CAPÍTULO 16La peor de las confesiones
La peor de las confesiones
Lucian
A las nueve de la mañana ya he recibido tres notas, tengo un almacén que todavía no poseo a punto de escapárseme y Oliver Pembroke se ha servido mi coñac sin pedirme permiso.
No considero que ninguna de las tres cosas mejore mi humor.
—Bexley no ha dicho que se retire para siempre —señala Oliver desde el sillón frente a mi escritorio—. Ha dicho que esperará a que Bale aclare sus obligaciones.
—Eso es retirarse con palabras educadas.
—Entonces deberías apreciarlo. Las palabras educadas son una de tus pocas aficiones.
Le quito la copa antes de que vuelva a beber. Son apenas las nueve y media. Oliver protesta como si acabara de confiscarle una herencia.
—Era medicinal.
—No estás enfermo.
—Soy tu amigo. Desde ayer, eso debería contar como dolencia.
Me siento detrás del escritorio y vuelvo a leer la nota de Bexley.
No contiene nada que no haya leído ya dos veces: preocupación por la posición de Bale, necesidad de esperar, prudencia hasta conocer el origen de ciertas deudas.
Sir George, por su parte, no se retira, pero quiere garantías adicionales.
El propietario del almacén mantiene la opción hasta dentro de tres días y no un minuto más.
Podría salvar la operación. También podría perderla. Lo que no consigo decidir es qué me irrita más: la precipitación de Bale o la certeza de que Arabella sabe algo y sigue negándose a contármelo.
La cuarta nota la he dejado para el final porque reconozco el papel: crema, grueso, con un filo dorado que a mi padre le parecía de buen gusto.
Oliver, desde el sillón, la señala con la barbilla.
—Ábrela. Me muero por saber qué disculpa elige un hombre tan elegante.
Bale escribe con cortesía impecable. Lamenta los inconvenientes de la víspera.
Confía en que las dudas de sir George obedezcan a un malentendido y no a «conversaciones inoportunas mantenidas en el seno de una casa donde sin duda no habrán faltado ni la discreción ni las buenas intenciones».
Propone que nos veamos el jueves, a solas, para evitar que otras personas, «siempre bienintencionadas», nos ahorren trabajo.
Firma con sus iniciales. Debajo, en una posdata de una sola línea: «Mis respetos a la señorita Hart».
Oliver se levanta, lee por encima de mi hombro y silba bajito.
—Un hombre que añade el nombre de una dama a la posdata de una carta de negocios no se ha olvidado de ella.
Doblo la nota. No sé qué me incomoda más: que Bale sepa algo o que yo no sepa nada.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte callado? —pregunta Oliver.
—Estoy pensando.
—No. Estás frunciendo el ceño con método. Es distinto.
Levanto la vista.
—¿Has venido para ayudar?
—He venido porque me mandaste llamar y porque cualquier desastre que te obligue a despeinarte merece mi atención. —Se inclina hacia delante—. ¿Qué dijo ella anoche?
—Nada.
Oliver arquea una ceja.
—Arabella puede hablar durante diez minutos acerca de una cuchara. No me creo que no dijera nada.
—No dijo nada útil.
—Ah. Eso ya resulta más verosímil.
No le cuento que estuvo a punto de confesarme algo.
Tampoco que me pidió que comiera con la misma expresión que otra persona emplearía para pedir perdón.
Mucho menos que, durante unos segundos, tuve la mano en su mejilla y la absurda sensación de que todo lo que ocurría fuera de aquel despacho era secundario.
Oliver me observa con demasiada atención.
—Estás enamorado de ella.
La frase cae entre nosotros con la indecencia de un hombre que arroja una piedra a una ventana.
—No digas tonterías.
—Lucian, llevo años escuchándote decirme «no digas tonterías» cada vez que digo algo que no quieres oír. Nunca funciona.
—La conozco desde hace menos de un mes.
—No he preguntado cuánto tiempo la conoces.
—Nuestro compromiso es un acuerdo.
—Tampoco he preguntado eso.
Me levanto y camino hasta la ventana. En el jardín, Agatha dirige a un jardinero con la energía de un general a punto de invadir Francia.
Dos criadas cruzan el sendero con una cesta de ropa blanca.
Todo parece indecentemente normal para una mañana en la que mi mejor amigo ha decidido diagnosticarme una enfermedad que no pienso admitir.
—Arabella es imprevisible —digo.
—Sí.
—Robó mi reloj.
—Lo sé.
—Miente cuando se siente acorralada.
—También lo sé.
—Ha convertido mi casa en un lugar donde nadie sabe qué va a ocurrir antes del desayuno.
Oliver sonríe.
—Sigue.
Me vuelvo.
—No estoy haciendo una lista de virtudes.
—Ese es precisamente el problema. Te brillan los ojos como si lo fuera.
—Mis ojos no brillan.
—Eso espero. Me preocuparía por tu salud.
Apoyo las manos en el respaldo de una silla.
No quiero pensar en el pabellón del jardín, en el primer beso, en el segundo, en lo fácil que se ha vuelto buscarla en una habitación antes de reparar en nadie más.
No quiero recordar que anoche, incluso creyendo que mi negocio podía derrumbarse, lo único que me inquietó al verla fue aquella culpa incomprensible en su rostro.
—El acuerdo termina dentro de dos semanas —digo.
Oliver guarda silencio por primera vez desde que ha llegado.
La frase debería tranquilizarme, pero no lo hace.
La puerta se abre sin llamar.
—Magnífico, estáis los dos —anuncia Agatha—. Me ahorraréis repetirlo.
Entra con un cuaderno bajo el brazo y varias muestras de tela entre los dedos. Detrás de ella aparece una doncella con una caja de cintas.
—No —digo.
Mi tía se detiene.
—Todavía no he dicho nada.
—Por eso. Quiero disfrutar de estos últimos segundos.
Oliver se levanta encantado.
—Yo sí quiero escucharlo.
—Desde luego. —Agatha deja las telas sobre una mesa—. Lady Ainsworth ha decidido que el compromiso será breve porque Arabella no tiene familia que exija grandes preparativos. Eso significa que, si deseamos evitar que Londres organice la boda por nosotros, debemos adelantarnos.
Cierro los ojos.
—No habrá boda.
—Eso dijiste la primera vez que tu madre te habló de casarte y mírate ahora.
—Tía.
—He pedido a la modista que reserve dos mañanas la próxima semana.
—Cancélalas.
—No seas absurdo. Una mujer siempre necesita vestidos, incluso si decide no casarse contigo.
Oliver tose para ocultar una risa.
—¿Puedo retirarme antes de que me conviertan en padrino?
—Tú no te mueves —le digo.
—Qué conmovedor. Quieres compartir tu desgracia.
Agatha lo despide con un gesto.
—Ve a molestar a otra persona, Oliver. Necesito hablar con mi sobrino.
Por una vez, él obedece. Cuando la puerta se cierra, mi tía se sienta frente a mí y recoge con calma una de las muestras de seda.
—Ahora puedes contarme la verdad.
—¿Qué verdad?
—La que llevas escondiendo desde que apareciste en mi casa con una prometida que tenía dos vestidos, no sabía a quién debía llamar «su gracia» y miraba los jarrones como si pudiera calcular su valor desde la otra punta del salón.
La observo.
Agatha sonríe sin alegría.
—Lucian, no soy estúpida.
—Nunca he pensado que lo fuera.
—Entonces deja de tratarme como si necesitara que me protegieras de una explicación.
Exhalo despacio. Ya no existe ninguna razón para mantenerla al margen. No después de lo ocurrido con Bale, de las preguntas de Arabella, de la sensación cada vez más incómoda de que la casa entera está construida sobre verdades a medias.
—El compromiso empezó como un acuerdo —digo—. Arabella intentó robarme el reloj. Yo necesitaba que dejaran de presentarme candidatas mientras cerraba el negocio. Le ofrecí dinero a cambio de fingir durante seis semanas.
Agatha tarda dos segundos en responder.
—Qué idiota eres.
—Esperaba algo más dramático.
—Estoy reservando lo dramático para cuando termine de decidir cuál de los dos ha tenido la idea más insensata.
—Me señala con la muestra de seda—. De momento ganas tú porque posees educación, fortuna y edad suficiente para saber que contratar una prometida falsa solo puede acabar de dos maneras: con un escándalo o con una boda.
—No habrá boda.
—Ya. —Deja la tela—. ¿Y por qué le enseñé modales, según tú?
—Porque pensabas que era una joven respetable criada lejos de Londres.
Agatha me mira con una paciencia insultante.
—Pensé que fuese quien fuese, tú habías decidido presentarla ante media sociedad.
No necesitaba saber de dónde venía para comprender que desconocía ciertas normas.
Así que le enseñé lo necesario y procuré que las lecciones parecieran un repaso de usos londinenses.
Si lady Ainsworth pregunta, Arabella se crió con una pariente excéntrica que consideraba los títulos una pérdida de tiempo.
Una explicación bastante creíble, por cierto.
No sé si admirarla o preocuparme.
—¿No estás enfadada?
—Muchísimo. Pero no con Arabella.
—¿Conmigo?
—Contigo, con ella, con la moda de 1820 y con quien decidió que las jóvenes deben pedir permiso hasta para respirar. Mi enfado es amplio y generoso.
Se levanta justo cuando alguien llama a la puerta.
—Adelante —digo.
Arabella aparece en el umbral con un vestido azul claro que Agatha ha elegido esa mañana. Su cabello pelirrojo está recogido, aunque dos mechones parecen haberse declarado independientes cerca de las sienes. Me mira primero a mí, luego a mi tía y finalmente a las muestras de seda.
—¿He interrumpido algo?
—Tu boda —dice Agatha.
Arabella se queda inmóvil.
—Espero que no estuviera muy avanzada.
—Acabamos de cancelarla —respondo.
—Qué alivio. No tenía nada que ponerme.
Agatha resopla.
—Los dos sois agotadores. Voy a ordenar que sirvan té. Cuando vuelva, quiero encontraros comportándoos como adultos.
—Eso reduce mucho nuestras opciones —dice Arabella.
Mi tía sale sin dignarse responder. Arabella mira las telas.
—¿De verdad estaba planeando una boda?
—Mi tía planifica invasiones con menos entusiasmo.
—Podrías haberle seguido la corriente. Tal vez nos habrían regalado algo útil.
—¿Cómo qué?
—Una cubertería de plata. Me vendría bien para mi jubilación.
—Usted no va a robar los regalos de una boda inexistente.
—Técnicamente, si fueran regalos para mí, no sería robar.
La discusión surge con una facilidad desconcertante. Hace un mes me habría irritado. Ahora noto que una parte de mí llevaba toda la mañana esperando oír su voz.
—¿Ha dormido? —pregunto.
La sonrisa de Arabella pierde un poco de brillo.
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
—Empiezas a conocerme demasiado.
—Ese parece ser el riesgo de convivir con usted.
Ella baja la vista a las muestras. Durante unos segundos vuelve la mujer de anoche, la que tenía una confesión detrás de los dientes y decidió tragársela.
—Lucian, sobre ayer...
Espero.
Arabella abre la boca, pero en ese momento Agatha regresa acompañada por una criada con el té y una lista de invitados para una cena del viernes. La ocasión se rompe. Arabella cambia de expresión con tanta rapidez que, de no estar pendiente de ella, quizá no lo notaría.
—¿Qué ocurre con ayer? —pregunta Agatha.
—Nada —responde Arabella.
La palabra vuelve a irritarme.
No la presiono. He aprendido que acorralarla solo consigue que encuentre una ventana.
Durante el té, Agatha habla de cenas, de visitas y de la conveniencia de que Arabella deje de llamar «ese señor de los bigotes» a un barón cuyo nombre se niega a recordar.
Arabella protesta, yo corrijo, mi tía contradice a ambos y, durante diez minutos, parecemos una familia discutiendo asuntos domésticos.
La idea debería resultarme ridícula. En cambio, cuando Arabella se levanta para marcharse y Agatha le recuerda que dentro de dos semanas el compromiso podrá disolverse sin sospechas, siento una resistencia inmediata, casi física.
Dos semanas. La veo salir del despacho con el cabello encendido por la luz de la ventana y pienso que no quiero anunciar una ruptura.
No quiero redactar una explicación razonable para los periódicos sociales ni verla hacer una reverencia impecable antes de volver a una habitación donde el carbón se raciona.
No quiero que deje de discutir conmigo sobre cucharas, pavos reales o relojes.
Sobre mi escritorio sigue guardada la hoja donde escribimos las condiciones del acuerdo: seis semanas, remuneración, vestuario y ruptura amistosa. La saco del cajón y la leo una vez.
Por primera vez desde que la firmamos, hay una cláusula que deseo incumplir: la última.