Cómo robarle el corazón a un lord (Lores en apuros 1) CAPÍTULO 17El precio de una mentira
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CAPÍTULO 17El precio de una mentira

El precio de una mentira

Arabella

Martha guarda los recuerdos importantes en lugares donde nadie sensato buscaría: detrás de un ladrillo flojo, dentro de una caja de sombreros vacía o cosidos en el forro de una falda que dejó de ponerse hace diez años.

Por eso no debería sorprenderme que la pequeña caja de mi madre aparezca debajo de un montón de programas de teatro, plumas rotas y una máscara veneciana a la que le falta media nariz.

—Pensaba que aquella caja había desaparecido —digo.

—Pensabas muchas cosas a los diez años. Una de ellas era que podías vivir alimentándote de manzanas robadas.

—Funcionó durante tres días.

—Y al cuarto te desmayaste en una escalera.

Martha coloca la caja sobre la mesa y me mira por encima de sus gafas.

Ha mejorado desde que Lucian empezó a pagarme; hay carbón suficiente en el hogar, té de verdad en la tetera y un pequeño frasco del tónico que el boticario recomendó para la tos.

Nada de eso borra los años anteriores, pero hace que la habitación parezca menos empeñada en recordármelos.

He venido porque necesito hablar con alguien que no lleve un título, no conozca a Edmund Bale y no me mire como si estuviera a punto de confesar un asesinato cada vez que me quedo callada.

—¿Por qué no me la enseñaste antes? —pregunto.

—Porque no la pediste.

—No sabía que la conservabas.

—Sabías que guardé algunas cosas de tu madre. Durante años no quisiste verlas. Después empezaste a decir que el pasado era una habitación sin salida y que preferías quedarte en el pasillo.

Suena exactamente a algo que yo diría, lo cual resulta irritante.

Abro la caja.

Dentro hay un dedal abollado, dos cintas, una pequeña medalla de latón, un pañuelo con una H bordada y un paquete de papeles atados con hilo. El olor es solo a polvo y madera vieja, pero mi memoria insiste en convertirlo en el perfume de mi madre: jabón, lavanda y humo de carbón.

Me siento.

Durante unos segundos no abro los papeles.

Me quedo mirando el pañuelo, la H torcida en una esquina y una mancha de hilo azul que mi madre nunca consiguió quitar.

Recuerdo sus manos mejor que su cara: dedos rápidos, uñas cortas, una aguja que parecía moverse sola.

De mi padre conservo menos. Una espalda inclinada sobre una mesa, el sonido de una pluma raspando papel y la costumbre de levantarme en brazos cuando creía que yo dormía.

A veces me pregunto cuánto de eso ocurrió de verdad y cuánto he construido con los años para llenar huecos.

—No recuerdo bien su voz —admito.

Martha no intenta consolarme con una mentira.

—Eras pequeña.

Paso el pulgar por el dedal. Mi madre cosía incluso cuando no había luz suficiente. Remendaba vestidos ajenos y, cuando nadie miraba, convertía los míos en prendas capaces de sobrevivir otra temporada.

—Recuerdo que odiaba un nombre —digo—. Bale. Lo decía como si le supiera amargo.

Martha se sienta enfrente.

—También se lo oí una vez a tu madre. Y tú me lo repetiste meses después de venir conmigo: dijiste que un señor Bale había hecho daño a tu padre.

Levanto la cabeza.

—¿Y nunca me lo recordaste?

—Cada vez que mencionaba a tu familia, te ponías hecha una furia. Aprendí a esperar.

Desato el hilo de los papeles. Hay recibos sin interés, una lista de gastos domésticos, una carta de mi madre a una prima que nunca conocí y dos hojas escritas por mi padre. La primera habla de dinero para la casa, de una posible mudanza y de la esperanza de que todo se resuelva.

La segunda no está terminada.

Reconozco el nombre antes de entender la frase.

Edmund Bale.

El corazón me golpea una vez, con fuerza.

Leo despacio.

«Mary, he vuelto a revisar las cifras. El señor Bale asegura que los pagos están correctos, pero las cantidades anotadas en los libros no coinciden con los recibos que he visto.

He pedido acceso a los registros anteriores y me lo ha negado.

El conde desea discreción hasta saber si se trata de un error.

No quiero alarmarte, pero he copiado las fechas por si los libros cambian antes de que pueda... »

Ahí termina. La tinta se corta a mitad de frase.

No es una confesión. No es una prueba. Ni siquiera acusa a Bale de robar. Solo demuestra que mi padre había detectado algo y que Bale controlaba parte de la información.

Es, sin embargo, la primera vez que escucho la voz de Thomas Hart como adulto y no como una sombra en mi memoria.

—Dios mío —murmura Martha.

—No demuestra nada.

Vuelvo a leer las líneas. Las fechas que menciona mi padre coinciden, al menos en parte, con las que vi en el libro de cuentas de Whitmore House.

Ese detalle me eriza la piel. No porque convierta la carta en una prueba —no lo hace—, sino porque significa que los dos fragmentos de historia nacieron del mismo momento.

Mi padre no estaba escribiendo años después para justificarse.

Estaba preocupado antes de que lo acusaran.

—Demuestra que tu padre no imaginaba las irregularidades.

—Pero no demuestra que Bale fuera culpable. Podría haber sido un error. Podría haber otra explicación.

Martha me mira durante unos segundos.

—Hace un mes te habrías conformado con mucho menos para declarar culpable a medio Londres.

Aprieto la hoja.

Tiene razón.

—Hace un mes Lucian era solo un lord al que podía robarle un reloj.

—Ah.

Odio ese «ah».

—No hagas eso.

—No he hecho nada.

—Has hecho «ah».

—Soy una mujer de teatro. Sé reconocer el momento en que la protagonista descubre que el problema ya no es el villano.

—No soy una protagonista.

—Por supuesto que no. Las protagonistas suelen tener mejor criterio con los hombres.

Le lanzo una cinta. Martha la atrapa y sonríe.

No le he contado todo. Sí sabe que el compromiso es falso; se lo confesé antes de instalarme en Whitmore House porque era imposible explicarle de otro modo por qué un conde iba a pagar mis vestidos.

También sabe que Lucian me besó. Se lo conté al día siguiente, y me pasé media hora intentando convencerla de que no significaba nada.

Según Martha, nadie dedica media hora a explicar la falta de importancia de algo verdaderamente insignificante.

—Tengo que decírselo —digo.

—Sí.

—Podrías fingir un poco de sorpresa ante mi valentía.

—Llevas una semana sabiendo que debes hacerlo. Doblo con cuidado la carta.

—Le he hecho daño.

Martha deja de bromear.

Le cuento lo de sir George, Bexley y el almacén. No dramatizo. No hace falta. La culpa ya tiene suficiente imaginación por sí sola.

—Pensabas que protegías a alguien —dice cuando termino.

—Pensaba que me vengaba.

—También.

—Y después empecé a decirme que lo hacía por Lucian.

—Eso es lo peligroso de las buenas intenciones. Se disfrazan mejor que las malas.

La observo.

—¿De qué lado estás?

—Del tuyo. Por eso no voy a decirte que todo lo que haces está bien.

Me gustaría discutir. En vez de eso, guardo la carta de mi padre en el bolso y vuelvo a colocar los demás papeles en la caja.

—Si se la enseño y decide que su familia no hizo nada malo...

—Entonces tendrás una respuesta.

—No quiero esa respuesta.

—Eso no la convierte en menos necesaria.

Miro el fuego. En Whitmore House he encontrado una vida que no sabía que quería.

No las sedas ni las habitaciones enormes.

Quiero los desayunos donde Agatha opina sobre todo, las visitas inesperadas de Oliver, las discusiones absurdas con Lucian.

Quiero que él me mire como lo hizo en el pabellón, como si por unos segundos no hubiera un trato entre nosotros.

Y tengo miedo de que la verdad destruya todo eso.

El problema es que mi silencio ya ha empezado a destruirlo.

—Voy a hablar con él —decido.

Martha asiente.

—Bien.

—Hoy.

—Mejor.

—En cuanto vuelva.

—Arabella.

—Estoy yendo.

Me levanto, beso su mejilla y recojo el bolso. Antes de abrir la puerta, Martha me llama.

—Bella.

Me vuelvo.

—No confundas decir la verdad con conseguir que te den la razón.

—Qué poca fe tienes en mis talentos.

—Tengo demasiada experiencia con ellos.

Salgo a la calle con la carta de mi padre pegada al costado y la decisión más sensata que he tomado en semanas.

Naturalmente, Londres no piensa facilitarme el trabajo.

Cuando llego a Whitmore House, el vestíbulo está lleno de movimiento. Wilkins habla con un criado que lleva una cartera de documentos; otro lacayo recoge el abrigo de un caballero. Reconozco la voz de Bale antes de verlo.

—¿Qué hace aquí? —pregunto.

Wilkins adopta la expresión neutral que utiliza cuando cree que estoy a punto de causar un problema.

—El señor Bale ha adelantado la reunión con milord.

—¿Adelantado cuánto?

—A esta tarde.

—¿Van a firmar?

El mayordomo vacila. No debería responderme. Lo sé y él sabe que lo sé.

—Han pedido que se preparen el despacho y la biblioteca pequeña. Ha llegado también el escribiente del señor Bale.

La carta dentro de mi bolso pesa de pronto como una piedra.

Subo la escalera sin quitarme siquiera el sombrero. Al llegar al corredor del despacho, veo a Lucian hablando con Bale junto a la puerta. Lucian tiene una carpeta bajo el brazo. Bale sonríe de esa forma lisa que nunca llega a sus ojos.

Lucian me ve.

—Señorita Hart. Pensaba que estaría con Martha hasta la cena.

—Necesito hablar contigo.

Su expresión cambia apenas.

—¿Ahora?

—Ahora sería ideal.

Bale nos observa con interés.

—No quisiera interrumpir asuntos domésticos, Whitmore.

—No es doméstico —respondo.

Lucian me mira. Sé que ha oído la urgencia en mi voz.

—Cinco minutos —dice—. Después de revisar estos documentos.

Cinco minutos no parece mucho.

Hasta que veo a Bale colocar sobre la mesa una pluma, un tintero y un juego de papeles preparados para la firma.

Entonces cinco minutos se convierten en todo el tiempo que tengo.

Y descubro que decir la verdad es mucho más difícil cuando una todavía conserva la posibilidad de hacer una estupidez primero.