a partir de ahora.
—La tendrás.
—No me lo prometa si piensa decidir dentro de una hora que una nueva mentira es por mi bien.
Ella recibe la frase sin defenderse.
—No lo haré.
La puerta del despacho se abre. Bale entra antes de que pueda apartar la carta. Su mirada se dirige a Arabella, después al papel sobre la mesa.
—¿Interrumpo?
—La reunión ha terminado por hoy —digo.
—No entiendo.
—No habrá firma hasta que revise documentación adicional.
Bale frunce el ceño.
—¿Qué documentación?
Arabella se mueve para guardar la carta, pero él ya ha visto la firma al pie de la primera hoja.
Thomas Hart.
El cambio en su expresión dura menos de un segundo. Un parpadeo. Una tensión en la mandíbula.
Suficiente.
—Hart —repite.
Arabella se vuelve hacia él.
Bale la observa y, por primera vez, la ve.
—Señorita Hart —dice despacio—. ¿Thomas Hart era su padre?
El silencio que sigue responde antes que ella.
Y por primera vez desde que lo conozco, Edmund Bale parece tener miedo.